Una travesía por los “outsiders” del pensamiento

En su libro “Filosofía para armar”, la ensayista Diana Sperling relee los aportes de un grupo de pensadores que enrolados en la categoría de “outsiders” exaltan el componente subversivo de la disciplina y diseña un mapa de lecturas que invita a revalidar sus alcances en tanto, sostiene, “pensar te saca del sometimiento”.

La filosofía, como los viajes que hace siglos emprendieron aventureros intrépidos como Marco Polo o James Cook, es una travesía guiada por el asombro y la intuición que en ocasiones conduce a territorios inhóspitos y dispara la angustia, a fin de cuentas una angustia creativa y emancipadora como suscribe Sperling en el flamante ensayo publicado por Emecé.

La autora de “Filosofía de cámara” y “La metafísica del espejo: Kant y el judaísmo” apuesta a desmalezar el pensamiento en este catálogo de pensadores corrosivos -Spinoza, Nietzsche, Derrida, Benjamin, entre otros- que propone recorridos singulares en torno al pasado, la muerte o el tiempo y re-sitúa una práctica ligada al deseo, al componente anárquico del deseo.

“El pensamiento es peligroso para cualquier poder que pretenda disciplinar o dominar a una sociedad o a una persona. La dominación pasa por la colonización mental -asegura Sperling en entrevista con Télam-. En ese sentido, la vocación de la filosofía de invitar a pensar es un gesto casi revolucionario”.

- Télam: Los pensadores selecionados en el libro están vinculados a la provocación y la impostura, una manera de fijar posición sobre una idea de la filosofía que se recorta de la tradición…

- Sperling: Siempre al filósofo se lo concibió como un ser inalcanzable replegado en su torre de marfil. Y yo creo en ese sentido que la filosofía sirve para la vida o no sirve para nada, un poco como postula Nietzsche cuando dice que hay que hacer historia desde el punto de vista del interés de la vida, es decir, no como una ciencia exacta sino como una herramienta para entender lo que nos pasa. Esa perspectiva aplica para la filosofía también.

Creo que estos outsiders trabajan desde ese lugar: pensando, deconstruyendo, desarmando categorías establecidas y permitiendo recorrer caminos alternativos con rigor y meticulosidad, sin respetar necesariamente lo que la academina impone. Se inscriben en la tradición porque reciben todo lo que la cultura ha producido pero a su vez la interpelan, la cuestionan.

- T: La obra vincula dos conceptos centrales: por un lado la figura del outsider o provocador y por el otro esta idea de la “filosofía para armar” que la posiciona como una práctica cuya coherencia no viene dada desde el afuera sino que es relevada por cada sujeto en particular…

- S: La filosofía es una disciplina que va dictando sus propias leyes a medida que avanza. Es como cocinar: uno va probando sobre la marcha hasta dar con la combinación adecuada de ingredientes. Si bien hay una teoría de base, lo demás reside en el “taste”. Hay una relación entre sabor y saber: la filosofía tiene un sabor, una música, una coherencia interna… El pensamiento es así y uno no puede someterse a algo impuesto desde afuera.

- T: ¿Qué aportó al ejercicio del pensamiento la caída de los grandes relatos propiciada en el marco de la posmodernidad?

- S: Después de la Segunda Guerra Mundial, del nazismo y la shoá  caen los grandes relatos y la idea de trascendencia. En su lugar emerge con mucha fuerza algo que ya Nietzsche a fines del siglo XIX había empezado a plantear que es la cuestión de lo fragmentario. Lo que queda es una humanidad resquebrajada que obliga a recomponer desde las ruinas.

Las ruinas son un tema muy presente en un pensador como Benjamin, que ya en el período de entreguerras advierte que todo este libreto de la razón universal ya no se sostiene y que lo que viene es una noche de una oscuridad tremenda. Sin embargo, hay que seguir, hay que hacer con los restos.

Así se inicia toda esta corriente del pensamiento fragmentario o lo que Gianni Vattimo llamó “el pensamiento débil”, toda una tendencia que se reconcilia con el pensamiento pero no desde el ideal iluminista que planteaba que la razón dominaba todo y había un sentido último. En este caso, por el contrario, el sentido se construye en la práctica misma de estos haceres como el arte, la política, la filosofía, etc…

- T: “No hay pensamientos peligrosos: el pensamiento es peligroso”, sostiene Hannah Arendt ¿Dónde radica su condición subversiva?

- S: Pensar te saca del sometimiento. Pensar libera. Todo régimen totalitario arranca no casualmente con la quema de libros y con la persecusión a los pensadores. El nazismo es el ejemplo más cercano, pero en realidad cualquier régimen totalitario tiende a sofocar esas células de pensamiento libre o la posibilidad de encontrar otras preguntas y otras respuestas más allá de las que esté ordenadas y consagradas por el poder.

Para armar primero hay que desarmar. El pensamiento desarma. Cuando Heidegger dice “la ciencia no piensa” está diciendo que el pensamiento es otra cosa: no es una acumulación de conocimiento, no es un saber técnico sino que es una posibilidad de encontrar relaciones entre cuestiones que a primera vista no están relacionadas.

- T: Nietzsche propone asumir que la vida no tiene sentido y en esa línea rescata la posibilidad de crear sentidos para nuestra vida ¿En las sociedades contemporáneas es posible construir sentidos que eludan esa suerte de dictadura del consumo que las atraviesa?

- S: El consumo tapona, actúa como un inhibidor de la angustia. Pero la angustia no es mala: la angustia del sujeto frente a la muerte o lo desconocido es propia del ser hablante. Entonces si la angustia permanentemente, ya sea con el sentido universal y total que predicaban los grandes relatos o con el consumo es lo mismo.

Esta erradicación de la totalidad emprendida por pensadores como Derrida o Levinas es decisiva. Cuando Nietzsche dice “Dios ha muerto” lo que está diciendo es que lo que muere es un detemrinado ideal de sentido previamente establecido que justifica todo. Si aceptamos eso, se abre la posibilidad de interrogar la existencia,  lo que hay -que él llama el “amor fati”, el amor a lo que hay- y sobre todo de crear sentidos coyunturales a medida que se van produciendo circunstancias.

Nuestra época necesita de estrategias como ésta, de reconciliarse con la posibilidad de crear sentidos inmanentes a la vida, no trascendentes en términos de una autoridad -ya sea teológica o política- que nos dice qué es lo que la vida significa. Se trata de encontrar sentidos que no vayan directamente a calmar rápidamente la angustia sino a convivir con ella de una manera fructífera y creativa.

Notas:

Fuente:  http://www.telam.com.ar/notas/201402/52934-una-travesia-por-los-outsiders-del-pensamiento.html

23 de marzo de 014

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