Una vision del Africa alborotada

El pensamiento de Jacques Derrida, articulado al de Sigmund Freud en torno al concepto de instinto de muerte y enlazado al estudio del archivo y la memoria, son de actualidad ante el desmadre libio y en una África alborotada. Un continente que no se encuentra preparado para enfrentar la globalización.

Desde el siglo XV esa globalización implicó que la juventud africana emigrara a otros países, donde fueron explotados a morir. La Revolución Industrial siguió con la explotación de sus recursos naturales, sin que nadie se preocupara del proceso educativo de África, sometida a la voracidad colonial.

La nueva revolución tecnológica ha sido una repetición del mismo ciclo y las mismas pérdidas que han impedido la integración y el desarrollo de África, que se vio invadida de dictaduras que remplazaron a los colonizadores, incluidas las guerras fratricidas cargadas de salvajismo. En última instancia pobreza extrema, hambre, analfabetismo, enfermedades, casi nulos servicios y pobre asistencia sanitaria. Deuda externa impagable. Problemática a la que se ha referido en varias ocasiones un conocedor y estudioso del problema como Felipe Gonzáles, ex presidente del gobierno español.

Y es que nunca se renuncia en el inconsciente a apropiarse de un poder sobre el “otro”, su posesión, retención o aniquilación como contemplamos en las acciones bélicas brutales e irracionales que son expresión del mal de archivo, el mal radical, la pulsión de muerte que trata de borrar su archivo y acecha silencioso.

El análisis de Jacques Derrida se ubica en la problemática de la escritura, la cual ha sido entendida dentro de la metafísica logocéntrica como derivada, como suplementariedad, como secundaria y como exterioridad dependiente de una interioridad primordial. El tratamiento que se le ha dado a la escritura, la desvalorización que ha sufrido es la misma que la del plano material, como contemplamos actualmente en Libia. Es la concepción del ser escrito, del orden del significante, del cuerpo como dependiendo de un sentido pleno, de una razón trascendental a priori o de cualquier otra forma que pueda adoptar esta estructura metafísica.

Todo este sentido de la filosofía occidental como quehacer selectivo implica su ser segregacionista, su ser inclusión de lo semejante a lo mismo y exclusión de lo distinto, de lo otro. Es en este sentido que debemos entender la interpretación de la filosofía como una tarea de demarcación emprendida por Parménides y que hoy continúa en el trabajo de Popper.

La filosofía como una legitimación de un tipo de saber y como expulsión del saber que no se someta a ese criterio bajo la calificación peyorativa de no saber, de ignorancia. He ahí la violencia, la del poder otorgada a la voz, la violencia de la voz otorgada al poder.

En la experiencia deconstructiva de Derrida hay que poner el acento en la différance, este neografismo, este no concepto que indica un doble sentido: de distinción o diferencia y de dilación, tardanza o demora. La différance, no es esto ni aquello, sino más bien esto y aquello. Esa A que introduce Derrida en la différance, es muda, no es audible, lo cual implica una prioridad de la escritura, de la grafía sobre la phoné, es decir, que se ha operado una transgresión al logofonocentrismo onto-teológico característico de la historia de la cultura occidental. Implica una ruptura con la sumisión de la escritura, de la grafía, a la phoné, a la voz, la cual habita en las cercanías de la idea, de la presencia plena del Eidos. De la différance no se puede decir que es, ya que no implica un ser presente, una presencia y por eso es precisamente lo que la différance no es; no existe, no es ni presente ni ausente; rompe definitivamente con la categorización onto-teológica. Irrumpe y disloca todo el esquema de pensamiento que rige nuestro logos.

De ahí la resistencia e impresionante dificultad que existe para abordar esta dimensión terrible, donde se interrumpen las seguridades y comienza el juego, donde se acepta la invitación nietzscheana a decirle adiós al “cielo protector” platónico-aristotélico.

Pensamiento de lo aleatorio como devenir, derrocamiento del modelo ideal, destronando toda forma de certidumbre. La huella-originaria sin origen, la diferencia es la que permite el habla y la escritura. “La huella es, en efecto, el origen absoluto del sentido en general, lo cual equivale a decir una vez más que no hay origen absoluto del sentido en general. La huella es la différance que abre el aparecer y la significación.

Notas:

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2011/03/04/index.php?section=opinion&article=a06a1cul

MEXICO. 3 de marzo de 2011

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