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Crueldad injusta e insensata

Con relación a la crueldad, llama la atención el pensamiento de Jaques Derrida, filósofo francés que nos alerta sobre el hecho de que en el tono de la crueldad hacemos como si nos pusiéramos de acuerdo sobre lo que el concepto quiere decir.

Con el frío “climático” de esta época, los de la “pobreza extrema”, los marginados de la revolución, se andan alimentando de tamales de viento en manteca requemada y atole de aguanieve chocolate para tener la cabeza más despejada y aprovechar las salidas fugaces de un sol exangue y poder acostarse en su cama de polvo empedregado aprovechando el viento al aspirar sin agua el polvo y la basura chorreando, dando muestras de solidaridad política de altura, purgados con cocimientos de hambre, flemas y desnutrición y cuidando los genitales, única defensa ante los ventarrones de la política del alza de costo de la vida y del todo es pecado.

No queda de otra a los de la “pobreza extrema” (unos cuantos millones) que enamorarse más y más de La Llorona vestida con su chal negro bordado de colores hierbabuena, mandarina y granada en que resaltan esos ojos café color madera que se confunden con las montañas de café con leche endulzadas con piloncillo salitroso mientras devoran vendavales invisibles en camas de arena de piedra, en la cachonda promiscuidad que vuelve a cada una de sus mujeres una “Llorona”.

Ante el caso de la pobreza, extrema, porque insistir en las políticas occidentales, mediterráneas, basadas en el logofonocentrismo y la unidad que rechaza cualquier oposición y considera secundarios los afectos, las vivencias de los que se hallan al margen (¿que acaso sentirán?) y sus opiniones confusas e incongruentes. Al fin y al cabo las definiciones teóricas son proporcionales al desprecio por los que nada tienen, sólo sus sensaciones, que incluyen la crueldad.

Hay sucesos que por el impacto que ejercen sobre nosotros paralizan nuestra capacidad reflexiva, impresionan y azotan al “yo”, desorganizándolo, de tal manera que nos conducen a experimentar los afectos y sensaciones más extremos: horror, terror, odio al transgresor, indefensión, confusión extrema y sufrimiento en aumento: síntesis de lo que llamamos “crueldad”. Al no existir la posibilidad de recuperarse de la intensidad del primer impacto y los sucesivos, resulta imposible instaurar la capacidad reflexiva, el juicio crítico, la racionalidad.

Crueldad que además de criminalidad en todas sus manifestaciones: robos, asaltos, secuestros, asesinatos, narcotráfico y sus anexas, violaciones (¡Ciudad Juárez!) sacude en un sufrimiento sin límites a los de la pobreza extrema, “aún hay más” agregado al alza de precios, desempleo, etcétera, y la intensidad del sufrimiento cada vez más cruel.

Con relación a la crueldad, llama la atención el pensamiento de Jaques Derrida, filósofo francés que nos alerta sobre el hecho de que en el tono de la crueldad hacemos como si nos pusiéramos de acuerdo sobre lo que el concepto quiere decir. Sin embargo, nos aconseja ir más allá, ya sea asignando a la palabra crueldad su ascendencia latina (crúor, crudus, crudelis) “una tan necesaria historia de la sangre derramada, del crimen de sangre, de los lazos de sangre”, o que tomemos la línea de filiación a otras lenguas y otras semánticas, por ejemplo: grausamkeit, que sería la palabra empleada por Freud, que no se asocia con el derramamiento de sangre, sino más bien alude “al deseo de hacer sufrir o hacerse sufrir por sufrir, e inclusive al hecho de torturar o matar, de matarse o torturarse, torturando o matando por tomar un placer síquico en el mal por el mal hasta gozar del mal radical, en cuyos casos la crueldad resulta difícil de definir, determinar o delimitar”.

Derrida parte de la hipótesis siguiente: “si hay algo irreductible en la vida del ser vivo que llamamos hombre, en la psychè… y si eso irreductible en la vida del ser animado es la posibilidad de la crueldad, entonces ningún otro discurso teológico, metafísico, genético, fiscalista, cognitivista, etcétera, sabría abrirse a esta hipótesis. Todos estarían hechos (a excepción del sicoanálisis) para reducirla, excluirla, privarla de sentido”. De acuerdo con esto, el único discurso que podría hoy reivindicar el tema de la crueldad síquica como propio sería: “el nombre es eso que, sin coartada teológica ni de otra clase, podría volcarse hacia lo que la crueldad síquica tendría de más propio”.


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José Cueli

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