Waters: abogado y pastor

“En el lenguaje se esconde una especie de mitología filosófica que irrumpe nueva en cada instante”. Nietzsche juega al cronista de sucesos, a la libreta de apuntes. Lo ve todo con una claridad reporteril asombrosa: “El lenguaje es constante evangelista y abogado”.

Waters sabe, como Roberto Calasso, que ahora sólo es perdurable lo que se borra fácilmente. (Alejandro Meléndez)

Roger Waters, en la pluma del alemán, vino a México con esas tareas al hombro: paseante y sombra. Alivio que intercede ante la inclemencia del desaliento. En un mundo cargado de ligereza (que ya no sueña en revoluciones ni en liberaciones, como protesta Lipovetsky) el viejo miembro del club al que llamaron Pink Floyd (“El bajista con cara de caballo”, como le llamaban en los tiempos de las etiquetas) montó una puesta filosófica sobre la mitología del lenguaje musical, lo que va quedando entre los escombros de la Historia.

La economía socialcapitalista ha producido el fenómeno del nicho, de la cofradía, la multiplicidad de esferas que apenas se tocan en el espacio colectivo del hiperconsumo y la simulada protesta ante la avalancha prosaica de la violencia. Se han ido para siempre las grandes masas, los grandes acarreos; el pop. La poshistoria es campo de los iniciados, de las logias; fragmentos de mustias fraternidades.

La labor pastoral de Waters en el Foro Sol y en el Zócalo obedece a lo que ya hace muchas lluvias había resuelto Hanna Arendt: la sociedad ha ocupado la esfera pública. Y lo hizo la semana pasada a través del goce, de la descarga, de desintoxiación, como subraya el mismo Lipovetsky. La distinción y la diferencia han pasado al campo personal del individuo desmasificado, ajeno al barco del Estado.

El jardín central del campo de los sueños (el campo de beisbol es, antes que otra cosa, el terreno metafísico del Ser, supeditado al rigor exacto de la matemática) sirvió a Waters para erigirse como un apóstol (evangelista y abogado) del derrumbe del mito de Sísifo: el siglo XX fue, sobre todo para Pink Floyd, un pesado bulto sobre los hombros. La Segunda Guerra, el precario Estado de Binestar, la fragilidad, la soledad y la pesada mochila ideológica de la Guerra Fría dejaron huella en los rostros de las juventudes de la segunda mitad de la centuria más desgarradora y turbulenta de la historia.

Waters sabe, como Roberto Calasso, que ahora sólo es perdurable lo que se borra fácilmente. Los espectadores jóvenes que llegaron de oídas a los conciertos, hijos del destiempo, cuyas almas deben de salir a la plaza con frecuencia para no estropearse, saludaron al portavoz de lo remoto con celulares y tabletas para evitar la angustia que se impregnaba en el recinto de la pelota: el capitalismo inmaterial es lo de moda: la cámara que impide al ojo ver y al oído escuchar. El rigor de la pantalla. Waters dictó una mitología filosófica a una asamblea cargada de prontitud.

El sobreviviente de Pink Floyd (esa marca sustentada en el bochorno después de la salida de Syd Barret y ajena al carisma de los Beatles y los Stones) reconoce en su acción política que la estadística se ha convertido (Arendt, dixit) en la ciencia social por excelencia: otro ladrillo en la pared. El apellido “progresivo”, inaugurado por Yes y Mike Oldfield, fue el título civil utilizado por la banda más influyente en el relato musical de la posguerra. La separación de los Beatles dejó al pop sin significados. En medio del caos, los Floyd dieron su propia interpretación al fuego de las ruinas.

Waters es socrático cuando afirma que los hombres están enamorados de la inmortalidad. Para la pequeña logia del discurso del lado oscuro de la luna, el testigo egoísta de la selfie fue baladí. Las noches de Waters en México pertenecieron (como aquellas del Berlín de la reconciliación) a lo que Nietzsche llamaba el “imperio de los mil años”. Rob Riemen las engloba en una linda apuesta metafórica: alternativas laicas de relegada eternidad.

Baudelaire sostuvo que la modernidad es lo transitorio, lo fugitivo y lo contingente. Lo menos duradero, lo más volátil de las noches watersianas de Ciudad de México fueron sus lúdicos espacios a Trump, Peña y los 43. Lo que valió la entrada fue el dictamen filosófico contra la levedad del lenguaje tuitero de pronta evaporación.

Waters, al estilo de Goethe, extrajo lo eterno a lo efímero. Fue el jurista y el profeta (el síntoma) de un tiempo cargado de ideales no completamente satisfechos.

Habló la música. Sintió el espíritu, ese nicho del universo.

Notas:

Fuente:  http://www.elfinanciero.com.mx/after-office/waters-abogado-y-pastor.html

4 de octubre de 2016.  MÉXICO

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October 07, 2016 - 8:19 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

A proposito:
Sortilegios de la luna

Juan Villoro

REFORMA.COM Viernes, Octubre 7, 2016


El Zócalo es la única plaza más importante que cualquier medio de comunicación. El sábado 1o. de octubre Roger Waters, ex integrante de Pink Floyd, celebró ahí un acto de comunión rockera y un happening político. Como siempre, es difícil saber cuántos asistieron. Las cifras oscilan entre cien mil y doscientos mil feligreses.

Bajo una llovizna intermitente, compartimos la noche de los signos convocados por la invisible luna. Durante dos horas y media, la bandera de México, el campanario de Catedral, los adornos de las fiestas patrias y las siluetas que asomaban por las ventanas de Palacio Nacional coexistieron con las chimeneas de la planta eléctrica de Battersea que aparecen en la portada del álbum Animals, la inmensa pantalla donde se proyectaban imágenes satíricas de Donald Trump -relevadas por la consigna “Renuncia Ya”- y el cerdo inflable con un graffiti en el lomo: “Nos faltan 43”. Un silencioso helicóptero vigilaba en lo alto mientras el estruendo de un helicóptero imaginario vincu-laba las canciones. La realidad y su representación se fundían al compás del rock progresivo, surgido para bailar con la mente. Al final, la letanía de “Eclipse” sirvió de marco sonoro al prisma de rayos láser que convirtió al Zócalo en la portada de Dark Side of the Moon: “Todo lo que tocas/ todo lo que ves/ todo lo que sientes/ todo lo que amas [...] Todo eso se ha ido/ y todo eso está por venir/ Y todo bajo el sol está en armonía/ pero el sol está eclipsado por la luna”. La letra resume la celebración cósmica de Floyd (“todo bajo el sol está en armonía”) y advierte de sus sombrías posibilidades (“pero el sol está eclipsado por la luna”).

A los 73 años, Waters se mantiene fiel a las contradicciones y las turbulencias que le han permitido sobrevivir en un oficio donde la locura, la sobredosis y la banalidad son formas habituales de la jubilación.

Un drama definió su trayectoria: el 18 de febrero de 1944 el soldado inglés Eric Fletcher Waters murió en Anzio, a unos cincuenta kilómetros al sur de Roma. El bajista sólo conoció el sitio exacto donde cayó su padre hace poco, cuando fue localizado por un veterano de 96 años que había estado en el campo de batalla. El 18 de febrero de 2014, setenta años después de los sucesos, fue al lugar que le inspiró numerosas canciones antibélicas. El sol mediterráneo tocó su frente sin alterar el invierno de su descontento.

El enemigo jurado de la guerra ha sido belicoso. Separó de la banda a Syd Barrett, compositor de la mayoría de las canciones del primer disco. Ciertamente, el “gaitero en las puertas del amanecer” estaba sumido en la neblina del LSD, pero Waters actuó con frío pragmatismo. A mediados de los ochenta, demandó a los demás miembros de Pink Floyd por usar ese nombre y protagonizó una de las más encarnizadas batallas legales de la escena rocanrolera, tratando de impedir el éxito de un disco excepcional, A Momentary Lapse of Reason (“estaba equivocado”, reconocería después). La mayoría de los críticos prefieren al guitarrista David Gilmour como cantante, compositor, instrumentista y persona. Sin embargo, de manera insólita, el rabioso Waters acabó por ser fiel al grupo que quiso extinguir e interpreta en vivo su repertorio con la nítida perfección de quien graba en estudio.

La realidad ha renovado la vigencia de sus composiciones. The Wall, retrato íntimo de un rockero de la posguerra, adquirió otro sentido con la caída del Muro de Berlín y con los sueños carcelarios de Trump. En lo que toca a la crítica al gobierno mexicano, todo comenzó hace cuatro años, cuando Waters se reunió con padres de desaparecidos y miembros del Movimiento por la Paz. La carta que leyó en buen español, dirigida a Peña Nieto, fue una sensata y elocuente crítica a la impunidad. Ante las puertas de Palacio Nacional, esas palabras adquirieron intensidad dramática.

¿Se trata de una semilla para el cambio o de un mero desfogue que convierte a la discrepancia en parte de la sociedad del espectáculo? Quienes emplearon insólitas energías para llegar al Zócalo desde las ocho de la mañana, ¿harán un esfuerzo equivalente para luchar en el mundo de los hechos por las consignas que corearon? ¿Es la cultura de masas un estímulo para la rebeldía o se trata de una escenificación tan inocua como mandar un tuit al océano virtual?

All in all another brick in the wall?

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