Votar la Lengua

PEQUEÑAS HISTORIAS DE LA UNIVERSIDAD EN SU 400 ANIVERSARIO «Puesto que estábamos en una Facultad de Filología, propuse que se eliminara la barra estructural y la especificación del llamado «género», por las razones léxico-lingüísticas que, creía yo, todos sabíamos», apunta el articulista

N ADA me provoca más irritación en la vida pública que la falsa democracia, o sea, el creer que todo se puede votar, la demagogia oportunista o democracia al gusto del votante, y lo peor de todo: que lo anterior suceda por ignorancia del que manda. Cóctel peligroso. No me extraña que Platón, que no era ningún tonto, no fuera ‘demócrata’ (en sus tiempos, claro), pues veía que lo que él llamaba la «gran bestia», es decir, la asamblea de unos 3.000 ciudadanos con derecho a voto, podía ser fácilmente convencida de casi cualquier cosa, con tal que fuera debidamente seducida por la palabra. Prefería Platón que una oligarquía de personas bien formadas, sabias, con criterio y conocimiento decidieran sobre los asuntos en lugar de dejarlos en manos del tornadizo parecer de esa «gran bestia».

Las democracias actuales, al menos en teoría, han venido a dar la razón a Platón; en efecto, después de seducidos, los votantes colocamos en el poder a unos pocos que son los que rigen nuestros destinos, en principio por su saber, criterio y conocimiento, aunque muchas veces ocurra, como todos sabemos, que no es precisamente por su saber, sino más bien por su no saber hacer otra cosa, por lo que están ahí. Pero así funciona la ‘res publica’ y así se ‘gestiona’ con frecuencia nuestro interés común.

Viene todo esto a cuento, por un lado, de la necesidad que tiene la sociedad de ser bien persuadida, como Dios manda, para que cada cual forme su propio criterio y con él vote; y, por otro lado, de la escasa capacidad que tiene esa misma sociedad para escuchar y distinguir a quienes, por saber de lo que hablan, estarían en mejor condición para aconsejar, enseñar o, si se quiere, informar, y no meramente persuadir, bien.

La historia de hoy arranca de muy atrás, creo que de cuando el incombustible Javier Solana era ministro de Educación. Pues fue Solana, si no me equivoco uno de los primeros en proclamar a diestro y siniestro la conveniencia de no discriminar a la mujer en el uso del lenguaje. Argumentaba el ministro ante los periodistas (aún me parece verlo en mi veintenario televisor explicando con la didáctica paciente del profesor que es): ¿por qué decir «los alumnos» si discriminamos a «las alumnas»? Hay otras palabras menos discriminatorias: digamos «el alumnado». Quedé tan asombrado con semejante barbaridad que pensé que los periodistas se echarían a reír pensando en que también cualquiera podría referirse a «la alumnada», en tono más despreciativo. Pero no. No sé si la idea fue suya o no, pero cuajó, aunque no precisamente con palabras como la que le sirvió de ejemplo. Los tiros fueron por otro lado, con palabras que parecen referirse a los sexos, pero no tienen forma «neutral», digamos. Pues hete aquí que todos los días recibo correos electrónicos de sindicatos y cargos universitarios (también de empresas) que infatigablemente empiezan sus comunicados de esta guisa: «Estimado/a compañero/a» o «Estimados/as compañeros/as» o «Estimadas/os compañeras/os». Algunos, más puristas, rizando el rizo para evitar lo que Francisco Umbral llamaba, por otros motivos, la «barra estructural», escriben: «Estimados y estimadas compañeros y compañeras»; o, para que no haya discriminación en el orden de palabras, nos dicen: «Estimadas compañeras y estimados compañeros». Y así todas las combinaciones posibles y todos los días.

Claro que el premio al más tonto de la vitrina se lo lleva el ingenioso que inventó la que, emulando a Umbral, podemos llamar «arroba estructural», como en «Estimad@s compañer@s», para evitar tanto/a estimado/a y tanto/a compañero/a. Y menos mal que no sabemos cómo pronunciarla, porque de tener sonido propio nos quedaríamos sin algunas de esas gracietas que les salen de vez en cuando a los políticos, como esa de los»“miembros y miembras» de la señora ministra del otro día, que tanto animan el cotarro.

Pero a la Universidad, a la que se supone sabia, no la escuchan ni sus miembros. En nuestra lección inaugural de este mismo curso, el profesor de Filología Española que la dictó denunció con pelos y señales estas modas absurdas que a las feministas, sobre todo, tanto juego dan para hablar de la sociedad machista. Pero por lo visto habló sin eco alguno y sin ser escuchado, pese al fundamento léxico-lingüístico que avala el que el masculino se emplee casi siempre englobando al femenino, de la misma manera que el singular puede emplearse englobando al plural. Así, en «el hombre es el rey de la naturaleza», se entiende que no estamos hablando sólo de varones, sino también de hembras y demás especies humanas, ni de un solo hombre, sino de «todos y todas» en general. La progre estupidez síndico-política de distinguir continuamente sexos en nombres y adjetivos supera holgadamente el nivel del ridículo más burdo.

¿No hay, pues, machismo en el lenguaje? Sí que lo hay; pero no ahí, sino en palabras que reflejan cómo es o ha sido la sociedad. Así, tenemos «fregona», que, además de un artilugio de limpieza, designa a la humilde señora que se ocupa de fregar, pero no hay «fregón»; tenemos «secretaria», que es la mano derecha de un ejecutivo (no ejecutiva, que es otra cosa), pero también «secretario», que es un alto cargo de la Administración, etcétera. Es la sociedad la que debe cambiar para reflejarlo en su lenguaje: ese es el camino.

Ahora bien, parafraseando a cierto querido colega, diré que «no hay situación ridícula que alguien, incluso en teoría sabio, no sea capaz de tomarse en serio». Hace unos meses asistí a una Junta de Facultad en la que había que votar y aprobar, en su caso, los nuevos estatutos. Todo el texto, salvo excepciones «discriminatorias», estaba plagado de barras estructurales: alumnos/as , profesores/as, etcétera, aunque no de modo regular. Se iban a votar, pero, inocente de mí, viendo que nadie decía nada, levanté la mano para hacer una propuesta basada justamente en nuestro conocimiento de cómo funciona la lengua: que, puesto que estábamos en una Facultad de Filología, se eliminara la barra estructural y la especificación del llamado «género», por las razones léxico-lingüísticas que, creía yo, todos sabíamos. ¡Uuuuuyyyyy, la que se armó! «¿Para esto tenemos un programa de doctorado sobre la mujer con mención europea?», dijo «álguiena»; otros, en cambio, argumentaron como yo, todo hay que decirlo y me apoyaron con decisión; por si acaso, los compañeros de Lengua Española alegaron en su descargo que en su departamento se había votado por unanimidad quitar la barra y esas dobles alusiones. Pero otros/as muchos/as colegas/os no atendieron a razones y seguían en sus trece. Los/as alumnos/as, por supuesto, seducidos/as por los/as estudiosos/as de la mujer, eran partidarios/as de mantener la duplicidad en todos los casos; alguno/a sólo en ciertos supuestos. La de San Quintín/a.

La cuestión se zanjó de la peor manera, combinando falsa democracia con la más pura demagogia: la decana propuso votar. Salté de mi asiento como un muelle roto: «¿Votar? ¿Votar la lengua? ¿Votar el funcionamiento natural de la lengua, el cómo hay que hablar?». No era posible. Protesté enérgicamente contra semejante atropello y abuso de autoridad y me opuse en toda regla a que una cuestión que no competía a ninguna institución, sino a los hablantes y a la historia de una lengua, se sometiera a votación; y así lo hice constar en acta.

Pero nada, nada. No hubo atención a razones y se votó. Por suerte para mí, que no soy rencoroso, pero tengo buena memoria, nadie pidió votación secreta. Vi alzarse las manos de quienes eran favorables a la duplicidad: no dieron crédito mis ojos a algunas de ellas; qué desilusión; vi otras, en cambio, favorables a mi propuesta donde no las esperaba; qué alivio. Pero el resultado, increíblemente, fue de empate. La Junta dividida en dos. ¿Qué hacer? No sé quién dijo que decidiera el voto de calidad de la decana, aunque eso no estuviera en los estatutos. Lo que faltaba. Pero decidió.

¿Falsa democracia? ¿Demagogia populista? ¿Ignorancia supina? La decana votó a favor de mantener la estupidez. El voto de calidad fue «de mala calidad», como dije allí; y creo que, para más inri, fruto de la más penosa ignorancia. Confío en que nadie se entere de esto; de lo contrario. ¡qué bochorno!

PEDRO MANUEL SUÁREZ MARTÍNEZ

PROFESOR TITULAR DE FILOLOGÍA LATINA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO

Notas:

Fuente: http://www.elcomerciodigital.com/gijon/prensa/20080627/opinionarticulos/votar-lengua-20080627.html

27.06.2008

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