Una filosofía para el siglo XXI

Despedimos el siglo XX con algunas sangrientas revoluciones, dos guerras mundiales extremadamente mortíferas, un genocidio programado como una misión científica y dos deflagraciones atómicas. Y asistimos atónitos al auge del terrorismo y el fundamentalismo religioso islamista. ¿Era eso lo que la razón quería? La célebre frase de Hegel “lo que es racional es real, y lo que es real es racional” parece una broma sarcástica. ¿Era la aniquilación inhumana del hombre lo que la razón quería? ¿Es en nombre de la razón que eso se haya producido?

O los hombres se han quedado sordos a lo que les dictaba su razón, o es la idea misma que nosotros nos forjamos de nuestra razón la que contiene en germen esas abominaciones de las que no se hubiera creído el hombre capaz.

Estas cuestiones, sorprendentemente actuales, no son nuevas, puesto que inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial se las plantearon filósofos que no se identificaban ni con el comunismo soviético ni con el capitalismo industrial occidental. Bien sea porque tomaron partido por la razón o contra la racionalidad técnica, estos filósofos vinieron en coincidir en una crítica común de la sociedad contemporánea. Estos pensadores, agrupados en distintas escuelas, contribuyeron en buena medida a una renovación del pensamiento político que inspira hoy el programa de ciertos partidos. Pero no cabe la menor duda que estamos inmersos en una grave crisis de pensamiento filosófico y político que crea el desconcierto entre los ciudadanos.

¿Cómo rehacer la moral cuando el hombre mismo ha destituido a las autoridades que él tenía por guías, a saber, Dios y la razón? ¿Cómo hablar del bien y del mal cuando nos hemos arrastrado más allá del bien y del mal? ¿No es el nihilismo (la pérdida del sentido, la negación de los valores) lo que ha hecho posible todo esto? ¿No es la delincuencia moral de nuestras sociedades lo que ha permitido que el mundo asista sin parpadear al exterminio, al hambre, a la guerra económica, a los atentados terroristas, etcétera?

Si nos atrevemos a preguntarnos, como lo hacía y se lamentaba Hans Jonas, ¿cómo es posible que Dios haya permitido esto?, nos cabría preguntar antes: ¿qué hombre ha podido dejar que se haga esto?, para seguir inquiriéndonos: ¿y este hombre que ha permitido que se haga esto, es todavía hombre?

No será necesario ir a fundar la moral sobre no se sabe qué trascendencia extraña al hombre, es en el hombre, y en el hombre solamente, donde se encuentra la obligación que tenemos de amarlo y protegerlo. Estimarse a sí mismo es considerarse a sí mismo “como otro entre nosotros”, decía Paul Ricoeur. Es pues a partir de esa relación primitiva y privilegiada con ese otro como debemos intentar, al margen de las modas y de las capillas, restaurar una reflexión moral auténtica y exigente.

En el siglo IV antes de Cristo, Aristóteles pensó que las ideas correspondían a las esencias de las cosas y que no se encontraban en un mundo aparte, sino en los mismos seres sensibles: en el hombre. Escribió un pequeño y magistral opúsculo llamado De ánima (Sobre el alma o Acerca del alma), que no es sino un estudio acerca de los vivientes, acerca de los seres naturales dotados de vida.

La marca histórica de garantía de toda obra filosófica de primera magnitud no es otra que su capacidad para estimular la reflexión y promover el surgimiento de desarrollos ulteriores, de líneas de pensamiento que, procediendo de ella, divergen y se contraponen entre sí. Éste ha sido el caso de la doctrina sobre el alma y la vida expuesta en este tratado aristotélico. Dentro de las coordenadas conceptuales diseñadas en él, se ha polemizado apasionadamente sobre la naturaleza del alma desde los mismos discípulos de Aristóteles hasta los humanistas del Renacimiento, pasando por los comentaristas antiguos y las distintas escolásticas medievales.

En antropología filosófica, esta obra aristotélica ha inspirado ininterrumpidamente toda una corriente de pensamiento que, sin olvidar su doble vertiente orgánica y anímica, ha insistido poderosamente en la unidad del ser humano. De esta obra aristotélica proceden, y a ella se remiten como a su acta fundacional, todas las corrientes vitalistas hasta nuestros días. Incluso en el ámbito de la mística (ámbito del que nadie parecería más alejado a primera vista que el propio Aristóteles), este tratado proporcionó inspiración y elementos conceptuales a la filosofía árabe a través de la teoría del Intelecto (noús) inengendrado e inmortal del cual el hombre participa.

Notas:

Dario El Día de Cordoba:
http://www.eldiadecordoba.com/eldiadecordoba/articulo.asp?idart=3402078&idcat=1307

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