España y Julián Marías [Parte 2 de 2]

Reseña de dos libros recién aparecidos: Pensar España con Julián Marías (Rialp, abril 2012) de Enrique González; y La guerra civil, ¿cómo pudo ocurrir? (Fórcola, abril 2012)

«No soy nacionalista español.»
Julián Marías

Enrique González, Pensar España con Julián Marías, Rialp, abril 2012

Continuación.

Julián Marías hace una reflexión española{33} sobre la guerra. Una reflexión de un español, que lo es, pero que no necesita ni avergonzarse ni exaltarse. Él no es nada nacionalista, y los nacionalismos le parecen un error (más que ninguno, los que no tienen nación que reivindicar, los inexistentes, falsos e inventados). Para don Julián los «-ismos» le recuerdan o vienen a ser algo parecido al sufijo «-itis» (faringitis, laringitis), que significa inflamación. Mutatis mutandis, lo mismo sucedería en los casos de materialismo, ateísmo o liberalismo{34}. Es la visión de lo que fue la guerra civil española a cuarenta años vista. Una mirada sin rencor{35} y sin falsear el pasado. Así, por ejemplo, el 17 noviembre 1976 publicó en La Vanguardia «La vegetación del páramo»{36}, donde defendía que era totalmente falso la idea extendida entonces –y tanto o más ahora–, en 1976, y ya muerto el generalísimo, de que el franquismo había sido un páramo cultural{37}. Cita una serie de obras desde 1941 (cuando considera que realmente se reanuda la vida intelectual) hasta 1955 (año de la muerte de Ortega), aduciendo que quién en su sano juicio iba a poder decir que España había quedado varada o había vuelto a la Edad Media, tras comprobar las creaciones de esos años. Terminaba el artículo diciendo: «pienso que no son buenos botánicos los que hablan del «páramo» y se les pasa esta frondosa, esperanzadora vegetación, que pudo brotar en el clima más inhóspito, sin abono, sin cultivo, mientras tantos intentaban simplemente descastarla». El 16 enero 1997 publica en la tercera de ABC el artículo «Por qué mienten», que entronca con el anterior y finaliza así: «Con diversos pretextos, hay gentes dedicadas a lo que llamo la “calumnia de España”. Ningún pretexto me parece aceptable para ello; no sólo en nombre de España, sino, todavía antes, en nombre de la verdad». Le importaba la verdad y España. Y le disgustaba que se mintiera sobre España. Y, al igual que sucedía (y sucede) con el franquismo, lo mismo ocurre con lo que tiene que ver con los años de la república y la guerra civil. Sin duda, para él, los años de la guerra fueron terribles y se podrían haber evitado, por la gran responsabilidad que tuvieron en ella los dirigentes políticos de la época. Se fue conformando un ambiente de desfiguración del contrario, de intoxicación política, de ver al otro no como adversario sino como enemigo, y al final, de creer que era necesario exterminar al enemigo, acabar físicamente con él{38}. Vayamos viendo, por fin, lo que dice Marías:

«(...) Éste es el gran suceso dramático de la historia de España en el siglo XX, cuya gravitación ha sido inmensa durante cuatro decenios, que no está enteramente liquidado (...) para mí persiste una interrogante que me atormentó desde el comienzo mismo de la guerra civil, cuando empecé a padecerla, recién cumplidos los veintidós años: ¿cómo pudo ocurrir? Que algo sea cierto no quiere decir que fuese verosímil (...) que a nadie se le hubiese pasado por la cabeza, incluso después de proclamada la República, que España pudiese dividirse en una guerra interior y destrozarse implacablemente durante tres años, y adoptar ese esquema de interpretación de sí misma durante varios decenios más. ¿Cómo fue posible? Alguna vez he recordado que mi primer comentario, cuando vi que se trataba de una guerra civil y no otra cosa –golpe de Estado, pronunciamiento, insurrección, etcétera–, fue éste: –¡Señor, qué exageración! (...) algo desmesurado (...) una anormalidad social, que había de resultar una anormalidad histórica. De ahí mi hostilidad primaria contra la guerra (...) entre ellos, naturalmente, me parecía más culpable el que la había decidido y desencadenado, el que en definitiva la había querido, aunque ello no eximiese enteramente de culpas al que la había estimulado y provocado, al que tal vez, en el fondo, la había deseado{39}. Y, por supuesto, mi repulsa iba, dentro de cada bando, a aquellas fracciones que habían contribuido más a que se llegase a la guerra (...) La única manera de que la guerra civil quede absolutamente superada es que sea plenamente entendida, que se vea cómo y por qué llegó a producirse (...) Sólo así quedaría la guerra radicalmente curada, quiero decir en su raíz, y no habría peligro de recaídas en un proceso análogo» (págs. 31-33).

Culpabiliza en mayor medida a los insurrectos, por haber empezado el conflicto (aunque veremos, con lo que dirá después, que es interpretable), y se interroga acerca de quién iba a ser capaz de predecir en 1931 lo que sucedería después. Y eso es lo que explica a continuación, el origen de la «radical discordia»:

«(...) Y entiendo por discordia no la discrepancia, ni el enfrentamiento, ni siquiera la lucha, sino la voluntad de no convivir, la consideración del «otro» como inaceptable, intolerable, insoportable. Creo que el primer germen surgió con el lamentable episodio de la quema de conventos el 11 de mayo de 1931, cuando la República no había cumplido aún un mes{40}. Turbio suceso (...) la reacción del gobierno fue absolutamente inadecuada, hecha de inhibición, temor y respeto a lo despreciable –clave de tantas conductas sucias en la historia–; y, por su parte, un núcleo de una muy vaga «derecha», que ya no era monárquica y todavía no era fascista, identificó la República con ese oscuro y equívoco suceso, y se declaró irreconciliable con ella (...) «Cuanto peor, mejor», fue la consigna que se acuñó por entonces y que valdría la pena datar con precisión. Del otro lado empieza a producirse desde muy pronto un fenómeno de «antipatía» que sustituye rápidamente a la euforia inicial de la República; se inicia una actitud negativa, que busca, más que reformas, el hostigamiento del «otro» (...) el clasismo y el anticlericalismo (...)» (págs. 34-35).

Es decir, el odio de unos pocos (luego muchos más) desde el principio, y desde el poder, contra la Iglesia y contra los católicos, contra gran parte de los españoles, supuso un inicio complicado, que serviría de aviso de lo que serían los años de la república, años convulsos y de gran inestabilidad política, con proyectos muy cortos, y truncados a la primera de cambio. Marías habla de los grupos políticos que se dedican a irritar gran parte del país. Y de la Sanjurjada. Pero ello no era aún guerra civil ni había motivos para pensar que se llegaría a ella. A su juicio, lo más peligroso fue la oposición automática. El hecho de saber que un partido defendía una postura era suficiente para decir lo contrario{41}:

«(...) La función de la oposición ha solido entenderse en España de manera elemental y simplista; se ha creído que consiste en oponerse a todo, automáticamente (...) lo normal es que la oposición esté de acuerdo con el Gobierno, salvo matices, en la mayor parte de los asuntos (...) cuando ya se sabe que la otra fracción del cuerpo político va a decir desde luego «no» a todo, la oposición viene a ser maniática, apriorista y sin significación concreta; pasa a ser mera fricción, obstáculo y desgaste. Esto ocurrió muy pronto en los años de la República; y se fueron formando grupos que ingresaban en la categoría de los mutuamente «irreconciliables». Se podría hacer un catálogo de ásperas críticas de la derecha a la gestión de los primeros gobiernos, no ya a sus frecuentes errores, sino a sus mayores aciertos, por ejemplo, en el campo de la educación: nunca hubo un aplauso de los partidos o periódicos adversos. Y por supuesto podría decirse lo mismo de los gobiernos del segundo bienio, desde fines de 1933 (...)» (págs. 36-38).

Otro factor clave fue el resentimiento. El de los militares, debido a la «reducción del ejército de Azaña, el retiro voluntario de los militares que así lo solicitaran, con sus sueldos completos»:

«(...) Este resentimiento, unido al de muchos intelectuales –a ambos extremos del espectro político– fue un elemento capital en la génesis de la actitud que desembocó en la guerra civil» (p. 39).

Al resentimiento hay que añadir la falta de entusiasmo. El entusiasmo es, para Marías, y para nosotros, algo fundamental. Lo que permite encarar las situaciones de la vida con la capacidad necesaria para salir airoso de ellas. Cuando ya no hay entusiasmo para realizar las cosas, se entra en un terreno más cercano a la muerte que a la vida. Ante la tremenda situación en que nos encontramos los españoles, la ruina de la nación, con miles de familias en situación trágica, con apenas ingresos o sin ellos, y en la que se va sobreviviendo a base de subsidios y del apoyo de familias y amigos, y, aunque resulte difícil, hay que afrontarlo con entusiasmo, en la medida de lo posible{42}. El estoicismo, el afrontar las cosas como vienen y aceptarlas es una parte. Pero la otra es el entusiasmo. De lo contrario, la opción es casi el suicidio, como sucedió tras el crash de la bolsa del 29 o como está ocurriendo en la actualidad en Grecia, con un alto número de casos: toda una tragedia griega{43}. Por todo ello Marías nos expresa que:

«(...) La falta de entusiasmo es el clima en que brota la desintegración; por eso, los que, los que la desean y buscan cultivan el «desencanto», la «desilusión», la «decepción», el «desaliento» y esperan sus frutos, agrios primero, amargos después. ¿No estamos asistiendo al mismo intento, contra toda razón, desde 1976?» (p. 39).

Achaca a la República que rasgos como el «anticlericalismo, vago federalismo, afición a las sociedades secretas» (es interesante constatar el número abundante de masones de la época, y en todos los partidos políticos) hicieron:

«(...) imposible que los jóvenes se entusiasmaran por los partidos republicanos, y el republicanismo se encontró sin porvenir desde el primer día. Faltó una retórica inteligente y atractiva hacia la libertad, y su puesto vacío fue ocupado por los extremismos, por la torpeza y la violencia, donde los jóvenes creían encontrar, por lo menos, pasión. Ni siquiera las posiciones toscamente «izquierdistas» o «derechistas» lograron encender el entusiasmo mientras se mantuvieron en el área de la lucha política y dentro de los supuestos democráticos. Los dos grandes partidos, los que de hecho llevaron las riendas del poder sucesivamente, fueron el socialista y la CEDA» (p. 40).

Primero nos habla del PSOE, y de la facción que promulgaba e incitaba a hacer la revolución, a ir a la guerra civil, para implantar un modelo comunista al estilo soviético:

«El partido socialista fue combatido ferozmente desde dentro, con una virulencia que los que no lo vieron no pueden imaginar, por el ala cuya expresión fue el diario Claridad. Es decir, por un «socialismo» utópico y revolucionario, que desembocaba directamente en el comunismo –las Juventudes Socialistas Unificadas fueron el «ensayo general con todo» de la operación en curso–, hostil a la democracia, a los aliados «burgueses», fiado en la violencia, con programas inaceptables por todos los demás y, lo que es más, irrealizables en las circunstancias españolas» (págs. 40-41).

Después explica cómo la CEDA y las «derechas democráticas»:

«fueron despreciadas por las más violentas, combativas y expeditivas, que tenían algún lirismo y capacidad de arrastre sentimental. Estos grupos más o menos «fascistas» eran minúsculos, pero tenían una ventaja inicial: eran juveniles, compuestos de estudiantes, familiarizados con la literatura, la poesía, los símbolos. Inclinados –como sus enemigos más opuestos– al estilo «militar» (si se prefiere, «militante»): himnos y banderas más que ficheros y estadísticas» (págs. 41-42).

Una vez explicados estos factores fundamentales para entender cómo pudo ocurrir la guerra, Marías introduce los motivos económicos:

«Añádanse ahora –ahora, y no antes, porque no fueron decisivos– los problemas económicos, muy reales en el quinquenio que duró la República. Mientras la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1929) se había beneficiado de la prosperity, de la bonanza económica, que parecía ilimitada y segura, la República vino a los dos años del comienzo de la depresión de 1929, precisamente cuando sus efectos se hicieron sentir en Europa (y provocaron una feroz crisis, que había de ser otra de las causas del triunfo de Hitler a comienzos de 1933). Europa era bastante pobre; España lo era resueltamente; la mayor parte de la población –campesinos, obreros, clases medias urbanas– vivía con estrechez que los jóvenes de medio siglo después ni siquiera imaginan{44}; la moderadísima elevación de precios afectó a la mayoría de la población, que carecía de holgura y de reservas; el paro se intensificó (el paro de entonces, sin Seguridad Social, sin el menor ingreso, que significaba la pobreza y aun la miseria, en ocasiones el hambre); las huelgas constantes aumentaron la crisis económica (...)» (p. 43).

¿Les resulta familiar?

Pero el resentimiento, la falta de entusiasmo en la República, el anticatolicismo o la crisis económica, a pesar de ser muy graves, no abocaron a la guerra civil. Indica otros factores, estrechamente vinculados a los anteriores, como la politización o la influencia de otras potencias (Italia, Alemania, la URSS, después la «neutralidad benévola» de Inglaterra o Francia):

«(...) la politización, extendida progresivamente a estratos sociales muy amplios, es decir, la primacía de lo político, de manera que todos los demás aspectos quedaban oscurecidos: lo único que importaba{45} saber de un hombre, una mujer, un libro, una empresa, una propuesta, era si era de «derechas» o de «izquierdas», y la reacción era automática (...) la infinita variedad de lo real quedó, para muchos, reducida a meros rótulos o etiquetas, destinados a desencadenar reflejos automáticos, elementales, toscos (...) horror ante la pérdida de la imagen habitual de España: ruptura de la unidad (...) pérdida de la condición de «país católico» (...) Frente a este horror, el mito de la «revolución», la imposición del esquema «proletario-burgués», la intranquilidad, la amenaza (...) los españoles menores de sesenta años –y muchos mayores– deberían pasar algunas horas leyendo los periódicos de aquellos años, desde La Nación y ABC hasta Claridad y Mundo Obrero, sin olvidar demasiado El Debate, El Socialista, algunas revistas y, naturalmente, los periódicos de otras ciudades que no fuesen Madrid. Añádase a esto el mimetismo de movimientos políticos extranjeros, la poderosa acción de los estados totalitarios: el comunismo de un lado, cuyo influjo va más allá del minúsculo partido que usaba ese nombre, y se ejerce sobre todo dentro del Partido Socialista y de los sindicatos; el «fascismo» del otro lado, como término genérico, mucho más peligroso en su vertiente alemana que en la italiana (...) ¿No había otra cosa? Sí. Por una parte, grupos que buscan la «originalidad» en posiciones arbitrarias y arcaicas: carlismo, anarquismo. Por otra, lo que intentan defender una «democracia» que resulta débil por varias razones: por la figura borrosa de las llamadas «potencias democráticas» (Francia, Inglaterra), llenas de temor ante los Estados totalitarios (...) por el triunfo en todas ellas de un parlamentarismo excesivo, que impide a un poder ejecutivo fuerte enfrentarse con los problemas, y las expone a la dictadura (...)» (págs. 44-47).

Y sin olvidarse o desdeñar un factor para él muy relevante, a saber, la pereza:

«(...) Pereza, sobre todo, para pensar (...) para imaginar a los demás, ponerse en su punto de vista, comprender su parte de razón o sus temores (...) para poner en marcha una empresa atractiva, ilusionante, incitante. Era más fácil la magia, las soluciones verbales, que dispensan de pensar y actuar. En vez de pensar, echar por la calle de en medio. Es decir, o los cuarteles o la revolución proletaria, todo ello según su receta. En otras palabras, las vacaciones de la inteligencia y el esfuerzo» (págs. 47-48).

Eso ya es decir demasiado, el hablar de «las vacaciones de la inteligencia y el esfuerzo» o esa «pereza para pensar», pero bueno, lo que Marías quiere decir es que la inteligencia política de los líderes debería haberles servido para no seguir avanzando por el camino que llevaría a España a una guerra civil. La prudencia, en suma, es lo que debería haber primado. Sólo que el cálculo y los objetivos de los grupos políticos era, lamentablemente, otro muy distinto.

Para Marías hay que ver a España en el conjunto de la situación europea, como estamos viendo. Además, en 1931 se produce un cambio generacional (de nuevo, las generaciones):

«(...) es el momento en que «llega al Poder» la generación de 1886 (los nacidos entre 1879 y 1893), y la de 1871 (en España, la llamada del 98) pasa a la «reserva», aunque conserve considerable influjo y prestigio. Es el punto en que se inicia en toda Europa el fenómeno de la politización y con él la propensión a la violencia (...) Comienza a perderse el respeto a la vida humana. Ese período generacional, que se extiende hasta 1946, es una de las más atroces concentraciones de violencia de la historia, y en ese marco hay que entender la guerra civil española» (págs. 48-49).

Insiste en que contra la versión que se maneja habitualmente de que la guerra era inexorable, la guerra «no fue necesaria, no fue inevitable». Y otro de los factores (ya van varios) que desencadenó la guerra fue la frivolidad de los responsables sociales y políticos de entonces:

«La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad. Ésta me parece la palabra decisiva. Los políticos españoles (...) la mayor parte de las figuras representativas de la Iglesia (...) «intelectuales» (...) periodistas (...) banqueros, empresarios (...) sindicatos, se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de la responsabilidad, sin imaginar las consecuencias de lo que hacían, decían u omitían (...) No se llegó a aceptar las reglas de la democracia, se declaró una vez y otra –por la derecha y por la izquierda– que sólo se aceptaban los resultados si eran favorables (...) pero la irresponsabilidad máxima fue la insurrección del Partido Socialista en octubre de 1934, aprovechada por los catalanistas (...) La democracia quedó herida de muerte (...)» (págs. 49-51).

Quedémonos con esto último. Los sucesos de octubre 1934, sobre todo en Asturias, fue un hito en el período de esos años de república-guerra civil. De alguna manera ahí ya comenzaba la guerra civil. Y el propio Marías, a pesar de repetir por activa y por pasiva que la guerra no fue inevitable, ese sería un punto de no retorno: «la democracia quedó herida de muerte».

A pesar de todo eso, dice Marías, casi ningún español quiso la guerra. ¿Cómo, entonces, fue posible? Nos lo explica:

«(...) Lo grave es que muchos españoles quisieron lo que resultó ser una guerra civil. Quisieron: a) Dividir al país en dos bandos. b) Identificar al «otro» con el mal. c) No tenerlo en cuenta, ni siquiera como peligro real, como adversario eficaz. d) Eliminarlo, quitarlo de en medio (políticamente, físicamente si era necesario). Se dirá que esto es una locura. Efectivamente, lo era (y no faltaron los que se dieron cuenta entonces, y a pesar de mi mucha juventud, puedo contarme en su número) (...) locura colectiva o social, de la locura histórica. (El Irán, en el momento en que escribo, es un estupendo ejemplo de ello, y no es el único{46})(...)» (p. 52).

A esa locura colectiva se referirá más adelante como the lunatic fringe (fleco demencial), por el que la sociedad se dejó dividir. Se pregunta por el éxito del nacionalsocialismo en 1933-1945. ¿Cómo fue posible? El caso fue muy distinto del de la revolución rusa de 1917{47}. Y en el caso español, reflexiona Marías, se vivía una época brillante en ciencia, filosofía, literatura, pintura, historia, &c. Pero en ese contexto ciertos grupos no ya minoritarios, sino exiguos (nos dice) son los que resultarán decisivos durante la guerra:

«(...) Conviene tener presente que los comunistas sólo consiguieron un diputado en las Cortes de 1931, otro en las de 1933, dieciséis (con los votos republicanos y socialistas) en las de 1936. En cuanto a los falangistas, nunca pudieron elegir un solo diputado, ya que José Antonio Primo de Rivera fue elegido en 1931 como candidato de una coalición de derechas, dos años antes de la fundación de Falange Española. Lo cual no impidió que el Partido Comunista fuese el principal rector de la política en la zona «republicana» y que Falange fuese el «partido único» en la «nacional» y en los decenios que siguieron a su victoria» (p. 55).

La escisión del cuerpo social español entre 1931 y 1936 («y si se quiere mayor precisión, de 1934 a 1936»), esa locura colectiva se basaba en:

«una forma de sofisma que consiste en la reiteración de algo que se da por supuesto. Cuando los medios de comunicación proporcionan una interpretación de las cosas que ni se justifica ni se discute, y parten de ella una vez y otra como de algo obvio, que no requiere prueba, que, por el contrario, se usa como base para discusiones, diferencias y hasta polémicas, los que reciben esa interpretación se encuentran desde el primer momento más allá de ella, envueltos en análisis, procesos o disputas que precisamente implican su previa aceptación. Todas esas discusiones, que no se rehúyen, sino que se fomentan, tienen justamente la misión de distraer de esa aceptación que se ha deslizado fraudulentamente y sin crítica, por un simple mecanismo de repetición y utilización como base de toda discusión ulterior (...) Se sobreentiende que su funcionamiento es prueba de su verdad. Si con esta idea como guía se hiciese un examen atento de lo que se dijo en España durante los dos años anteriores a la guerra civil{48} por parte de los que habían de ser sus inspiradores y conductores, me atrevo a asegurar que se aclararía una enorme porción de aquel complicado proceso histórico (...) La única defensa de la sociedad ante ese tipo de manipulaciones es responder con el viejo principio de la lógica escolástica: nego suppositum, niego el supuesto (...) Es muy difícil que el hombre o la mujer de escasos hábitos intelectuales, acostumbrados a la recepción de ideas más que a su elaboración y formulación, se den cuenta de que están siendo objetos de esa manipulación; sobre todo cuando el «supuesto» que se desliza es negativo, es decir, consiste en una omisión. (Si se quiere un ejemplo notorio y reciente, recuérdese la eliminación o escamoteo de la palabra «nación» en el anteproyecto de Constitución española que se hizo público a comienzos de enero de 1978; remito a mis artículos de ese mismo mes, recogidos en España en nuestras manos){49}.» (págs. 55-58).

Y acusa a los numerosos intelectuales de rendirse demasiado pronto y permitir el estallido de la guerra:

«(...) Tengo la sospecha –la tuve desde entonces– de que los intelectuales responsables se desalentaron demasiado pronto. ¿Demasiado pronto –se dirá–, con todo lo que resistieron? Sí, porque siempre es demasiado pronto para ceder y abandonar el campo a los que no tiene razón» (p. 58).

Insiste en que nadie contaba con la guerra, que se pensaba en un simple golpe de Estado, pero «la sublevación fracasó; el intento de sublevarla, también. La prolongación de los dos fracasos, sin rectificación ni arrepentimiento, fue la guerra civil» donde «lo de menos fue la guerra», ya que:

«(...) la lucha fue, más que contra la «zona» enemiga, contra los enemigos de la propia «zona»; y no contra los que ejercían actos de hostilidad, agresión o espionaje, sino contra los que se consideraban «desafectos» a una ortodoxia política definida arbitraria y estrechamente (...) En la zona que se llamó «nacional» y fue llamada por sus enemigos «facciosa», todo el que no se sumó al «movimiento» fue perseguido, normalmente (y desde luego en el caso de los militares) por rebelión (...) En la zona «republicana» («roja» para los enemigos), solamente los partidos del Frente Popular eran aceptados (los republicanos, meramente tolerados); todos los demás, aunque fuesen republicanos históricos, eran perseguidos; los falangistas, sin la menor esperanza de salvación; los sacerdotes, religiosos, monjas, etcétera, si no se escondían a tiempo, eran exterminados. En ambas zonas todos los que no eran incondicionales eran sospechosos (...) en la zona republicana, con la excepción de País Vasco, todo culto religioso fue prohibido, y los incendios de iglesias y conventos fueron frecuentísimos, en muchos casos realizados sistemáticamente (...)» (págs. 60-62).

Para Marías la guerra fue un «universal terrorismo» al considerar que se ejercía la violencia no sólo contra los enemigos sino contra los «neutrales o partidarios no fanáticos o incondicionales». En otras palabras, o estás conmigo o contra mí. Y el que no está conmigo es un enemigo. Este modo de pensar condujo a la «aceptación de todo (incluida la infamia)» y cuya consecuencia fue el envilecimiento de la población española:

«(...) Esto fue un poco menos compacto en la zona republicana, por su falta de disciplina y coherencia, que dejó un estrecho margen de «pluralismo». Esta diferencia puede comprobarse en la actual publicación de los dos ABC: el republicano de Madrid y el franquista de Sevilla{50}. La mentira, como puede verse allí mismo día por día, dominaba en ambos campos por igual» (págs. 63-64).

Esa mayor falta de disciplina en la zona republicana respondía a las divergencias entre las izquierdas, que se llevaban a matar entre ellas. Mientras que, como hemos dicho, en el bando nacional tenían más claras y firmes las ideas doctrinalmente: unidad de España y catolicismo. Volviendo sobre los intelectuales{51}, y en relación con ese envilecimiento, bajo la tela de araña de la España de entonces, apunta:

«(...) la inmensa mayoría de lo que se escribió en ambas zonas fuese literalmente vergonzoso. Es aleccionador, pero infinitamente penoso, leer lo que escribieron muchos que tenían pretensiones de intelectuales, literatos, profesores, eclesiásticos, hombres de leyes. Hubo excepciones, sin duda, de decoro literario, nobleza, generosidad y valentía; pero no pasaron de excepciones. En algunos casos lo lamentable fue simple debilidad y amedrentamiento, y pasada la terrible prueba no siguió formando parte de la personalidad de sus autores; en otros significó una corrupción profunda que llevó hasta la denuncia, el aplauso a los crímenes propios o la calumnia» (págs. 64-65).

Importante esto que dice el bueno de don Julián relacionado con la honestidad intelectual, donde si bien hay que tener en cuenta el contexto y las circunstancias atenuantes, y donde entran en conflicto varios planos, como pueda ser el instinto de supervivencia y el deber de no engañar ni engañarse, o el honor. Desde una ética materialista, y aplicada a uno mismo, la firmeza en defender las posiciones que se estiman justas y necesarias es lo hay que hacer. Pero ¿hasta qué punto? ¿Hasta el de acabar con la vida propia (o la de terceros)? Y, sin olvidar, como está latiendo ya al plantearlo, el choque entre distintas percepciones o aplicaciones de la firmeza. Marías escribe que:

«(...) El que se atrevía a resistir a la guerra era el enemigo de todos, contra el cual todo estaba permitido. Por eso, tomar esa posición fuera de España –lo más frecuente– significaba desusada valentía; hacerlo dentro era pura y simplemente heroísmo, aunque fuese sin negar apoyo y colaboración a una de las causas beligerantes; el ejemplo más eminente fue el de Julián Besteiro»{52}. (p. 65).

En las páginas siguientes sigue desarrollando la línea de la locura colectiva, la anormalidad de la vida colectiva y la afirmación de que el origen de la guerra no fue «la situación objetiva de España sino su interpretación», lo que es una obviedad. Prosigue con que una vez estalla la guerra se está en «estado de guerra», donde las cosas adquieren o pierden la importancia que tenían. Y destaca que «ciertas dimensiones de la vida humana, hasta entonces olvidadas, se ponen en primer plano –por ejemplo, el valor-». Tras hablar del carácter cruel de las guerras civiles al luchar entre hermanos y amigos (desde una perspectiva cristiana, anarquista o de Pensamiento Alicia da igual el tipo de guerra), expone la imposibilidad de la absoluta imparcialidad (salvo irse al monte en plan Jeremiah Johnson o Tomasín):

«(...) Pero una vez «en guerra», una vez estallada, y, de momento inevitable, era menester en alguna medida tomar partido, preferir un beligerante al otro, aunque los dos pareciesen torpes, violentos, injustos, condenables. He dicho preferir; es la condición de la vida humana; no se aprueba, no se estima, no apetece, no gusta necesariamente lo que se prefiere; el que prefiere la operación a la peritonitis no tiene la menor complacencia en lo preferido; el que salta por una ventana para escapar a las llamas no tiene nada a favor del salto: simplemente le parece un mal menor. A ambos lados, innumerables españoles sintieron que había que combatir para salvar a España (...) Al cabo de unos meses, millones de españoles estaban enloquecidos, sin duda, pero llenos de entusiasmo patriótico, dedicados a destruir España por amor de ella» (págs. 67-69).

El tema era la España que se quería salvar o construir. Añade:

«(...) La historia del mes de marzo de 1939, nunca bien contada, de la cual soy quizá el último viviente que tenga conocimiento directo desde Madrid, es la clave de lo que la guerra fue en última instancia. Un análisis riguroso de lo que sucedió en este mes, de lo que se hizo y se dijo, arrojaría una luz inesperada sobre los aspectos más significativos de la contienda y sobre las posibilidades –destruidas– de la paz. Tal vez algún día intente presentar mis recuerdos y mis documentos de esas pocas semanas decisivas, que se pueden simbolizar en el nombre admirable de Julián Besteiro»{55} (p. 72).

Tras la conclusión de la guerra, en vez de iniciar una reconciliación:

«(...) se inició una represión universal, ilimitada, y, lo que es más grave, por nadie resistida ni discutida. Se pueden repasar las conductas y las palabras –incluso impresas– de los que entonces gozaban de prestigio e influjo, y cuesta encontrar la más tímida petición de clemencia, no digamos una defensa, o una repulsa de la represión (...) Cientos de miles pasaron por las prisiones, más o menos tiempo (...) bastantes millares fueron ejecutados, en condiciones jurídicamente atroces (...) Se estableció –y en principio para siempre– una distinción entre dos clases de españoles: los «afectos» y los «desafectos» (...) Esto condujo a la perpetuación del espíritu de guerra, decenios después de terminada (...) La actitud de «los mal llamados años» ha hecho que muchos españoles (en la emigración o, lo que es peor, en España) vivan cuatro decenios escasos como si no vivieran, como si aquel tiempo –el de sus vidas– no merecería llamarse así{54}. Naturalmente, esto era una engañosa ilusión, un espejismo. El tiempo, que ni vuelve ni tropieza –dice un verso de Quevedo, que hace muchos años escogí para título de uno de mis libros–. El tiempo, efectivamente, ni vuelve ni tropieza; pasa, se desliza entre nuestras manos, constituye nuestra vida. Por debajo de las apariencias, incluso de las realidades oficiales, se ha ido produciendo una fantástica transformación de la sociedad española, tan viva, tan capaz de superar todas las pruebas y dificultades». (p. 75).

Ya al final, termina su texto Marías infligiendo un severo correctivo a lo que ha sido la Ley de Memoria Histórica:

«(...) hay que volver nuevamente los ojos a la guerra, para recordarla –es decir, llevarla otra vez al corazón– como algo absolutamente pasado, como nuestro pretérito común. No podemos olvidarla, porque eso nos expondría a repetirla. Tenemos que ponerla en su lugar, es decir, detrás de nosotros, sin que sea un estorbo que nos impida vivir, esa operación que se ejecuta hacia delante. Tenemos que eludir el último peligro: que nos vuelvan a contar la guerra desde la otra beligerancia, desde las otras mentiras, ahora que la mitad de ellos había perdido su eficacia y era inoperante (...) Ésta es nuestra empresa: darnos cuenta de que necesitamos vencer a la guerra, curarnos, sin recaída posible, de esa locura biográfica, es decir, social, que nos acometió hace algo más de cuarenta años, cuya amenaza ha sido tan hábilmente aprovechada para paralizarnos, para frenar el ejercicio de nuestra libertad histórica, la plena posesión de nuestro tiempo, la busca y aceptación de nuestro destino» (págs. 78-79).

De acuerdo salvo en las últimas líneas, que son buena muestra de idealismo. En resumen y en conclusión de este tema y del libro, en palabras del propio Marías :

«Los justamente vencidos; los injustamente vencedores. Esta fórmula, que enuncié muchos años después, que resume en seis palabras mi opinión final sobre la guerra civil» (p. 75).

Nos hemos alargado más de lo que era nuestra intención y de lo que sería conveniente (pensando también en la paciencia del lector) en una reseña de un par de libros, máxime cuando es eso, no un análisis detallado y comparado, sino fijándonos básicamente en estas dos obras. Pero con los fragmentos literales, pequeños comentarios y notas a pie de página (aquí al final de artículo) se nos ha ido un poco el asunto, pero como problema de extensión no hay en esta revista, por ese lado no hay problema.

Terminamos este artículo sobre España y Julián Marías enviando ánimos a las personas que lo están pasando mal en estos momentos. España, cual Ave Fénix, resurgirá de sus cenizas.

Notas:

{33} Así ha titulado, y volvemos a citarlo aquí, un artículo de la semana pasada, el 31 mayo 2012, Gracia Noriega, donde dice, como Marías, que no es nacionalista, pero sí español sin complejos, y afirma que el principal problema son los antiespañoles.

{34} Ya lo hemos dicho en la nota 23.

{35} Una posición estoica, que nos recuerda, por ejemplo, a la de José Mª Laso, que entendía que quienes le torturaron en las cárceles franquistas cumplían con su deber y hacían lo que tenían que hacer.

{36} Incluido en La Devolución de España, Espasa-Calpe, 1977.

{37} Gustavo Bueno hará lo propio en 1996 con el artículo «La filosofía en España en un tiempo de silencio», El Basilisco.

{38} Y, poco importa, que después de arrepientan –por ejemplo, la carta de José Antonio, escrita en la cárcel la víspera de su ejecución, y donde pedía perdón en la medida en que hubiera contribuido a la guerra–. Lo hecho, hecho está.

{39} No hace falta, irse al fondo. Tan sólo a las hemerotecas.

{40} En el programa número 78 de Lágrimas en la lluvia de Intereconomía, del domingo 3 junio 2012, dedicado a las persecuciones religiosas en España, e ilustrado con la película de Rafael Gil El canto del gallo (1955), se defendió por parte de los tertulianos que el objetivo primordial de los gobernantes tras declararse la república era atentar, minar y destruir al catolicismo: destruir a la España histórica, a España en suma, para crear otra España.

{41} Como el del chiste: de qué se habla, que me opongo.

{42} Otra cosa es el día a día. Es fácil decirlo en papel (o en pantalla); lo difícil es hacerlo cuando no se está atechado o no se tiene nada que llevar a la boca. Aunque de sobra sabemos que habitantes de países muy pobres están siempre con buena cara y la sonrisa en la boca. Lo que sucede es que no estamos acostumbrados (los mayores del lugar sí lo están), y el contraste es importante. A todo se acostumbra uno. Esperemos que los españoles no nos instalemos «plácidamente» en ese estado. Como ha dicho Javier Delgado Palomar en el Teatro Crítico ya citado, en peores circunstancias se ha encontrado el pueblo español y ha salido adelante. En las malas circunstancias es donde de verdad se comprueba de qué pasta están hechas las personas y las naciones. Marías diría que es ahí donde se verá el ser, la innovación y la autenticidad de los españoles. Así que, siendo realistas, miremos las cosas con optimismo. Quizá, y cumpliendo su cuota sociológica de opio del pueblo (por qué no), Casillas y compañía comiencen echando una mano.

{43} Y como ejemplo de una persona ejemplar en el ejercicio de la virtud ética de la fortaleza citamos a Manolo Preciado. Fallecido hoy, jueves 7 junio 2012, de un infarto, y un día antes de ser presentado como entrenador por el que iba a ser su nuevo equipo, el Villarreal. Primero falleció su mujer de cáncer, después su hijo en accidente de tráfico y el año pasado su padre, atropellado en la ciudad. Y se sobrepuso a tales desgracias, encarando la vida con entereza. Él decía que ante una circunstancia de esas caben dos opciones: o pegarse un tiro o tirar para adelante. Él recomendaba fervientemente la segunda. Desde aquí rendimos homenaje al bueno de Preciado.

{44} Los de ocho décadas después parece que sí se lo imaginan.

{45} Como dijimos en la introducción.

{46} Se refiere, claro está, a la Revolución Islámica de Jomeini.

{47} Havelock, por ejemplo, en La musa aprende a escribir habla de la importancia de la radio –de la oralidad– en el auge del nazismo.

{48} De nuevo la referencia de octubre de 1934.

{49} Y nosotros a la nota 1.

{50} Y a día de hoy, de fácil y gratuita consulta a través de Internet, en la Hemeroteca de ABC.

{51} Recuérdense los libros El intelectual y su mundo (1956) y El oficio del pensamiento (1958).

{52} Su relación con Besteiro es explicada en sus Memorias. Allí cuenta, por ejemplo, cómo le entrega a Besteiro, por mediación de su mujer, el ejemplar de Jesus Christus de Karl Adam para que lo tradujese al español mientras estaba en prisión. Enseguida enfermó de septicemia y no pudo concluirlo

Constatamos otro paralelismo: Daniel Ruiz Bueno tradujo El cristo de nuestra fe de Karl Adam y se lo dedicó en griego a Gustavo Bueno: «Somos de la misma estirpe de Cristo».

{53} Nos remitimos a la nota anterior.

{54} Nos acordamos aquí de las dedicatorias de las primeras películas de Garci (la de su ópera prima, Asignatura pendiente (1977), la dejamos de lado por ser la más larga, aunque conviene recordar que la gente se ponía de pie y ovacionaba ese texto final. En Solos en la madrugada (1978) aparece «Esta película está dedicada a los profesionales de la radio, que tanto nos ayudaron a vivir durante los años oscuros» y en Volver a empezar (1982), que también es un poco larga la dedicatoria termina con «A esa generación interrumpida, gracias»), un español ejemplar. Que no está preso de la leyenda negra ni del tiempo de silencio, ni tampoco en esos años de la transición, aunque a alguno pueda parecerlo. Del mismo modo que tampoco ahora es filofranquista o de la derechona, como se interpretó la dedicatoria final (un verso de Manuel Alcántara) de Tiovivo c.1950: «Corrían muy malos tiempos / pero vistos a distancia / quizá fueran los más nuestros» o la realización de Sangre de mayo. Por cierto, en próximas fechas, Agapito Maestre va a publicar un libro sobre José Luis Garci.

Fuente: http://www.nodulo.org/ec/2012/n124p10.htm

El Catoblepas • número 124 • junio 2012 • página 10

ESPAÑA.  julio de 2012

Vinculo a la Parte 1 de 2: http://www.filosofia.mx/index.php?/portal/archivos/espana_y_julian_marias_parte_1_de_2

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