Una sociedad de opinantes

Las sociedades desarrolladas actuales son calificadas erróneamente como «sociedades del conocimiento», entre otras razones, porque así se confunden con fácil frivolidad información, espectáculo, opinión y entendimiento.

Una sociedad de opinantes

Hay vigente una creencia –un opinable muy controvertible– según la cual todas las opiniones son respetables e igualmente valiosas, derivándose de ella algunos corolarios tan devastadores como éste que paso a enunciar: todos los individuos estarían capacitados para emitir una opinión sobre no importa qué asunto, y además para hacerlo con prontitud, a veces, incluso al instante, sin tomarse el tiempo necesario para pensar sobre el particular y poder, en consecuencia, discernir de manera ponderada.{1}

Se cometen aquí dos delitos de lesa racionalidad:

1) la trivialización en el uso de la palabra –algo así como tomarse como un juego la ciencia de encadenar juicios y razonamientos– y el supino suponer que es legítimo pontificar impunemente sobre cualquier cosa porque sale gratis,

2) y algo todavía más campanudo: acogerse a la consigna de la «libertad de expresión» a fin de despacharse a gusto acerca de lo que le viene a uno en gana, sin restricción alguna y a menudo también sin el menor decoro.

El tema se complica en el momento en que quienes dan la palabra –y cancha– al público en general se moderan, asimismo, poco y mal, y así, en lugar de contener la delirante efusión de dictámenes del personal, les anima a intervenir de mil formas, a base de encuestas, cuestionarios, manifiestos, pulsómetros, sondeos de opinión…

Queda consumada de este modo una penosa especie de «democratización de los pensares y las resoluciones» que corre el riesgo de crecer y multiplicarse, dejándose tras de sí una rumorosa descendencia de opinantes, halagados por los modernos demagogos (literalmente: conductores de masas, quienes arrastran al pueblo) de la Comunicación y la Política. Por esta senda progresan y se amplifican las tiranías de la opinión pública, el consulting, la vox populi, el respetable público y el sentir de la gente. El micrófono está abierto y las cámaras no pierden detalle.

El pronunciamiento crujiente de la calle se funde y confunde con el análisis sereno de los más sabios y prudentes a la hora de establecer un punto de vista sobre los asuntos más o menos prolijos, sin que se considere, por lo demás, pertinente introducir elementos de discriminación entre ellos (sería políticamente incorrecto).

Bajo la presión de esta atmósfera social, la demoscopia alcanza el rango de revelación y oráculo del pueblo, cuando –atención a esto– tal término de raíz alemana (Demoskopie) sugiere la noción de fotocopiadora del pueblo, y conste que no hago este señalamiento con segundas. Prueba además de que no exagero es que la imagen usualmente manejada para acreditar los trabajos demoscópicos es el hacer clic, la acción de pulsar el escenario social para tener así una fotografía fiel del estado de ánimo general, o sea, una impactante impresión. Toda opinión tiene acogida y cabida. Y, en efecto, se escucha de todo, pues a uno le preguntan y contesta cualquier cosa. El clic, «Me gusta» y poco más…

Una sociedad de opinantes

El relativismo cultural –entre otras clases nefastas de relativismo– tiene, en este escenario de variedades, inmejorables oportunidades para ver legitimado su propósito de equiparar y nivelar todas las culturas, lenguas y colectivas «vigencias» (Ortega y Gasset) por el simple hecho de que existan, cuando más bien lo que se provoca con dicha actitud es que muchas de ellas existan (artificial y gratuitamente) porque se las emparienta con el resto.

¿Cómo no va a alcanzar popularidad la idea según la cual el diálogo es esencial y universalmente beneficioso en todos los terrenos y sin limitaciones o que la opinión pública siempre tiene razón? Lo pasmoso es que mayestáticos catedráticos de filosofía y de ciencias sociales se esfuercen por dotar de fundamentación teórico-práctica a semejante patraña, a tamaña estafa intelectual. Tal vez ocurra esto porque no pierden la esperanza de ser fichados y promovidos por los partidos políticos de todos los colores, los cuales, por su parte, encantados de haberse y haberles conocido, han sabido dar forma a esta materia de opinión y transformarla en piedra filosofal.

Una sociedad de opinantes

Algunos viven de rentas y otros del cuento de nunca acabar: si no rinden honores a la bandera de España y a la de nuestros aliados en el desfile de las Fuerzas Armadas en el día de la Fiesta Nacional es porque, dicen, ellos representan la opinión mayoritaria de los ciudadanos contra la guerra, puesta de manifiesto hace medio año y recogida asimismo por las encuestas de entonces. Las manifestaciones suelen concentrar a unos pocos miles (cientos o decenas, según los casos) de militantes y ya representan tan sólo a quienes tienen carnet del partido o del sindicato. Los picos de las encuestas suben y bajan según el caprichoso y acomodaticio sentir de la gente, y lo que ayer se le antojaba criticar, hoy lo consiente o le da igual. Sí, pero ¿quién desteta ahora al insaciable y rollizo bebé ávido de flujo energético? ¿Y cómo explicarles a los sencillos y soberanos opinantes para que lo entiendan que sus emanaciones y ligerezas de un día, sus alivios momentáneos, no han sido moralmente inocentes sino carne de cañón y materia de opinión para armar al político de la leche?

El ser humano está constituido básicamente de voluntad y entendimiento, pero para que puedan ejercitarse convenientemente exigen, como indicó Baltasar Gracián, de resolución y demostración, respectivamente. Pues bien, con muchos opinantes sucede lo contrario que con las vasijas que recogen mucho y gotean poco: es decir, son tan morosos en el arte del entendimiento como porosos en el ejercicio de la manifestación. En uno y otro caso, urge que se impongan la calma y la discreción.

Sin embargo, el gran drama de estos tiempos reside en que cualquiera toma la palabra para pronunciarse sin reparo acerca de todo y sobre nada, entendiendo por «resolución», el hecho de aseverar sin pensárselo dos veces, y por «demostración», la acción de realizar una simple prueba de exhibición pública. Esto es, en rigor, cosa muy irresponsable, porque significa actuar a tontas y a locas, sin capacidad para poder responder cabalmente a continuación de lo emitido, depositado o depuesto.

Notas:

Fuente: http://www.nodulo.org/ec/2013/n131p07.htm

El Catoblepas • número 131 • enero 2013 • página 7
La Buhardilla

{1} Artículo publicado en La Revista semanal del diario Libertad Digital, bajo el título «Materia de opinión» el día 17 de octubre de 2003.

15 de febrero de 2013

Hay 1 comentarios

March 22, 2013 - 8:54 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Saludos, solo deseo hacer patente mi adhesión a lo aquí expuesto tan clara mente, hoy que se habla de la dictadura del relativismo, y, esperando que los opinológos y criticológos de todo, tengan el respeto que se merece un articulo como esté, que a todas luces manifiesta una realidad tan evidente, que la mas leve critica atentaría contra si misma. felicidades, por el contenido y por que hoy por hoy, se necesita de todo el valor y todo el coraje para opinar con la VERDAD y en contra de toda esta tolerancia, que promueven desde el poder, con el único fin de sabotear la dignidad del ser humano, pensante integro y autentico, en una palabra honesto,(esto no es un valor, es una cualidad de ser)

Deja tu comentario


¿Eres humano o robot?, escribe el código de arriba: