EL PAPEL DE LA UNIVERSIDAD EN LA PROMOCION DEL AUTENTICO HUMANISMO.

Uno de los temas más actuales y que son promovidos por toda clase de instituciones públicas y privadas, asociaciones, organizaciones no gubernamentales, partidos políticos, etc., es el tema de la cultura o del humanismo integral o más bien del auténtico humanismo. Esto obedece al hecho de que el hombre contemporáneo es consciente del deterioro que la cultura está teniendo.

En efecto, el espíritu humano ha sufrido un tremendo deterioro de los valores que pueden sustentar la cultura.  Se ha hablado del proceso de tecnificación y desarrollo de la ciencia y de la técnica al margen de los principios de la cultura llamado cientificismo o tecnocracia que no significa que la ciencia y la técnica sean malas sino que el mismo hombre, al no tener una correcta escala de valores, las ha usado mal quedando por lo mismo alienado y al servicio de estas. Esto se debe a que mientras las ciencias y las técnicas siguen su rumbo a un ritmo cada vez más acelerado, la cultura superior, estrictamente humana, la que perfecciona al hombre en cuanto hombre en sus dimensiones espirituales; la cultura de la inteligencia, de la voluntad y la libertad, de la ética, de la religión, de la política, de la administración y el derecho, de la verdadera comunicación, han estado decayendo hasta conducir al hombre a un alto grado de degradación personal y moral, de abusos contra la dignidad de la persona humana provocándose un caos político en el que el bien común y la verdad no son considerados. Hoy en día se ha llegado a decir que la verdad es un constructo social, y que el bien es lo que la sociedad determine como bueno. La ambición y el deseo de poder ha cegado al hombre acerca de lo que él mismo es, ha perdido el dominio de sí mismo y ha perdido el verdadero sentido de su vida hasta el punto en que, bajo un aparente progreso y equilibrio, lo que se esconde es una decadencia y un caos político que cada vez es más difícil de ocultar. Precisamente por esto, por carecer de cultura espiritual, la cultura de lo material ha perdido el sentido humano haciendo que, aún en los países con más desarrollo económico y material no se hayan logrado mejorar los niveles de bienestar de la sociedad. Es por esta razón que en este breve estudio, he querido hacer una reflexión sobre el papel de la Universidad para la conformación de la cultura, es decir, del auténtico humanismo, que únicamente puede lograrse respetando la naturaleza y esencia de la Universidad en la que la filosofía tiene un papel fundamental para educar en los valores y lograr un humanismo auténtico e integral. Considero que hoy en día, las Universidades, lejos de restablecer el orden jerárquico de los distintos sectores de la cultura de acuerdo a una escala objetiva de valores, han sido las principales promotoras del desorden actual.
Con esto no quiero negar el hecho de que en muchos de los casos sus autoridades han tenido la mejor de las intenciones, sino que pienso que hoy más que nunca, es necesario profundizar en la esencia de la Universidad para darnos cuenta de que es en la Universidad en la que se debe definir la noción esencial de cultura y humanismo y hacer, a partir de los más altos principios e ideales, un plan para su recta realización.
Únicamente la verdad trascendente a la inteligencia humana puede iluminar el camino para que el hombre se perfeccione integralmente dando lugar con esto a la verdadera cultura o humanismo. Y es precisamente la Universidad el lugar en el que debe pensarse y trasmitirse esa verdad.  Es en la Universidad en donde hay que enseñar a aprender y hay que enseñar a pensar. Desafortunadamente en este contexto liberal, la Universidad reducida a empresa, ya no sirve a los ideales de verdad y de cultivo o cultura sino que al someterse a las “leyes” del libre mercado que determina la escala de valores económicos o materiales como el fin de toda actividad, la “Universidad contemporánea” se limita, en el mejor de los casos, a producir profesionales medianamente útiles a la sociedad y en muchas ocasiones se ha convertido en fábrica de mercaderes que utilizan la educación exclusivamente como medio de lucro, realizando con sus títulos y grados académicos toda clase de acciones y empresas en las que, todos o casi todos los medios son considerados como lícitos con tal que se generen utilidades.
Los nuevos sistemas de certificación y calidad exaltan lo cuantitativo haciendo parecer que el nivel de una Universidad o empresa es proporcional al tipo de instalaciones, edificios, aulas, extinguidores, sistemas administrativos, computadoras, quedando relegado lo esencialmente universitario. La Universidad, desde la de Boloña fundada en 1158 y después la de París a la que el Papa Inocencio III dio el nombre, por primera vez, de Universidad, inició siendo la corporación de estudiantes y profesores que por la investigación y la docencia o comunicación de lo investigado se ordena a la contemplación de la verdad, es decir, esencialmente al trabajo académico que es primordialmente el conocimiento teórico.
Hemos perdido de vista el hecho de que el ser es anterior al pensar, el hacer y el obrar. La fuente de todo cultivo y de toda cultura ha de ser siempre la teoría, es decir, la contemplación del ser para actuar en conformidad con él. De modo que lo académico, que es lo más opuesto a lo útil o pragmático, constituye el elemento esencial de la Universidad y dado que el ser es lo primero, y por lo mismo la teoría es lo más académico, lo más teórico en el orden natural es la filosofía que tiene por objeto el ser y, más aún, la metafísica como ciencia del ser en cuanto ser. De aquí que se concluya el carácter imprescindible de la filosofía como ordenadora de todos los demás saberes que encuentran su unidad en el ser. Por lo tanto, la Universidad, desde su sentido etimológico y nominal, exige unidad en la diversidad, es decir, que todos los saberes se ordenen hacia la unidad del saber que es lo académico y esencial a la Universidad. En efecto,  lo académico es lo teórico y esto teórico es lo más opuesto a lo útil o pragmático y si consideramos que la filosofía, cuyo objeto es el ser, es la ciencia que tiene el objeto más universal y que por lo mismo es capaz de integrar la diversidad de saberes en una unidad, concluiremos que, sin teoría (lo académico), sin investigación o búsqueda de la verdad y sin comunicación de la verdad o docencia, no hay Universidad. Es mediante la investigación filosófica, humanística y científica que se logra el movimiento de todos los saberes particulares hacia la totalidad del saber. Pero anterior a todo esto es la verdad, sin verdad no hay proceso ni movimiento, porque la verdad trasciende a lo universitario, y he aquí uno de los errores de la propuesta constructivista que invierte este orden al afirmar que la verdad se construye a partir de conocimientos previos, a través de la subjetividad o intersubjetividad.
Así pues, la Universidad que se ordena, ante todo, a la contemplación de la verdad, da por resultado la cultura como efecto de una libertad que se somete al orden o a la verdad de las normas que la inteligencia ha descubierto. La “cultura” que resulta de una libertad sin apego a la verdad (liberalismo) es lo más opuesto a la cultura ya que, si prescinde de la realidad objetiva, conocida intelectualmente y voluntariamente aceptada, será dirigida por los bienes inferiores de las pasiones e inclinaciones materiales que atentan contra el verdadero bien del hombre. Tal es el caso del liberalismo en el que el libre mercado determina la escala de valores en función de toda clase de pasiones e intereses subjetivos. La libertad, que implica cultivo, es aquella que no esta esclavizada por el error y el mal. No hay cultura sin libertad sometida a la verdad y al bien trascendente.  El liberalismo que invoca la “cultura” que va en contra del orden absoluto, natural y sobrenatural, de la verdad y del bien y de sus consiguientes normas morales, acaba promoviendo la incultura de la libertad sin control y sin sentido, esclavizada por las pasiones y que va en contra de la verdadera cultura.
De todo esto se sigue que, tanto el liberalismo que pone la verdad y la escala de valores en función del libre mercado como el constructivismo y el construccionismo que sostienen que el hombre es el artífice de la verdad que sostendrá la cultura y que constituyen los pilares de la pretendida pseudodemocracia actual, no pueden sino instalar el caos, la anarquía, el atropello a los derechos humanos y la injusticia. Ninguna postura materialista, sea comunista o liberal puede ser productora de auténtica cultura.
De aquí la necesidad de que la Universidad reflexione sobre su verdadera función social ya que debería ser el origen superior de la cultura de una nación con la misión de investigar la verdad en todos sus aspectos, pero sobretodo en la unidad superior de la sabiduría filosófica y en el caso de las Universidades católicas o de inspiración cristiana, más aún, desde la sabiduría filosófica y teológica.  Es en la Universidad en donde se debe proyectar el orden y la organización de la vida humana, individual y social en todos sus aspectos; el cultivo o cultura de las facultades del hombre de la inteligencia para alcanzar la verdad total y de la voluntad para que la vida de todos se oriente, mediante la voluntad, a alcanzar esa verdad.
Es posible que la Universidad se especialice en uno u otro aspecto de la verdad, que cultive unas ciencias o técnicas en lugar de otras pero, a lo que nunca puede renunciar es a su propia esencia, es decir, a la referencia e integración en la verdad absoluta de las verdades parciales a través de la filosofía ya que de lo contrario, las ciencias y las técnicas no encontrarán su lugar para contribuir al bien propio del hombre para producir cultura.
Por esta razón, el agnosticismo, el racionalismo, el positivismo, el empirismo, el idealismo, el escepticismo y sus diferentes aplicaciones a la política, la economía, la psicología, la pedagogía, la administración en sus formas de liberalismo, comunismo, constructivismo, construccionismo, relativismo, etc, todas estos errores de la filosofía no pueden ser sino la negación de la misma, ya que, llevados a la práctica no conducen sino al caos y al nihilismo.  De aquí que las Universidades que carecen de filosofía, o lo que es peor, que obedecen a estos sistemas, hayan perdido su carácter universitario, quedando pulverizadas en un conjunto de escuelas independientes, sin el carácter unificador e integrador de todos los sectores de la verdad en la unidad de la verdad total y superior, y han quedado sólo artificial y extrínsecamente unidas por una administración común que acaba devorándolas ya que en lugar de que gobierne la academia, se invierten los papeles quedando esta “arrodillada” en función de los sistemas administrativos cada vez más burocráticos y aniquiladores. Hoy en día es patente el hecho de que en muchas de las “universidades” los académicos acaben al servicio de los sistemas administrativos desviándose totalmente de su función de investigación, contemplación y docencia de la verdad. Y por si esto fuera poco, el cultivo de los aspectos particulares de la verdad, privados de una verdad sapiencial que los unifique, carece de carácter cultural, porque de ese modo no pueden contribuir al perfeccionamiento humano y por lo mismo producen anticultura en lugar de cultura. Esta descomposición de la Universidad en su esencia, es lo que ha contribuido fuertemente, a la descomposición social en los niveles en que hoy somos testigos. 
De modo que retomando, sin lo académico que es, ante todo la teoría, sin investigación o búsqueda de la verdad y sin docencia que es la comunicación de esta verdad, sin estos tres elementos no podemos hablar de Universidad. Es en la investigación interdisciplinaria en la que la filosofía dirige y orienta a las demás disciplinas, lográndose el movimiento de la diversidad hacia la totalidad del saber y para esto es necesario reconocer que sin verdad que antecede a todo no hay proceso, pues la verdad trasciende lo universitario. Los instrumentos didácticos y los sistemas administrativos son únicamente medios para alcanzar el fin de la Universidad.
La operación sigue al ser, de modo que primero es la persona (sustancia) y luego la comunicación (accidentes) y de aquí que la comunidad académica esté formada por los docentes y los estudiantes que son unificados en la Universidad gracias a la unión que les confiere la verdad. Docencia significa dar la ciencia y es que lo académico, que es lo teórico, exige el comunicarlo, el darlo y seguir motivados a continuar descubriendo la verdad que por ser inagotable siempre nos motiva a seguirla buscando y enseñando. Nadie puede dar lo que no tiene, y es por esto, que el verdadero universitario debe evitar la negligencia, el egoísmo, la precipitación, la falta de valentía para sostener la verdad pero sobre todo esto, lo que más afecta a la Universidad es la mediocre superficialidad que consiste en no llegar a las causas últimas, adoptando posturas pseudoacadémicas, frívolas o superficiales, como lo he sostenido en otros trabajos,  sin metafísica se instaura el reino de los que, estando ciegos, creen ver perfectamente.  En definitiva, las verdades parciales deben moverse hacia la unidad del saber, hacia la verdad del ser o no hay Universidad ni cultura. Esto se deriva de la primacía del ser y de que, por lo mismo, sin teoría no hay práctica. La mejor práctica es una buena teoría y por esto mientras más cosas quiera hacer una Universidad en beneficio de la sociedad, más teoría debe tener, la Universidad es lo más opuesto a lo utilitario ya que la obra que es portadora del valor in-útil, es decir, el que se ama por sí mismo y no por otra cosa, la obra portadora del valor honesto es la cultura, la verdadera Universidad es creadora de cultura. Por esto, sin profesores y estudiantes no hay Universidad, por más edificios e instalaciones, talleres, personal administrativo, equipos, etc. que haya, si no hay profesores y estudiantes, si no hay investigación, contemplación de la verdad y docencia, si con la investigación y la contemplación de la verdad no se logra el movimiento de la diversidad de saberes a la integración de la unidad del saber, no hay Universidad. Una casa de estudios superiores en la que la investigación filosófica no integra los demás saberes, no es Universidad. No existen Universidades por decreto, con incompetentes no lograremos sino una adición de impreparados en una yuxtaposición burocrática y pseudoacadémica . La Universidad tampoco es la suma de facultades sino todas las facultades en unidad orgánica en la que la filosofía como vocación del todo juzga y ordena los demás saberes.  Sin metafísica no hay sentido académico de la Universidad.  Una verdadera Universidad debe integrar la filosofía cuyo objeto es el ser, es decir, el objeto más universal, las humanidades, cuyo objeto es el hombre, las ciencias particulares experimentales, las técnicas y las artes. Y más aún, una Universidad católica debería tener a la teología sobre la base de la revelación y de una buena filosofía que ilumine e integre los demás saberes.
Sin la educación no puede haber cultura, ni desarrollo social, ni orden, ni justicia. De la falta de educación se sigue el caos social, la delincuencia, la injusticia, el subdesarrollo, y en general toda clase de desordenes. Aunque se aparente la prosperidad y el “desarrollo” en realidad se instaura el caos, basta con ver cómo los países que se ufanan de ser los más desarrollados, son los que tienen los índices más altos de enfermedades, depresión, drogadicción, suicidios y toda clase de atentados contra los derechos humanos, como son el aborto, la eutanasia, la disolución familiar, etc. Y a todo esto ha contribuido la “universidad” moderna y contemporánea con su diversidad de saberes y especializaciones en la que los especialistas son aquellos que cada vez saben más de menos hasta que un día terminen por no saber nada de nada. Repito, los saberes particulares y especializados exigen su integración a un saber más universal que les permita orientarse al bien del nombre. Sin un conocimiento profundo del hombre, fundado en una metafísica realista, no tendremos más que una deformación, una desestructuración de todos los saberes, a modo de una esquizofrenia que no puede sino desembocar en contradicciones, en el activismo, la alineación y finalmente el relativismo y el nihilismo que hoy tenemos. Si educar viene de eductio que quiere decir hacer salir, educir, o sacar lo mejor que hay en el hombre, es preciso saber bien qué es el hombre, conocer su, ser personal, su esencia, su naturaleza, sus operaciones, sus hábitos buenos y malos, su dignidad, sus valores, etc. Lo cual resulta imposible sin la metafísica. No puede haber educación integra y auténtical si no se educe el todo y ¿cómo podemos hablar de educación integral si no conocemos profundamente al hombre, si no sabemos todo lo que en el hombre se implica ontológicamente? Por todo esto es que no basta con ser profesionista para ser universitario, el profesor es el que da a conocer, y ya he mencionado que nadie puede dar lo que no tiene. El profesor es el que se da para que el estudiante aprenda a pensar y por esta razón, el que ha de dirigir el movimiento de unificación de todos los saberes, es la parte vital del cuerpo, como el alma que integra la investigación, contemplación y la docencia ya que como ha quedado dicho, si falta uno de estos elementos no hay Universidad. Por otra parte, el estudiante es el que aprende a pensar, el que está en actividad constante, no porque se dedique a hablar o a realizar actividades técnicas sino porque aún cuando permanezca en silencio, existe una actividad interior que lo impulsa a seguir pensando y a seguir buscando y aún más a aportar algo al proceso. De aquí la distinción entre alumno y estudiante puesto que la palabra alumno denota ser alimentado, es decir, una actitud casi totalmente pasiva, mientras que estudiante denota pensamiento, actividad.
El buen profesor es, pues, aquel que ayuda a pensar, no es el que se baja a la altura del estudiante sino el que hace subir a los estudiantes a la verdad que ellos mismos deben descubrir. El profesor debe ayudar al estudiante a descubrir por él mismo lo que él ya descubrió, y aún si se puede, ayudar al estudiante a descubrir más que lo que él ha descubierto, porque únicamente de ese modo tendremos cultura. Es por esto que la misión específica de la Universidad es la cultura y para esto hay que conocer bien al hombre para trabajar bien todas las virtudes, no es cuestión de uno, dos o tres cursos de algunos aspectos del hombre lo cual hemos visto que es quedarse en la mediocridad y por esto no funciona, sino de verdaderos programas interdisciplinarios y de formación filosófica sistemática que permitan la profundización y el dialogo de los saberes particulares, científicos y técnicos con la filosofía y de los filósofos entre sí. La filosofía es tan o aún más difícil que cualquier otra ciencia o técnica y de allí que la formación de un filósofo no sea menor sino igual o mayor que para las otras disciplinas. Ahora bien, he insistido en varias ocasiones que no se trata de que todo el mundo sea filósofo, lo cual es imposible y aún absurdo, pero si de que existan filósofos y humanistas y una infraestructura, es decir, una facultad de filosofía y letras que sea capaz de formar sistemáticamente a los filósofos y los humanistas y los integre a la investigación sobre la filosofía misma y sobre su necesidad y aplicación a las ciencias y las técnicas. Únicamente de este modo se puede transmitir el conocimiento filosófico suficiente que los profesionistas deben tener de las conclusiones a que han llegado los filósofos y que pueden iluminar y orientar sus respectivos campos para que no se desvíen de su objetivo último que es el bien común.
En efecto, la cultura es un resultado del desarrollo integral humano ya que los seres puramente materiales están sometidos al determinismo causal, su actividad está regulada por leyes necesarias y por lo mismo no cabe en los seres materiales un desarrollo expresamente tal, como algo que trascienda al mero desenvolvimiento natural de las causas necesarias.  Un desarrollo de este tipo únicamente es posible con la intervención de una causa espiritual como lo es el hombre que actúa sobre sí mismo y sobre las cosas. A diferencia de los entes materiales, vegetales y sensibles, el hombre es un ser espiritual, es decir, que tiene inteligencia y voluntad y que por lo mismo puede realizar actos libres. La libertad del hombre lo pone en posición de sí y del mundo, en pasos cada vez más aptos para modificar y perfeccionar la realidad material de las cosas y su propia realidad espiritual, en esto consiste el verdadero desarrollo que tiene su raíz en la inteligencia, facultad espiritual que tiene la capacidad de conocer la realidad, comprendiendo así la potencialidad que hay en el ser y la actividad de las cosas y del propio hombre de ser acrecentados o transformados. De aquí que el ser desarrollado o el nuevo ser producido, lleve consigo el sello espiritual del hombre.  Es por esto que no puede haber desarrollo sin la actividad espiritual, en este caso, del hombre.  Es el hombre como ser espiritual, es decir, inteligente y libre, el que transforma el mundo natural creado por Dios haciendo emerger el mundo de la cultura o el humanismo.  El hombre puede transformar su ser y el de las cosas haciendo que cada cosa se ordene a su propio bien y al bien del hombre, esto es precisamente la cultura y por esta razón la cultura coincide con el humanismo ya que no es posible el auténtico desarrollo sin la cultura o humanismo.
Hemos visto cómo el arte o la técnica es una virtud que reside y perfecciona al intelecto práctico; los artefactos se valoran en función del fin que el artífice ha pensado. La acción técnica se extiende también a los seres vivientes, vegetales y animales irracionales, con el perfeccionamiento de las especies, el aumento o la calidad de su producción, y cuando es necesario con la destrucción de algunos que pueden representar un peligro para el mismo hombre. Incluso incluye la domesticación de animales para que ofrezcan un servicio al hombre.
La administración, la economía, la arquitectura, la medicina, las ingenierías, todas las técnicas y artes y todos los entes producidos por ellas, tienen como fin el servicio del hombre, pero bajo un criterio de valoración que está por encima de la simple utilidad, de modo que estos valen en la medida en que contribuyen al verdadero bien del hombre, de aquí que sea tan importante una profundización en la naturaleza humana que sólo puede darse en el plano natural desde la filosofía y más aún, en el plano sobrenatural desde la teología.  Desde luego, resulta fundamental el papel de la ética como ciencia filosófica que se ocupa de los actos humanos en su relación con el fin último del hombre, ya que el bien moral perfecciona al hombre en cuanto hombre. También resulta necesaria la poiética o filosofía práctica del orden técnico, que nos ayuda a valorar la producción de artefactos desde una perspectiva que los ponga al servicio del hombre y del bien común y que al mismo tiempo evite la producción de artefactos mal hechos, o aun nocivos para el hombre. Por esto es necesario que se desarrollen tanto las virtudes intelectuales como las morales.
El desarrollo de las virtudes intelectuales no consiste en saber muchas cosas, sino en saber pensar bien sobre Dios, el hombre y el mundo. Saber lo que se tiene que saber e ignorar lo que se debe ignorar, es decir, ignorar todas aquellas cosas que dañan la integridad humana y que la desvían de su verdadero fin. No es más sabio el que sabe mucho sino el que sabe lo que tiene que saber e ignora lo que tiene que ignorar. El desarrollo de las virtudes morales que nos ayudan a dominar a los apetitos sensibles de un modo permanente disponiendo a la voluntad para que libremente y sin dificultad pueda cumplir la ley en todo momento.
La cultura comprende, pues, la plena realización del ámbito material y espiritual. Su Santidad el Papa Paulo VI, afirma que “si para llevar a cabo el desarrollo se necesitan técnicos, cada vez en mayor número, para ese mismo desarrollo se exigen más todavía pensadores de reflexión profunda, que busquen un humanismo nuevo, el cual permita al hombre moderno encontrarse a sí mismo, asumiendo los valores superiores del amor, de la amistad, de la oración y de la contemplación. Así podrá realizar en toda su plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para cada uno y para todos, de condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas”
Todo el desarrollo o cultura debe estar al servicio del hombre y ordenado a Dios como a su último fin en cuya consecución encuentra su propia plenitud humana. De aquí que cuando la actividad técnica o artística atenta contra la perfección humana, pierde su valor de cultura o de desarrollo ya que la cultura denota y exige ordenación al verdadero bien del hombre y de la sociedad.
Por su parte, la investigación y la docencia de la verdad deben ajustarse a las situaciones históricas y a los contextos de modo que la Universidad ha de hacer una selección de las carreras profesionales necesarias para el bien del hombre y de la sociedad.
La arquitectura, la medicina, el derecho, las ingenierías, las comunicaciones, la administración, etc., que son necesarias en determinadas condiciones y momentos históricos e incluso geográficos, como la agricultura, la ganadería, la ingeniería industrial, minas y metalurgia, etc., con todas las disciplinas. La misión de la Universidad no es tanto informar sobre la verdad sino formar a los estudiantes para investigarla, crear los hábitos para que el estudiante alcance la verdad mediante su propio esfuerzo; a lo que nunca puede renunciar la Universidad, sin dejar de serlo, es a su misión propia y específica que es a la integración de la verdad en la verdad superior de la filosofía, de la teología, es decir, a la formación que perfecciona al hombre como hombre, y no como científico, técnico, médico, abogado, etc.
Ha quedado dicho que la filosofía y la teología cristiana, subsume y ubica los distintos aspectos de la verdad y los integra de un modo jerárquico bajo su misión universal y humanista y esta es la misión propia y esencial de la Universidad ya que ella es la que confiere la unidad a los distintos sectores de la verdad, a los distintos conocimientos y carreras, y las impregna de sentido humano, los humaniza. Sin esta visión superior que integra y unifica las distintas especializaciones del saber, no hay propiamente Universidad. Esta se convierte en un organismo burocrático.  Desafortunadamente, como he mencionado antes, los errores filosóficos han desvirtuado a la filosofía. El inmanentismo, error fundamental de la filosofía moderna y contemporánea   ha negado las capacidades de la inteligencia para conocer la verdad, instalando de esta manera el relativismo. En sus distintas presentaciones, el racionalismo que reduce el conocimiento a ideas innatas, el empirismo que reduce la inteligencia al mundo sensible, el formalismo kantiano que reduce el conocimiento a los fenómenos espacio temporales, la fenomenología y el existencialismo que pretendiendo salir de la inmanencia y del subjetivismo vuelve a caer en la misma al intentar sustituir las esencias universales por descripciones y reducciones fenomenológicas. Todos estos errores denotan el agnosticismo que ha caracterizado al mundo contemporáneo del que casi nadie, sean gobiernos, empresas, sociedades, escuelas, Universidades, ha escapado. En todas las estructuras se ha permeado bajo diferentes formas como, por poner algunos ejemplos, en el liberalismo en el que todo es opinable y toda opinión vale lo mismo, en el relativismo moral, en el liberalismo político, administrativo y económico en el que el libre mercado es el que determina la escala de valores, en el construccionismo y el constructivismo que reduciendo la realidad a construcciones subjetivas o intersubjetivas se han permeado a la política, la pedagogía, la psicología, la sociología, etc.

De un modo o de otro todas estas corrientes inmanentistas, agnósitcas y relativistas se han infiltrado en las Universidades de modo que, en estas, se han disgregado todos los saberes, produciéndose la descomposición del corpus universitario. Como lo dije antes, he aquí el origen de la descomposición social que tenemos, pues la Universidad ha dejado de realizar su misión específica de cultivar la verdad sapiencial de la filosofía y la teología para integrar todos los saberes desde una visión más profunda de Dios, el hombre y el mundo. Iniciaba este estudio diciendo que hoy más que nunca se habla de humanismo integral, de valores, etc., pero como un recurso de mercadotecnia ya que incluso tecnológicos y politécnicos, con la mejor de las intenciones, ofrecen que mediante unas asignaturas de humanidades dadas en su mayoría por personas inexpertas que en muchos de los casos ni siguiera tienen la formación sistemática en la filosofía y las humanidades, yuxtaponen “sus valores”  tratando de convencer a los alumnos, sin fundamentos profundos y con afirmaciones contradictorias, de esa serie de “valores” contrarios o a favor de lo que promueven los profesores especializados en su área de estudio, es decir,  de su profesiones o especialidades. Y es que bajo el agnosticismo que priva a la inteligencia de su objeto, a saber, la verdad trascendente, limitándole al mundo de lo fenoménico desligado del ser, la primera tarea de la filosofía debe consistir en formar a la inteligencia para que, desde los principios más universales, se ordene la vida humana, restableciéndose el orden moral, jurídico, político, etc. Se impone volver al realismo, urge salir del agnosticismo para volver al realismo o no habrá solución al problema contemporáneo. La metafísica es la obra suprema del conocimiento, con su objeto, a saber,  el ser en cuanto ser, supera todo otro conocimiento sobre el ser, en cuanto tal ser y es por esta razón que a ella le compete la tarea de juzgar y ordenar todos los otros saberes particulares jerarquizándolos en función de sus objetos y de sus fines. Si la Universidad tiene como fin o como misión el cultivo de los diferentes saberes especializados de la verdad y la misión de integrarlos en la unidad de la verdad suprema, de la verdad que confiere el sentido del hombre, de su vida y de su destino trascendente tanto terreno o intramundano como eterno, resulta claro y evidente que la formación metafísica es indispensable para una realización auténtica de la Universidad, ya que sólo con la metafísica, puede la Universidad cumplir su misión propia y específica.  Los conocimientos científicos se basan en los principios filosóficos, sin estos principios, las ciencias carecerían de fundamento racional y se erigirían sobre nociones arbitrariamente asumidas cayendo en un relativismo escéptico. Del mismo modo, los conocimientos científicos y filosóficos se fundan en la noción de ser y en los principios de no contradicción, de identidad, de causalidad, etc.; todas estas nociones y verdades expresan un modo de ser y como tales se apoyan en la noción de ser y sus principios, la metafísica es el fundamento que da sentido racional a todos los demás conocimientos y verdades científicas y filosóficas. Sin la metafísica, tales conocimientos carecen de fundamento racional, no pueden dar la última y definitiva razón de ser y por lo mismo dejan de ser ciencia diluyéndose en lo absurdo.  Sin el apoyo de la metafísica tampoco podemos hablar de orden jurídico pues el derecho positivo debe ordenarse al derecho natural que emana de la propia naturaleza o esencia del hombre. Tampoco es posible el orden político, ni el económico, ni el administrativo, etc., puesto que todos estos deben ordenarse al bien común que es el verdadero bien de todos y cada uno de los miembros de una sociedad. A todas luces y de todos los ángulos, se ve claro que la metafísica es esencial y fundamental en la formación universitaria. La metafísica es la piedra angular que sostiene y da sentido y vigor racional a todas las verdades y principios filosóficos, aún la teología revelada es explicitada gracias al instrumental metafísico-filosófico. Por esta razón, la Universidad llamada a dar la visión de todas las verdades desde la visión de la verdad del ser, que las integra y ubica en su preciso alcance dentro de esa verdad total, sólo puede constituirse bajo un sólido conocimiento y formación metafísica que no se logra con un curso o dos o tres, sino con la formación sistemática y la maduración de los años de una carrera que inicia con la licenciatura y llega hasta el doctorado continuando después de éste con la investigación que no puede terminar nunca, dado el carácter infinito de la verdad. Insisto una vez más, no todo el mundo debe ser filósofo, pero los científicos y técnicos deben conocer suficientemente las conclusiones filosóficas que afectan su ciencia o su técnica, y es imprescindible que facultad de filosofía y letras desde la filosofía y las humanidades forme a los investigadores que darán respuestas últimas a los cuestionamientos de las ciencias y las técnicas. Es la Universidad la que está llamada a salvaguardar los fundamentos del orden moral, jurídico, político, administrativo, técnico, artístico, y de todo conocimiento y de toda verdad desde el ser y sus principios fundamentales y tiene la misión de cultivar la metafísica que fundamenta y da razón racional suprema de todo conocimiento. Por esto, la metafísica es la suprema instancia que justifica y da sentido a la Universidad.

Hacia una educación integral:
Si la Universidad es el lugar en el que se investiga la verdad, es patente el hecho de que el ser humano ha nacido para la verdad y esto es evidente desde el momento en que, como es sabido, su inteligencia tiene por objeto apropiarse de ella intencionalmente y gracias a su voluntad libre es capaz de ser interpelado por ella para dejarse modelar y transformar a su imagen.  De aquí que la Universidad tenga la misión de coadyuvar a una formación integral. Dice Santo Tomás que “la verdad tiene que ser el fin último de todo el universo, y todo saber tiene que ocuparse, ante todo, de buscarla y contemplarla.”  Pero dada la condición corpóreo-espiritual del hombre, la conquista de la verdad es una tarea ardua y que debe ser solidaria, una empresa común. Es evidente que en la conquista de la verdad es mucho más lo que recibimos que lo que cada uno aporta al proceso, y que es muy poco lo que puede uno solo en comparación con las exigencias de la verdad. Sólo desde la base firme de la tradición es posible dar un paso más adelante   y es así como la verdad, trascendente a su búsqueda, es lo que motiva a educar para alcanzarla. La educación en valores constituye un punto fundamental en la formación integral del hombre, por lo que resulta necesario profundizar en los términos: educación y valor tomando siempre como punto de partida el análisis filosófico de la naturaleza humana educable, de la naturaleza o la esencia de la educación y de los valores, mencionando algunos aspectos que son fundamentales y que están relacionados íntimamente con el proceso educativo.

Hemos visto cómo sin la metafísica es imposible profundizar en el orden natural, es decir, en el orden de los fines que resultan tan importantes si reconocemos que el desorden y anormalidad de la sociedad contemporánea proviene de este hecho al que las Universidades de algún modo han contribuido y que consiste en no saber a dónde vamos. He dicho que la crisis actual es una consecuencia inevitable de la carencia de una orientación firme sobre los fines de la vida, sobre los bienes humanos que hoy conocemos con el nombre de valores.  Es evidente que el fracaso personal y la falta de sentido de la vida contemporánea son el efecto del fracaso educativo de una sociedad debilitada en su estructura.
Solo el hombre es susceptible de educación y sólo al hombre la educación le es intrínsecamente necesaria. La Grecia clásica, sobretodo en la especulación platónica alcanzó el límite máximo de estos principios en el orden puramente natural; tanto Platón como Aristóteles fueron conscientes de que sin una buena educación y la adquisición de todas las virtudes, se llenaría de vicios la república. Aún cuando la filosofía de entonces carecía de una visión sobrenatural ya aparecía clarísima la necesidad de una paideia en función de la propia naturaleza humana.
Dado que la cientificidad de la pedagogía depende de la conformación de su objeto, es necesario distinguir en el hombre su dimensión estática y dinámica, su esencia y sus facultades para después llegar a la distinción de los hábitos especulativos y prácticos, tomando muy en cuenta que el entendimiento práctico es también, una especulación ordenada a un fin. Aunque el conocimiento práctico tenga como término un hacer, es un conocimiento de algo que hacer, y por esta razón, la pedagogía y la ética como ciencias prácticas no son menos ciencias pues en lo que tienen de especulativo, dependen de la contemplación y en lo que tienen de prácticas disponen en el orden intencional y expresan la racionalidad en el orden ejecutivo. La pedagogía es así una ciencia del buen obrar y del buen hacer concreto, que se subordina a la ética en cuanto ésta mira al fin último del hombre; su cometido es, pues, la formación de hábitos actualizando las capacidades potenciales del educando teniendo siempre como fin la perfección de la persona. Los hábitos morales, intelectuales, artísticos y técnicos son importantísimos para que se lleve la bondad misma del que obra. Es necesario, pues, atender a los principios que deben regir la vida docente logrando así una auténtica política educativa que facilite la ordenación de la sociedad mediante las virtudes, al bien común. Para lograr lo anterior es necesario respetar el orden natural según sus respectivos objetos a saber: la pedagogía y la poiética, se subordinen a la ética-política; la ética-política a la ética general;  la ética a la antropología y por último todas estas a la metafísica. Una vez más llegamos al papel fundamental e imprescindible de la metafísica y lo anterior hace patente la necesidad de tomar, como punto de partida para cualquier discusión sobre la educación en valores el reconocimiento del fin de la vida humana pues “toda las acciones humanas son para el fin”  y de aquí que “el fin tiene razón de causa”  La tendencia al bien y la disposición para la virtud son elementos fundamentales de la naturaleza humana pues toda persona aspira íntimamente a un fin último, a un Bien que colme todos sus deseos, a la felicidad y, por esta razón, está provista naturalmente de los elementos necesarios para alcanzar este Bien. Este es el motivo por el que cuando a una persona se le orienta a la adquisición de una virtud, no se le violenta a someterse a un actuar extraño a su naturaleza sino que se le está orientando y asistiendo para que pueda actuar en consonancia y armonía con la calidad y disposición natural de los principios activos de su estructura ontológica. 
Cuando no se considera o mal interpreta el deseo y la tendencia natural de felicidad que es propia del ser humano y cuando se concibe el malestar humano como consecuencia de un condicionamiento operante (conductismo), se omite el carácter trascendental del hombre y se prescinde de su naturaleza hecha para la verdad, el bien y el valor. La educación para los valores no es violentadora de la naturaleza humana, sino necesaria y congruente con su misma esencia que favorece a que se colmen y se realicen las aspiraciones y los intereses más íntimos y profundos del ser humano.  Por todo esto, dado que educar es educir o sacar a la luz todo lo que el hombre es, resulta imposible la educación en valores, si se prescinde de un conocimiento profundo de lo que es el hombre mismo, un ente que tiene conciencia de sí, un ente que es autoconsciente y libre en el que la contemplación es primordial y anterior a la acción que depende de ella y constituye el valor fundamental.  Es necesario partir una vez más de la unión substancial de cuerpo y alma y tener muy presente que, o se desarrolla mediante la educación la totalidad o se destruye al hombre, o todo o nada.  Bien sabido es que el alma espiritual es el principio remoto de las operaciones mientras que las potencias o facultades en cuanto accidentes, son los principios próximos de modo que todas las potencias sensibles se ordenan a las espirituales, y el cuerpo se ordena al alma como a su fin siendo así, la formación integral del hombre, el desarrollo de todas sus facultades, sobre todo de la inteligencia y la voluntad que constituyen las más perfectas dada la universalidad de su objeto. Además es preciso reconocer que el hombre es persona, incomunicabilidad ontológica, subsistencia o existencia en sí, en la que el constitutivo formal es el acto de ser, al que se le confiere su máxima unidad, verdad, bondad y belleza, su máxima perfección de modo que la verdadera educación no se puede limitar exclusivamente a educar lo que el hombre ya es desde el punto de vista ontológico sino de hacerle crecer mediante la adquisición y perfeccionamiento de los hábitos buenos o virtudes que le hagan captar y poseer el ser y por ende el valor según su propia naturaleza, es decir, educar será de este modo, lograr el desarrollo de todo lo que el hombre es llevándolo hasta su máxima perfección posible. 
Pero como sabemos que además de su ser personal, el hombre por naturaleza es social,  no es un individuo singular como lo propone el liberalismo ni un ente disuelto en la colectividad que evoluciona como lo propone el marxismo, es necesario precisar que el hombre además de ser social, en cuanto persona, trasciende la sociabilidad desde el momento en que la persona está abierta al ser y a la verdad y por lo mismo tiende a desarrollarse al infinito; por esta razón, la educación no puede tener un fin temporal porque la verdad es trascendente. Del análisis de la naturaleza humana y de la naturaleza de la educación se deduce que los principios básicos e imprescindibles que constituyen la educación del ser humano son: el agente educativo, el sujeto que debe ser educado por medio o instrumento de la educación y el objetivo o el fin que se pretende mediante la educación. Todo el misterio de la educación gira en torno a la formación por medio de los hábitos, de las cualidades estables que perfeccionen al hombre para que conozca y ame lo bueno decidiéndose en cada caso por lo mejor. De esto se sigue que la educación del ser humano no puede limitarse a una mera adquisición de informaciones y enseñanzas útiles y necesarias que le conviertan en una persona instruida técnica y humanamente competente en las tareas que la sociedad plural exige. Si lo que se pretende es que la persona alcance su fin, es preciso conceder a la educación y a la formación intelectual y moral el lugar que le corresponde dentro de la formación integral del hombre.
Por esto es inconcebible una educación en valores que no sea moral y científica, resulta ingenuo pensar como posible un perfeccionamiento de la persona que se limite exclusivamente al plano físico-sensible y psicológico sin asumir el valor del hombre en sus supuestos metafísicos y en su desarrollo moral, esto equivaldría a la negación misma de la educación por lo que la psicología de la educación constituye un instrumento útil aunque subordinado pues reducir la educación a pura psicología implicaría la negación de la verdadera dignidad del hombre como persona.  La adquisición y aumento de los hábitos buenos es, en principio, fruto de la delectación y del placer que experimenta la voluntad de la persona educada en el buen obrar ya que la voluntad se goza en los actos buenos que la disponen convenientemente al bien de la naturaleza humana. Mediante la realización de actos buenos el alma se dispone mejor par alcanzar su fin que es la unión y la delectación en la Verdad y el Bien, de aquí que Santo Tomás sostenga que los hábitos aumenten sólo en intensidad, en el sentido de que mediante el ejercicio repetido de la obra buena, el sujeto participa más perfectamente de la forma preexistente y también Aristóteles sostiene que mediante la repetición consciente de actos buenos deliberados y elegidos, los hábitos se convierten en modos de ser o facultades que parecen naturales. 
Orden y disciplina, orientación firme hacia el fin, resistencia a los modos de actuar contrarios, lucha permanente para lograr la adquisición de todas las virtudes posibles. Si el valor es un bien para la persona y lo que se busca es que el hombre alcance su máxima perfección posible, la educación ha de ser un proceso temporal en el cual las virtudes se van adquiriendo con el tiempo, es decir, en cada opción libre de cada momento presente, de cara y de camino al fin último de todo hombre. La voluntad se va perfeccionando en el tiempo conformándose el hombre que se quiere formar, los maestros, los padres y educadores son lo que ayudan como causas segundas a conformar el carácter del hombre educado, por esto dice el Dr. Alberto Caturelli,  que educar consiste en perfeccionar el ser personal del hombre.
Cuando el hombre educado para los valores, es decir, para lo que es bueno para él, elige en cada opción el verdadero bien, logra la libertad en su orden temporal y al elegirlo, opta por el Bien infinito, por eso nadie puede ser más libre que el hombre bien educado. El hombre sin educación acaba siendo esclavo de sus pasiones y de sus errores pues sabemos que hacer lo que se debe hacer en cada momento del tiempo es ser libre.
Como vemos, es la reflexión filosófica la que nos permite conocer el fin último de la educación, el hombre crece en virtud alcanzando, mediante la vida virtuosa, su fin último relativo natural y con las virtudes naturales, sobrenaturales y la gracia, el fin último sobrenatural. Además de la gracia divina, la adquisición y aprendizaje de la virtud constituyen un arte por el cual a la persona le es posible superar los obstáculos y el desorden en las facultades causados por su naturaleza dañada por el mal, y, puesto que la naturaleza es la que está afectada, deberá perfeccionarse mediante cualidades estables, difícilmente removibles que se añaden a esa misma naturaleza; cualidades que, naturales o adquiridas mediante el aprendizaje o infusas al disponer al ser humano convenientemente a su fin, alcancen casi el mismo grado de la naturaleza a la que perfeccionen siendo así los hábitos como una segunda naturaleza. Estos hábitos permiten al ser humano una facilidad de acción para alcanzar su objeto sin esfuerzos ni retrasos. Estabilidad, espontaneidad y facilidad para actuar bien en toda ocasión, son las características que confieren los hábitos buenos al obrar humano, un perfeccionamiento del ser que actúa y le dispone bien y de forma estable para su fin.  Y como de lo que se trata es de la verdad y del bien, la naturaleza social humana exige como principio básico para la adquisición de virtudes, el amor y la amistad que crean el contexto indispensable y adecuado para la comunicación y manifestación de la virtud y de la vida feliz. El amor y la amistad son el principio activo para la educación que sólo es posible en un ambiente en el que se facilite la misión comunicativa del Bien y de la Verdad para el perfeccionamiento de la persona. El amor de amistad es, pues, el principio activo de la educación para la virtud y es que si reflexionamos un poco nos daremos cuenta de que no es posible ser feliz excluyendo la felicidad de otras personas.  De modo que hay que distinguir entre los bienes útiles, deleitables y honestos, aquellos que son útiles para la educación en la virtud y aquellos que son necesarios, es decir, aquellos sin los cuales es imposible alcanzar la virtud, esto debo a la propia naturaleza humana ya que el hombre necesita las cosas exteriores para el cuerpo, para sus operaciones activas y contemplativas, pero además necesita de los amigos ya que nadie poseyendo todas las cosas preferiría vivir solo; la persona necesita de amigos en todos los estados, circunstancias y momentos de su vida y también cuando alcanza la felicitad por ser virtuosa.  Por eso es tan importante el amor personal, el amor de amistad en el que el que ama desea y se goza con el bien del amigo, no por algún provecho o deleite que espere conseguir de esta amistad, sino por la afectuosa complacencia que siente interiormente por su amigo, y le hace respetar sus bienes y sus males como propios, y su voluntad como propia;  de esta manera en el amor de amistad, la aspiración del amigo es unirse con su semejante en comunión de vida.  Cuando la semejanza que es una de las tres causas del amor es perfecta y el amor es de comunión o de benevolencia, es decir, amor de amistad entre personas, la unión afectiva adquiere una dimensión intencional muy particular y profunda en la que el que ama quiere el bien para el amigo como para sí mismo; el que ama aprehende al amigo como otro yo y por esa razón quiere el bien del amigo como para sí mismo por la semejanza perfecta en la forma y así, sostiene Santo Tomás, el amor de amistad es más unitivo que el conocimiento. Se trata pues de querer un bien recíproco que se realiza tanto por vía del conocimiento como por vía del amor de modo que el que ama no se contenta con la superficial aprehensión del amigo, sino que se esfuerza en escudriñar interiormente cada una de las cosas que pertenecen al amigo, y así penetra en su intimidad como si él mismo recibiese los bienes y los males y fuese afectado en el amigo y esto sucede de tal modo que cuando el amigo está ausente, el que lo ama tiende hacia él sólo a causa de la complacencia en el amigo enraizada en el interior.  De lo anterior se sigue que debido a que el amor de amistad consiste en querer el bien del otro, cuanto más intenso es el amor más intenso es el trabajo con el que se busca la perfección del amigo oponiéndose a todo aquello que vaya en contra de este bien.  El hombre feliz necesita amigos no por utilidad o por delectación sino para obrar el bien,  y es de este modo como la amistad requerida para la educación hacia la virtud y hacia los valores es un amor de benevolencia interpersonal y recíproco, no por intereses egoístas sino para que el educando logre un bien al suscitarse también en él ese amor desinteresado. 
Para educar en la virtud es necesario, pues, salir del utilitarismo y buscar la amistad en el orden de la persona fundada en el amor de benevolencia, imposible lograr las virtudes sin un ambiente de amor y amistad propicio para su desarrollo. Las virtudes intelectuales y morales constituyen los hábitos operativos que tienen por objeto perfeccionar las facultades superiores del hombre y siendo la inteligencia y la voluntad las facultades más perfectas estas deben ser desarrolladas de modo primordial.
Es necesario tener en cuenta que tanto para la educación en general como para la educación de la inteligencia, una sana dirección de la vida sensible, especialmente de la imaginación y de la memoria sensible son insustituibles para la formación de toda especie impresa sensible intencional que constituye la base del proceso intelectual. La educación estética, o de los sentidos, es, pues, fundamental para el desarrollo de la propia naturaleza intelectual humana.  Como no hay ningún conocimiento sensible que no esté relacionado con la vida espiritual, es importante, desde edades tempranas, que la educación favorezca el ejercicio de la abstracción pues quien no desarrolla al máximo su capacidad natural de abstracción no puede saber pensar aún cuando todo hombre abstraiga por el solo hecho de ser hombre; de aquí que sea muy importante que la acción educativa favorezca el desarrollo de los procesos naturales de la inteligencia. Toda la sensibilidad de la vida emocional y afectiva, todas las pasiones humanas ordenadas por la recta razón pertenecen al ámbito de la virtud.  Por esto, en lo que se refiere a la voluntad, facultad apetitiva espiritual del hombre, ésta debe ejercer el dominio y control de las pasiones y de la vida emocional del hombre, una vez conocido el bien y por lo tanto el fin, hay que favorecer la deliberación intencionada hacia lo que es bueno y, aún más, perfecto.
Siendo el objeto de la voluntad el bien común, el hombre debe ser formado para quererlo y para tender a él, hay que educar para el pleno dominio de nuestros actos de modo que queriendo algo que es bueno y más aún valioso por ser un bien que corresponde a la naturaleza humana, podemos también alcanzarlo. La educación debe ser consciente del hecho de que el hombre no siempre logra hacer lo que la razón le presenta como bueno. En el hombre es evidente una disposición desordenada que incluso puede llegar a ser vicio, como hábito corrompido.  Baste observar que en lo que se refiere a la razón, ésta está destituida de su orden a la verdad, en el hombre cabe la ignorancia;  en lo que se refiere a la voluntad, ésta está destituida de su orden al bien, en el hombre cabe el mal; en lo que se refiere al irascible, éste no siempre se ordena a lo arduo, es débil; y en cuanto al concupiscible éste está destituido de lo rectamente deleitable.  En el hombre cabe la confusión del bien aparente con el bien real con lo que la afección que pertenece a la esencia humana, se repercute en el orden personal de la individualidad que eligiendo bien, obra mal y que al cabo de la repetición de actos desordenados, estos se hacen costumbre y después necesidad debilitando al hombre y anulando su libertad.  El desorden acaba por arrastrar a la razón a juzgar en particular contra el conocimiento que tiene en general.  Si antes del uso de razón, mediante la acción de los padres y educadores se ha habituado a renunciar a algunas satisfacciones placenteras inmediatas en aras de un bien superior y universal, en la edad de discernimiento podrá, con más facilitad habituar su voluntad a desear y perseguir lo que es bueno.  En suma, el dinamismo entero de la vida moral se halla dirigido y ordenado hacia el fin último que constituye su más entrañable razón de ser, y todo fin mueve en tanto que es un bien, en tanto que conviene pero no todas las cosas son convenientes para todos los seres ya que la conveniencia no depende tan solo de la índole de lo que se propone como bien, sino de la que tiene el ser para el cual se le propone, he aquí el fundamento del valor, el bien como conveniente no solo implica la índole de aquello que se propone como conveniente sino que también implica la índole del ser al cual se le propone éste como bien, la dimensión subjetiva y objetiva del valor. La tendencia a un fin está determinada por la disposición subjetiva del que lo apetece y esto debe ser tomado muy en cuenta en la educación en valores.  Dado que el camino hacia el fin último está condicionado por las disposiciones subjetivas de la persona, éstas deben tomarse muy en cuenta para que se alcance la meta. Por su parte, hay que recordar que la inclinación que puede dirigir nuestra conducta a un determinado último fin se divide en natural y elícita, naturalmente todos los hombres tendemos al mismo fin siendo objeto de inclinaciones especiales únicamente en tanto que está condicionada por las respectivas situaciones somáticas; en cambio el apetito elícito, se divide en sensible y espiritual, siendo así posible, en cada uno de ellos un doble tipo de inclinación a saber actual y habitual. El hecho de que la apetición de los últimos fines concretos proceda de la inclinación especial del sujeto operante no significa que todas las inclinaciones especiales del mismo sean aptas para surtir ese efecto, ni que solo posea este carácter un tipo determinado de ellas, de aquí que sea tan necesario para el teórico educador examinar las inclinaciones estudiando la forma en la que se relacionan con la apetición de los últimos fines concretos. Mediante el análisis de todas las inclinaciones habituales de la voluntad y del apetito sensible, tanto las habituales como las actuales, se llega a la conclusión de que las disposiciones subjetivas determinantes de la volición de un último fin concreto son, las pasiones y los hábitos apetitivos, tanto del apetito sensorial como de la voluntad, aún cuando, consideradas únicamente como movimientos del apetito sensitivo, las pasiones no son actos voluntarios, no son moralmente buenos ni malos en sí mismos pero pueden serlo, no en el sentido de constituir actos de la voluntad pero sí en el de ser imperadas o permitidas por ésta. Es necesaria una educación de la voluntad sobre las pasiones puesto que éstas pueden, de alguna manera, intervenir en la bondad o maldad de los actos humanos. La pasión que antecede al acto de la voluntad hace que el entendimiento tenga como bueno hit et nunc aquello a lo que el sujeto está concretamente inclinado, ya que eso es lo que le concierne, en cuanto tal, al estar afectado por la pasión. Por esta razón, cuanto más fuerte sea la pasión, tanto mayor será la intensidad de la volición respectiva pero por el hecho de inclinar hacia un determinado objeto como bien, restringe o disminuye la deliberación de la razón y por eso el acto de la voluntad es menos libre hasta el punto de que en algunos casos, la pasión puede impedir por completo la capacidad actual de deliberar, y de este modo, impide el acto de la voluntad. La pasión antecedente aumenta la intensidad de la volición pero disminuye su libertad restándole valor ético. Por su parte, en lo que se refiere a la pasión consiguiente, esta puede actuar ya sea por repercusión del acto volitivo en el apetito sensible, ya sea por virtud de una cierta elección, aumentando en éste último caso la calidad moral buena o mala que tuvo la acción por su objeto, fin y circunstancias. 
Como vemos, es indispensable la educación en la virtud que garantice el recto hacer y obrar humanos, y siendo las virtudes intelectuales y morales hábitos operativos buenos, mientras que las virtudes intelectuales constituyen un valor humano relativo, la virtud moral es un valor humano absoluto desde el momento en que la virtud intelectual no es, de suyo, una inclinación de la voluntad sino un hábito del entendimiento de tal modo que puede no estar apetitivamente inclinado al acto respectivo. La virtud intelectual capacita para realizar bien los actos intelectuales pero no implica una propensión habitual de la voluntad a imperarlos; constituye la luz que ilumina desde los principios la acción práctica que mediante las virtudes morales facilitan habitualmente la realización de los actos humanos moralmente y técnicamente buenos. La educación, si pretende ser integral, es decir, auténticamente humana y por tanto generadora de cultura, debe, pues, abarcar todas las virtudes desde el momento en que para que el hombre obre bien, es preciso que, tanto la inteligencia como la voluntad, estén bien dispuestas. Es necesario que las facultades cognoscitivas y apetitivas estén ordenadas a la verdad y al bien, si el valor es un bien para la persona (en este caso el hombre); si valor, bien, verdad y ser son, en algún modo, coextensivos, resulta indispensable que la educación facilite al máximo el desarrollo de todas las virtudes.

Manuel Ocampo Ponce

Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana, Vicerrector del Centro
Universitario de la Ciudad de México, Vicepresidente de la Sociedad Mexicana
de Filosofía y Secretario de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino de
México. Autor de los libros El concepto de naturaleza en Santo Tomás de
Aquino(1998), Las dimensiones del hombre (2002) y Filosofía de la cultura
(2005).

Notas:

Sociedad Mexicana de Filosofía.
X Congreso Nacional
Universidad Simón Bolívar

Hay 2 comentarios

November 07, 2007 - 9:24 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Sr. Manuel Ocampo Ponce.

Acabo de leer sus pensamientos, me ha parecido que he estado leyendo algunas cuartillas de mi propio pensamiento de hace algunos años. No ha habido grandes acontecimientos en el mundo desde entonces, pero yo sí he cambiado desde aquel tiempo, hace ya veinte años. Dos cosas me llaman la atención de su escrito, pero no me sorprenden. Una es que repite la palabra “perfección” y esto tiene mucho que ver con la idea antigua de la substancia,como un en ente que está por debajo de la superficie del hombre que son sus actos y sus realizaciones y que más tarde se dijo que eran meras superficialidades, accidentes. La idea entendida como Eidos en Griego es lo visto, lo evidente, pero resultó que no hay nada detrás del hombre, lo que vemos del hombre, todo él, siempre está presente frente a nosotros; lo que nos parece oculto u oscuro es nuestra visión defectuosa, y creemos que que lo que vemos es la figura corporal y no la verdadero forma, pero ésta no está detrás de nada. Esta era la idea del hombre en Descartes, la de la substancia la misma de la metafísica tradicional. No se ha superado eso mismo, o al menos no del todo y no antes de Eduardo NIcol.
El problema histórico del hombre es su propia idea de lo que él cree de sí mismo, y a la vez se hace así mismo de la misma forma: hace su mundo porque tiene que hacerlo de cualquier forma. En principio no estoy en desacuerdo sino siempre en favor de su pensamiento, pero más del que quiere alcanzar que el saber de lo que falta.

Le sugiero como yo lo hice conmigo, leer la “vocación humana” de Eduardo Nicol, y el “porvenir de la filosofía” del mismo autor. Ahora ya estoy en otra cosa sobre la historia: la verdadera historia el hombre que no aparece en las universidades como fenómeno real.

Los “ismos” como en el idealismo , y hasta la palabra misma de idea se parece a la de ocurrencia. Esta que, comienza con Descartes, y el racionalismo, ya sea empírico o del existencialismo, no trajeron al hombre nada bueno, como no sea el acercamiento de Dilthey hacia la historia, Bergson: lo concreto de la vida como experiencia, pero nos dió la clave para la experiencia real del hombre en su propia existencia, para quitarnos un poco de la angustia en que nos dejó Heidegger después, y de ese “vitalismo extremo” Nichte, de las puras utilidades en el que se vive hoy día, solo comerciando con las cosas, hasta llegar a la pura indiferencia: pura de contenido espiritual. Pero este espíritu al que usted llama en su escrito, deja ver su concepto antiguo que consiste en esa dualidad cuerpo y alma, ambas heterogéneas, por ello no son compatibles con el fenómeno real metafísico del que ya trata Nicol. en Metafísica de Expresión FCE. Debemos Salir de la confusión de una metafísica que está más alla de lo real, de lo que no ilumina la razón. Sino que es una razón más allá, solamente de la física: como fenómeno expresivo metafísico que crea su propio ser siempre incompleto (no es posible la perfección) crea al mismo tiempo su verdad personal y la histórica: son sus producciones las que lo hacen sin poder acompletarse nunca, hasta que muere. Su verdad real es siempre en relación con alguien y con algo. (La inclusión de Dios en el esquema de la vida es como la pieza que nunca aparecerá, porque si aparece ya no tendríamos que decir ya más nada).

Para esta metafísica desde Kant y de Hegel no se cumple aún la filosofía de la vida como dice Nicol, viniendo más acá que Bergson y de Heidegger.

La universidad y el mundo sin el fenómeno real y sin su propia idea de sí mismo, cabal y legítima, aunque siempre incompleta, nos dejará vacíos del ser. Cuando las necesidades apremian al ser que se abandona en la indiferencia es porque el hombre deja el régimen del árbol del bien y del mal: los deja, a ambos, a un lado y toma el de la fuerza como nueva razón, que es la única salida a la pura subsistencia. Y así no hay salvación para los fines últimos que están más allá de la muerte. Pero el problema está aquí entre los límites de la razón misma. En el más allá todo es ganancia; aquí no, en la existencia tenemos que pagar el precio con nuestra propia alma.

Espero tener alguna noticia de su mirar al respecto, y le agradezco su ensayo.

Gracias.

Gonzalo Rafael Palacio Dueñas


May 26, 2008 - 9:54 AM: Lucila dice:

INFORMACIÓ QUE DESPUES ME DEBE SERVIR


Deja tu comentario


¿Eres humano o robot?, escribe el código de arriba: