Vencidas de los genios

Sigmund Freud y Albert Einstein se conocieron en la casa del hijo del sicoanalista el día de Año Nuevo de 1927. En carta a Sandor Ferenczi, Freud se expresó del físico: “Es alegre, seguro de sí mismo y amable. Entiende tanto de sicología como yo de física, así que tuvimos una charla muy agradable”.

En 1929, el 13 de marzo, Freud escribió a Einstein: “Por una coincidencia, me es posible felicitarlo por su quincuagésimo cumpleaños desde cerca. Desearle buena suerte sería superfluo. Antes bien, prefiero celebrar, junto con tantos otros, la buena fortuna que usted ha tenido y sigue teniendo”.

Einstein le respondió el 22 de ese mismo mes y año: “Estimado maestro: Mi más cordial agradecimiento por haberse acordado de mí. ¿Por qué el énfasis en mi buena suerte? Aunque usted se halla metido bajo la piel de tantas personas e incluso la humanidad misma. ¡No ha tenido oportunidad de meterse bajo la mía! Con el mayor respeto y mis mejores deseos”.

Freud le contesta en una larga carta –casi un artículo– tres días después, de la que extraigo lo esencial: “Tiene razón. Puesto que sé tan poco sobre usted, no tengo derecho a considerarlo afortunado, aunque deseo que lo sea. Pero no debe creer que deseo arrastrarlo a una correspondencia, si ahora cedo a la tentación de explicarle mi transgresión. Por el contrario, le pido que no me conteste. Desearle a alguien buena suerte, me resulta verdaderamente repugnante, me parece tan vulgar y primitivamente animista, como si uno siguiera creyendo en la omnipotencia del pensamiento. Sin embargo lo que le escribí tiene sentido para mí. Era la expresión de mi envidia que no tengo temor en reconocer. La envidia no es necesariamente algo maligno. La envidia puede incluir admiración y coexistir con los sentimientos más amistosos hacia la persona envidiada.

“Con todo, a la hora de decidir por qué habría de envidiarlo, mi ignorancia no ha representado un obstáculo. La principal consideración fue que es mucho más afortunado quien completa un camino que quien lo inaugura. Sin preparación especializada, nadie puede emitir un juicio en astronomía, física o química. Eso no se aplica a la sicología. Todo hombre sabe tanto, o más, sin haberse tomado molestia alguna y puesto que han llegado a sus conclusiones con tan pequeño desembolso, no puede creer que alguien haya tenido que hacer una inclusión tan grande.

“Solía pensar que tenía otros motivos para envidiar al físico: la bella claridad, la precisión y la certeza de los conceptos fundamentales de su creencia; como fuerza, masa y aceleración. Aprendí que se trataba de una apariencia. Si alguien nos reprocha la incertidumbre y vaguedad de nuestras emergías, instintos, catexias y libido, tengo la costumbre de apelar al ejemplo de la física y afirmar que, si bien se le puede exigir a las humanidades conceptos claros, eso no ocurre con una ciencia natural. A final de cuentas no quise darle la impresión de que había evitado felicitarlo por haber alcanzado el medio siglo de vida, recurriendo a una fórmula vacía. Si he logrado sólo eso, preferiría que destruyera esta carta, más bien un monólogo y destinado sólo a usted.”

Einstein respetó el deseo de Freud, no le contestó, pero no la destruyó. A ello se debe la supervivencia de esta misiva descubierta recientemente. En 1929 Einstein vuelve a la correspondencia, preguntando a Freud: “¿Por qué de la guerra?”, en carta bien conocida y breves intercambios epistolares desconocidos. Freud le contesta y ¿por qué no de la guerra?

Notas:

Grubrich Simitis. Ilse: “Un intercambio epistolar temprano entre Freud y Einstein”. Revista Argentina de Psicoanálisis. Traducido del International Journal of Psycoanalisis.


Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2016/09/23/opinion/a06a1cul

23 de septiembre de 2016. MÉXICO

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