La necesidad de la divulgación filosófica para la elevación cultural

La necesidad de la divulgación filosófica para la elevación cultural del hombre

INTRODUCCIÓN

El objetivo propuesto con esta investigación de carácter bibliográfico, es el de hacer una aportación sobre la necesidad de que haya más y mejores medios de difusión filosófica en la sociedad actual; la intención es lograr que se pueda conseguir más eficazmente un mejoramiento de los espacios de formación humana.

Esto, considerando que el hombre, caracterizado naturalmente por vivir en sociedad, vea en la cultura de su tiempo una fuente de desarrollo y conformación humana para beneficio personal y social.

Y es que la divulgación del conocimiento que un hombre posee, en la calidad o cantidad que sea, es parte determinante del proceso de comunicación que tiene con los otros seres humanos.  Cada parte, de cada hombre, de cada ser, puede llegar a muchas otras personas aunque no con adecuada extensión ni suficiente claridad.  Clarificando el hecho de la comunicación humana y sustentando con ello una divulgación filosófica, pudiera conseguirse un mejoramiento de la aplicación de esta ciencia en la vida actual.  Las cosas y casos concretos de la vida diaria, pudieran enjuiciarse más propiamente y con ello provocar mejores situaciones, tanto para la persona como para la sociedad.

Es, pues, como se intentó ir acrecentando las propias nociones, desde un básico conocimiento del aprendizaje filosófico, como un carácter introductorio a la base con que se intentan enfocar los criterios presentados, hasta los por qué del bien común, la sociedad, la comunicación y la cultura.

En una primera parte, se inicia, pues, con un repaso sobre las materias filosóficas que se consideran de interés para el planteamiento propuesto.  Son notas sobre la utilidad que se le puede validar a la Filosofía, sobre su finalidad, sobre su aportación principal: la sabiduría.  Se intenta aclarar cómo la actividad filosófica es válida para buscar un conocimiento que perfecciona realmente y con que aspectos trabaja esta área del saber para conseguirlo.

Un segundo apartado, considera al ser que se comunica y se entrega con esta acción: a la persona.  Se defiende su carácter ontológico y esa diversidad que le caracteriza, al tener una parte propia e inmutable, pero con otra que le permite darse, entregarse, acorde a su naturaleza, para conseguir finalidades propias y de los demás seres con los que convive.  Se va aumentando, pues, el enfoque personal hasta unirlo al quehacer social que fundamenta las relaciones humanas, para unificarlos en un ser que reciba y aporte de todos sus integrantes.

Precisamente, en la tercera parte, se establecen puntos referenciales al bien común.  Algo que debe promoverse y procurarse, pues se fundamenta en el bien individual y personal, para pasar a una contingencia mejorada y beneficiada.

Ya por último, se tocan específicamente conceptos del área de la comunicación y difusión intelectual, aunque se va haciendo a través de todo el trabajo.  Lo anterior, servirá para que, con ello, se reafirme que la persona, la sociedad, el bien, el conocimiento, la educación, la comunicación, la divulgación y tantas otras cosas, no son sino una grandiosa amalgama que con cada pensamiento y acción, puede aumentar su enfoque de servicio a la mejor parte de la creación de Dios: el ser humano.

CAPÍTULO I ‘Aplicación de la actividad filosófica’

De ordinario, se le da a la Filosofía un sentido de inutilidad; como si la riqueza de esta ciencia no llevara a nada.  Diría Antonio Millán Puelles, reconocido filósofo y escritor español: se puede llegar a ‘asignar a la Filosofía un sentido evasivo o de descanso con relación a los empeños y dificultades de la vida ordinaria’[1].

Definitivamente no puede establecerse así la totalidad de la actividad filosófica; demostrarlo, requeriría –para los no iniciados en tal conocimiento-, un estudio amplio y complejo de la misma, con el que lograra captarse el sentido tan amplio que ello implica.

Y, realmente, la ‘inutilidad’ de la Filosofía es lo mejor de ella; su valoración no radica en su utilidad, radica en que por sí misma tiene un gran valor, no en lo útil que puede ser para las cuestiones prácticas de la vida cotidiana.  La Filosofía es toda esa atención que el hombre puede poner al ser y al significado de las cosas, de la existencia y de sus finalidades; es la sabiduría de amar el saber.

Que no se le observe a la Filosofía una finalidad práctica como ciencia humana, no significa que no posea finalidad alguna.  Con la sabiduría es distinto, porque es la posesión en sí de aquello a lo cual se ordena la actividad filosófica, es decir, lo que constituye su fin.  Y valga comentar aquí, que tal finalidad se cubre totalmente con la comprensión de la Verdad, del Ser, del Creador del ser humano.

La sabiduría, humanamente hablando, es aquello que da plenitud al hombre, gracias a que éste, por naturaleza propia, tiende esencial y constitutivamente a la posesión de la verdad.  Es el hombre un ser con la potencialidad para completarse; no tiene un entendimiento ya constituido de inicio a fin de su vida, sino que va llenándolo con las vivencias, para lo cual necesita el contacto con los otros seres que le rodean.

Su autocompletamiento se va colmando con el conocimiento; lo que capta de la realidad y lo transforma en suyo.  Y la Filosofía se encarga de que no se quede en la captación de los fenómenos, ni en cierta área de la realidad, sino que lo va acercando al ente humano a la verdad para ir cubriendo tal necesidad.

Puede decirse que formarse, autocompletarse, es ahora para el hombre una labor cognoscitiva de gran alcance, ya que se han visto disminuidas las fuentes de un conocimiento causal, universal y necesariamente, con el dejo del saber filosófico que hoy caracteriza al mundo.  El conocimiento actual se rige por un saber fenoménico, donde el mayor valor se le concede a lo particular y contingente, sin darle importancia a ninguna materia que conlleve estudio alguno desde la perspectiva del ser.

Mas la acción filosófica trae otras ‘consecuencias’,  que dan significado a la vida cotidiana del hombre: desde el simple hecho de ‘sacar’ a las personas de los pensamientos de la vida diaria, de las actividades que llenan los días de cada hombre; preguntarse por la vida en su totalidad, deja por un lado las particularidades o, al menos, las engloba entre pensamientos más profundos.

Algo básico a este respecto, se consigue con el simple pensamiento sobre el sentido de la vida, el intento de hacer un lado lo sensible y lo material para enfrentar a la razón, precisamente, con razones de mayor peso.  Se dejan un poco, por un momento, las cuestiones vitales, que le son tan ‘comunes’ a las personas, para pasar a un intento de comprender cómo sería la vida humana en una forma completa, plena y acorde a su débito ante la naturaleza que recibió.

Entre la diversidad de conocimientos y reflexiones que se van descubriendo en el quehacer filosófico, está en primer y prominente lugar el conocimiento del ente.  Este concepto significa sencillamente, lo que es.  Es precisamente en su conocimiento en lo que se va desmembrando la Filosofía y conformado sus distintas áreas como ciencia.

Las ciencias exactas o particulares, estudian una de las modalidades de las cosas y es por eso que se enfocan a conocimientos de la misma índole.  La Filosofía, que inicia con la innegable movilidad del ente, de los seres, va creciendo en su estudio desde las necesidades vitales del hombre mismo y lo que le caracteriza como tal, llegando a definir cuestiones como su constitución, sus alcances, su comportamiento, sus acciones, su libertad, su trascendencia, su finalidad, etc..
Para efecto de este estudio, interesan ciencias filosóficas nombradas como Antropología, Gnoseología, Ética, y Metafísica.  Y es en ellas en las que se obtienen las nociones que permiten llegar a conclusiones sobre lo que el hombre es, cómo realiza la actividad del conocimiento, que implicaciones tiene para su actuar y cómo se determinan las bases de él como ser y, por supuesto, de todo lo que le rodea.  El enfoque que hace la Filosofía, llega hasta donde la racionalidad, característica del ser humano, alcanza.

No intervienen en su desarrollo las cuestiones de fe y creencias espirituales, mas ello no implica que no se den por un hecho, pues constituyen parte del ser humano; incluso se estudian a profundidad.  Mas bien la referencia se hace para volver a aclarar el alcance la ciencia filosófica, que como ‘amor a la sabiduría’, la busca y la concreta tal y como su propio ser se lo permite, usando la dualidad de corporeidad y espiritualidad, sí, pero con la herramienta que ésta le brinda: la racionalidad.

La Metafísica es la materia filosófica que aclara toda la realidad, incluyendo la de los seres humanos y sus fines.  Es el estudio del ser, se dijo antes.  Mas no se puede poner estrictamente como ciencia única, incluso, ni primera.  El conocimiento se va graduando pasando por las otras áreas mencionadas, para ir aclarando nota a nota, todo aquello que ilustre sobre el conocimiento del hombre y su relación con lo que le rodea.

Y entre muchas conclusiones que el hombre ha tenido sobre su labor en este mundo y en la realidad que lo abarca, una de las más grandiosas ha sido sobre la necesidad de conocerse así mismo.  Y, dice la Filosofía, no sólo en los accidentes, sino en la substancia misma, en lo que se es, profundamente.

Conociendo el hombre la realidad, eso otro que está frente a él, es como inicia su propio conocimiento y va combinando y reforzando ambos conocimientos.  Y va notando cómo se van confirmando lo que vienen siendo sus notas antropológicas en el conocimiento de cada hombre dispuesto a captarlas, aun sin percatarse de lo que son.  Es la Antropología una herramienta metafísica para conseguir esta tarea de tan importante alcance, que le define, pues, como el ser corpóreo, espiritual y racional que tiene una gama tan amplia de actividades científicas y tecnológicas, que bien debieran sustentarse para rendir mejores frutos y, por ende, llegar a muchos más seres humanos que se contagien y logren llegar a las mismas plenitudes de conocimiento y acción.

En el caso de otros saberes filosóficos, como la Ética, se estudian los actos humanos, que por ser libres y realizándose de manera voluntaria, hacen al hombre responsable de los mismos.  Es aquí prioritario que el conocimiento del hombre tenga clarificado su rango de acción y que ésta, sea de una calidad tal que aporte lo suficiente para que se perfeccionen, el quehacer humano y el hombre mismo.

Mencionada, y bastante, está la idea del conocimiento.  Esta es tratada en la Gnoseología, que es la ciencia que trata precisamente este tema, visto como la inclinación humana, natural, de captar la realidad. Mas el conocimiento no es sólo captar el fenómeno, sino su por qué, su cómo; por enseñanza de Tomás de Aquino, se sabe que el deseo humano de conocer, se sacia al captar las causas que dan lugar a lo que es objeto de conocimiento.

Es así como se intentará proseguir en este trabajo.  Ver el significado del hombre, su capacidad de conocer y comunicar lo aprendido, para conformarse social y culturalmente en la mejor forma; para su bien propio y para el bien de la sociedad, de la humanidad: lo conocido puesto como bien común, efectivamente.

CAPÍTULO II ‘Persona y Sociedad’

El hombre es un ente, un ser corpóreo-espiritual, que ha recibido dicho ser por participación; le ha sido dado por otro, por su Creador.  Como individuo, es personal y libre, tiene derechos y obligaciones.  Las diversas doctrinas o corrientes de pensamiento que ha habido en la cultura humana, lo han definido de diversos modos, más o menos distinto a esto.

La importancia de lo anterior radica, precisamente, en que dependiendo de la concepción que de él se tenga, es la manera en que se apreciará y se valorará.  Uno de los problemas principales radica en que su definición se ha ido privando del sustento metafísico brindado por la enseñanza escolástica, de corte aristotélico-tomista que es la que, a juicio personal, brinda una adecuada comprensión de la persona humana, con su racionalidad, su voluntad y libertad, su sociabilidad e historicidad; captar el verdadero ser del hombre y sus relaciones, es lo que llega a brindar una cultura del mismo valor.

El hombre necesita sus pensamientos y creencias para en base a ellas, determinarse y realizarse.  Su pensar se nutre del exterior y con el raciocinio, concedido por su espiritualidad, por su intelectualidad, es que conforma su conocimiento particular e individual, el cual se va haciendo tan suyo, que lo convierte en parte de su ‘ser persona’ y puede, entonces, considerarse una entidad de pensamiento que unido a las nociones que le da su fe, conformarse en un ser específicamente independiente de todos los que le rodean, sin dejar de ser uno más de ellos; un ser humano, una persona, un hombre, una mujer: ese alguien que se identifica con un nombre específico en medio de la humanidad.

Toda posibilidad de mejoramiento en el hombre, se envuelve en su condición de substancia, la cual se perfecciona en base a los accidentes que llega a poseer.  Por ejemplo, tener hábitos, buenos o malos, no hace al hombre, hombre ni persona; en ese caso, lo hace un buen hombre, lo hace una mala persona; pues la entidad, el ser humano, debe existir, existe, primeramente.  Un accidente se inhiere al ser humano y lo modifica: en el caso de la virtud, aumenta su perfeccionamiento; con los vicios, disminuye tal perfección.

Lo que sí debe quedar claro, es que dichos accidentes actúan sobre el ser completo, sobre la persona, sobre todo el hombre.  Ese accidente, agregado al ser, se le adhiere como su causa que es.  Se actualiza, se hace, en ese ser que le recibe, que recibe el accidente.  En términos filosóficos se dice que por la potencia que tiene el ser, al actualizarse, produce al accidente, lo hace ser también.

Es pues el sujeto al estar en potencia, recibe la forma accidental, al ponerse en acto; hace al accidente y se hace a sí mismo.  Se comporta como causa final de su propio perfeccionamiento; entonces, es como si pudiera pensarse que el hombre no se perfecciona por lo que consigue anexarse, sino por sí mismo, al final.
Entonces, la sustancia perfeccionable y perfeccionante, es la persona; ese ser de naturaleza racional que requiere de acción para lograr sus propios fines, los que le fueron otorgados en la naturaleza que le fue participada.

Persona, definen Boecio y Tomás de Aquino, ‘es la sustancia individual de naturaleza racional’[2] con la que defienden esa nota principal: la individualidad.  Así, se ha llegado a inferir que el constitutivo formal de tal entidad, es el ser, el acto primero del ente, que está en calidad de perfeccionarse y en donde su esencia, aquello en lo que consiste, le da también, su propia y característica potencialidad.

Para diferenciarse o especificarse, las personas se van dotando de nombres propios, resguardando su individualidad y su incomunicabilidad, notas que le hacen permanecer, subsistir, en su ser y en su naturaleza.  Con Abelardo Lobato, se afirma que la persona es incomunicable, ‘de tal modo es singular, que no puede ser sino el que es’[3].

Lo que individualiza a cada persona, lo que no se le puede quitar, negar o disminuir, es su intimidad, lo que le hace tal o cual persona en particular.  Hay algo pues, que se mejora o se daña, hay algo que se da, sí, pero mucho más es lo que se conserva.

De esto último se parte para sostener que se sigue siendo, aunque se comparta, se comunique.  Hay pues un algo concreto en cada persona que debe considerarse y respetarse; es lo que le da la dignidad como tal.  Y se tiene una parte distinta, que sirve para relacionarse con los demás individuos y compartir esas accidentalidades que pueden llegar a ser una contribución perfeccionadora en común.

Un ejemplo claro de esto se da en la educación, ya que tienen tanta dignidad el educando como el educador, pero comparten nociones que se trabajan a través de la naturaleza racional que ambos poseen.  Y es aquí, un punto importante de reflexión sobre los manejos actuales de la persona, lo que es y lo que puede brindar; el que da y el que recibe deben conocerse en su ser y estar dispuestos a esa comunicación que les viene por naturaleza; ambas cosas.
Social y culturalmente, también se establecen normas específicas para la persona humana.  La sociabilidad es una de las características de su constitutivo.  Cuando el hombre descubre el orden natural por el cual se rige, las leyes a las que debe subordinarse y ve en ellas la fuente de su moralidad y de su historicidad, es que va contribuyendo a la generación de una adecuada cultura en la sociedad en que se desenvuelve.

La cultura no es sino el cultivo del hombre, del ser humano que, comunicándose, puede contribuir a humanizar el mundo.  Dependiendo de cómo conciba su propio ser y lo que le norma el ser y la existencia, es como se llegan a dar civilizaciones más o menos cultas.  El hombre que se conoce y procura perfeccionarse, hace lo mismo con su entorno y se comunica social y culturalmente.

En otras palabras, el hombre debe saber sus competencias y luego comunicarlo en la medida que a otros compete tal o cual acto, suceso o norma.  La persona humana es por naturaleza un ser social, lo que conoce y lo que hace, repercute en las otras personas con las cuales convive en sociedad.  La persona nunca deja de ser el ser y la sociedad viene a ser un accidente, pero es donde se transforma en cultivada y cultivante.

Otro ejemplo importante de cómo se han ido tergiversando estas nociones en las distintas épocas, en este caso modernas, es la homogeneización promovida en la masificación de los individuos que proponen las teorías sociopolíticas de carácter liberal y colectivista, donde propugnan no por el individuo en sociedad, sino por una masa sin conciencia ni elección plena, a la que puede manipulársele fortaleciendo el poder de unos cuantos.

El problema no sería la cantidad de personas; la sociedad ni su carácter masivo son malos o erróneos en sí, sino que, sin conceptos que la definan correctamente y sin prácticas sustentadas en esos mismos puntos, se convierten en una entidad desprovista de calidad humana; se ven desposeídas de su individualidad y personalidad, de lo que, se dijo antes, les da su propio ser y potencialidad interminables.

Un concepto filosófico más, de gran importancia, es el bien.  Y es una de las bases metafísicas que posee esta área del saber.  Se refiere a una de propiedades del ente, que es la bondad; de ella surge lo que conocemos como bien y que es esa nota que hace todas las cosas apetecibles, de una u otra forma.  Es una tendencia o inclinación que tienen los seres cognoscitivos (que conocen, que pueden conocer); el bien o lo bueno, es lo que todo ser quiere conseguir.
Algo se apetece, intelectivamente, en la misma medida en que servirá de apoyo para el mejoramiento del que busca alcanzarlo.  Es algo bueno, posee alguna perfección; si va a dar eso a quien lo obtenga, por ende, debe poseerlo y debe tener la posibilidad de que eso lo trascienda y sirva para el perfeccionamiento de otro ente ajeno a él.

El bien hace que se posea cierta nota en acto, es decir, hay algo que la tiene en ese momento y es por lo que es buscado.  Lo contrario sería la potencialidad, es una imperfección; se puede llegar a poseer algo, pero aún no se tiene.  Bajo el análisis filosófico de este concepto, se llega a la conclusión de que el bien está divido en dos: es visto como medio o como fin, por quien lo apetece.

El hecho de ser un medio es menos bondad, se dice que es una bondad derivada, ya que en ese caso, la apetecibilidad proviene de su posibilidad de contribuir al alcance de una finalidad; son el llamado bien útil.  El apetecido por sí mismo, como fin, es un bien absoluto; el fin se puede considerar objetiva y subjetivamente, es decir, en que realmente se obtenga –bien honesto- y en la satisfacción personal de haberlo conseguido –bien deleitable-.

Así se desarrolla la vida de la persona humana y poco a poco, entre la realidad, se va encontrando con los bienes y la carencia del mismo, en una forma particular de procurarlos y aprovecharlos, para el mejor desarrollo de su ser y su actuar.  En cuanto a esto, vale mencionar un concepto metafísico importante: el bien es difusivo, se busca, se consigue y se puede comunicar; sirva para el análisis intentado con esta investigación, el darse cuenta de que una vez captado y conseguido, el bien mismo, a través del hombre, se va difundiendo y mejorando a los individuos y al entorno.  No queda más que reafirmar que la buena práctica va consiguiendo la perfección de la vida en general.

CAPÍTULO III ‘Bien común’

Para mejor aclaración de cómo lo bueno, el bien, debe ser fundamento de la vida humana, individual y social, es adecuado añadir un poco de conocimiento a tal respecto y al del bien común.  Comunicando, poniendo en común, es que el hombre socializa, cubriendo parte de su naturaleza, de su modo de ser.

Es claro que toda agrupación social ha sido hecha por y para el hombre.  Ahí puede trascender su persona y ver por las demás; es como va haciendo su historia, la historia.  Y es que con la historicidad y la sociabilidad, es que el ser humano va realizando sus acciones, su acción práctica.

Gracias a la capacidad de comunicarse, el hombre entra en sociedad con otros hombres y uno a uno, aunque aumentando la cantidad, de una u otra forma, debe argumentar y demostrar objetivamente la realidad que mueva su intelecto, y el de los otros, a captar la verdad y vivir lo que ello conlleve en la práctica.

Es una forma natural, humana, de irse proveyendo de virtudes intelectuales y morales, con las que se sigue dando la actuación personal ante los medios en que se desenvuelve cada persona, libremente.  Toda persona quiere conocer el mundo; la mayoría busca influirlo.  El problema es qué conoce y a través de que medios; que tan acorde está eso con la realidad humana y social.

Si no es una relación verdadera, real, entonces el esfuerzo no lleva a lo debido y se llega hasta la incapacidad de sacar adelante la vida propia, y en conjunto, la de los demás.

Por eso la capacidad de comunicación, también debe conocerse y procurarse; en aras del mejoramiento y de cumplir cabalmente el compromiso natural de mejorar a otros.  Comunicándose el hombre, poniéndose en común, es que forma cultura y forma historia.  Pero para esto, se debe tener formación y sentido crítico –a la hora del conocimiento-; en aras de que lo que se produzca de las relaciones humanas, sea verdaderamente una acción cultural que conlleve realidad, valores y principios humanos.

La comunicación humana, es perfeccionante y tiene una finalidad de bien.  Conlleva responsabilidad y respeto, tanto a la persona como a la naturaleza que le rodea.  Y la nota característica de las sociedades de vida y conocimiento, más bien parecen enfocarse a puros elementos transitorios, con una permisividad y una tolerancia extrema, donde parece no preocupar la permanencia de las cosas.

Y teniendo un verdadero conocimiento de la realidad y de la acción humana, fundamentado en la misma persona, es que se lleva a la contundencia de que nociones como la verdad y la moral tienen carácter permanente.

Se dijo anteriormente, que el hombre es una sustancia; que como tal posee accidentes que le van determinando.  Uno de ellos, es la sociabilidad.  Es un ente que, en su actuar, conlleva el otro.  No puede pensarse el hombre sin la sociedad; no puede pensarse el hombre sin las relaciones con los demás.  Hay obvias excepciones, se dirá, como el retiro procurado por un ermitaño, por poner un ejemplo claro; lo que sucede en ello, es que por una decisión personal, y con miras más altas, se toma la decisión de actuar contra la naturaleza que se posee, en aras de un bien que se considera mayor, en este caso de carácter espiritual, de fe y creencias.

El hombre con su modo de ser propio,  tiene en su carácter social, algo de lo más definido en su naturaleza y de sus notas accidentales.  Con su inteligencia y voluntad, también naturales, cada hombre puede aportar algo a que otros hombres, en común, perfeccionen su vida.  Y aunque lógicamente siempre será imperfecto, tiene una posibilidad amplia de mejoramiento y contribución al bien general.

La sociedad no es algo sin los hombres, no tiene propia subsistencia.  Se compone de las partes humanas y sus relaciones, en cómo se ordenan éstos a un bien común.  Es una comunidad que a través del orden va buscando un fin determinado; mucho ayuda tener clara, pues, esta parte de la congregación humana.

Un concepto importante en el análisis social del hombre es el de ‘eficacia’.  Esta debiera ser la meta final de todo programa social y cultural, pues es de gran valía el hecho de que los actos humanos se ordenen hacia el bien de toda la comunidad o sociedad, hacia el perfeccionamiento de las personas y su conjunto.

Ser eficaz comunitariamente, sería que el bienestar de la humanidad realmente estuviera en las prioridades de la acción de cada persona; que con el conocimiento intelectual, con la técnica, la política, la moral, con toda acción común entre los individuos, se buscara conseguir el perfeccionamiento mutuo.

Con ordenamientos de tal magnitud, todo fin o bien apetecible se conseguiría y quedarían satisfechas las necesidades humanas, fueran materiales o espirituales.  No se debe olvidar que el hombre, también por naturaleza, es indigente, requiere de satisfactores materiales y espirituales que consigue, los más de ellos, al relacionarse con los demás.

Es la filosofía social, la que brinda la comprensión debida sobre nociones de este tipo, aclarándonos que el bien común tiene, principalmente, una parte inmanente y otra trascendente; la primera se consigue con las acciones que se realizan dentro de la misma sociedad y la segunda, rindiendo la acción debida al Creador.

En cuanto al primero que sirve más para este enfoque, se desarrolla cuando el hombre busca y consigue bienes materiales que le son útiles, pero también bienes espiritualmente vistos como honestos.  Y cada mejora personal, la vive socialmente al difundirla con los miembros de la sociedad en que participa.

Se incluyen bienes externos, físicos y materiales, pero también bienes corporales, intelectuales y espirituales; entran las posesiones, la salud, la virtud, la inteligencia.  En este conjunto se consigue el bien común social, que puede traducirse en un bien de la persona, pero no privado, sino comunitario.  Hay en él, un bien de muchas personas, que no se realiza individualmente, que no existiría particularmente en cada uno de los beneficiados; se habla aquí de nociones sociales como la justa distribución o la circulación de bienes generales.

No puede negarse que el bien de una totalidad es mejor que la de cada una de sus partes; la perfección de una parte sí se da, y sirve de ajuste a la del conjunto al que pertenece, es decir, colabora con esta.

Y por la sociabilidad natural del hombre se tiene, pues, que se imposibilita el bien particular humano, fuera de lo que sería un bien común.  Por su racionalidad, también, se orienta a este bien comunitario; si todas las cosas están ordenadas al bien, al Bien originante, entonces por ello es que pueden alcanzarlo.

Y a juicio de Mons. Nicolás Derisi, el bien común son ‘las condiciones para un desarrollo integral humano… los bienes y condiciones necesarias y convenientes para un adecuado desarrollo de la persona’[4].

CAPÍTULO IV ‘Comunicación y Cultura’

El estilo de pensamiento actual ha desarrollado una comunicación poco apta para la formación de la persona humana; un proceso tan propio para el hombre, con el que se comparte a los demás, ha quedado reducido a una simple transmisión de información, gracias a la visión tan reduccionista, tan mecanicista, con la que hoy convivimos.

La preparación de los comunicadores, como profesionistas, va dejando mucho que desear, pues tienen deficiencias en la concepción y comprensión de los individuos para quienes preparan su trabajo, es decir, saben poco o nada de la persona, sus principios metafísicos o constitutivos, así como sobre su modo de ser y de obrar.

En una particular opinión, la vista de la realidad, sin la Metafísica, queda reducida y conlleva graves errores.  La comunicación humana cabe en el contenido de dicha ciencia, pues se desarrolla entre los seres racionales de dicha realidad.  La comunicación, como ciencia, posee fines, límites y leyes que se deben conocer y practicar para que pueda contribuir realmente al bien individual y al bien común, a la promoción de la cultura humana.

Debiera partirse, pues, de una comprensión filosófica y metafísica de la persona humana, pues comunicarse pertenece a su esfera de potencialidades.  Y, además, como acto libre del hombre, al efectuarla, tiene grado de responsabilidad y de eticidad para la persona que la lleve a cabo.  Las ciencias filosóficas que le atienden, son la antropología, la poiética, la ética, la metafísica, entre otras.

Ser provocativo, evocativo y gráfico para conseguir la atención de las personas, con una correcta y humana visión, aumenta mucho el rango de actividad perfeccionante del hacer del hombre.  La acción comunicativa se enaltece haciéndola en nombre de un amor benevolente, como fuente de formación educativa y, pierde esa ventaja, cuando sólo actúa como transmisor, a través del lenguaje.  Las personas dan y reciben información, se comunican, porque son; su ser es anterior a toda accidentalidad y a toda relación y tiene además de una connotación técnica y otra moral.

El entender del hombre, sustentado filosóficamente, llevaría al entendimiento en la comunicación; se contemplaría debidamente su fin, que es la persona humana.  Un comunicólogo no necesita ser filósofo, pero sí debiera poseer nociones que le ayuden a cumplir su papel de contribuyente al bienestar común y a la promoción cultural.  La información, para que se convierta en perfeccionante, debe provocar cambios de actitud, de ideas y de sentimientos; debe modificar el modo de pensar de quienes la reciben.

El comunicador tiene gran responsabilidad ante las otras personas; comunicar es fuente de bondades y perfecciones (para él y para los que le atienden).  Son accidentes que se comunican para los seres incomunicables ontológicamente, para las personas.  A estas, su estructura metafísica les exige comunicarse con sus semejantes y con su Creador; deben actuar y buscar trascender con dicha acción, además de que ésta brinde parte de la verdad y el bien de quienes interactúan con tal persona o con su actividad.

Defiende el filósofo mexicano Manuel Ocampo Ponce que ‘el hombre por sus actos humanos libres, alcanza su perfección y su realización personal mediante el esfuerzo y los actos concretos’[5].  Con ello analiza que el hombre va generando moral e historia, gracias a su descubrimiento del orden natural y que, consecuentemente, logra generar cultura.

Ello significa que el ser humano puede cooperar a que cada cosa, hecho o sujeto, consiga un aumento en su perfección; significa que puede humanizar al mundo, cultivándose y haciendo lo mismo con otros hombres; todo ello, de una manera libre, voluntaria y, sobre todo –apegado a su naturaleza- intelectivamente.  Una civilización puede poseer mayor o menor cultura, en la medida de que el hombre se cultive a sí mismo y lo comunique para bien de otros.
Es contundente que el hombre que se conoce se percata de su propio mejoramiento y tiende a buscar esto para las otras personas de su entorno; es bien sabido: ‘nadie puede dar lo que no tiene’ y por ello, se sabe, igual, que son necesarios los hombres cultos que puedan comunicar perfecciones hasta conseguir el desarrollo apropiado que toda civilización o comunidad humana merece.

Además, si no se sabe lo que es cultura y a ello se le une el desconocimiento del hombre, así como las acciones, internas y externas, que lo perfeccionan, poco se puede lograr en aras de una cultura individual o de una comunicación verdaderamente intercultural.

Dicha comunicación humana, como tal, debe servir al hombre para conocerse, para cultivarse y relacionarse; ello implica una transformación intelectiva e intencional, gracias al conocimiento, a la libertad y a la voluntad.  Así, el hombre puede aportar mucho a la formación de otros, afirmando o negando cuestiones sobre la realidad en que se desenvuelve; haciéndolo consciente y libremente pero, también, apegado a las normas de una actividad humana y humanizante.

La práctica de la comunicación no debe ser sólo para persuadir, mucho menos para someter; debe formar.  Tampoco se niega que su deber sea informar, sí, pero con argumentos serios y responsables que se fundamenten en la dignidad de la persona y de la sociedad.  La comunicación debe convertirse, prácticamente, en una relación entre el hombre y la verdad y el bien.

Todo esto sería mucho aporte a la universalización de la cultura.  Ayudados por las ciencias filosóficas, se daría una verdadera comunicación; basándose en el ser y la verdad, que no son sino las causas últimas de la humanidad, es como el hombre puede orientarse sus acciones al bien común, cumpliendo eficazmente su parte en el desarrollo de una cultura realmente humana.

Una explicación clara, es ‘que debemos hacer algo porque las cosas mejoren y esto no es un trabajo de unos cuantos, el compromiso debe ser general.  Nosotros hemos querido hacerlo desde la Filosofía ya que siempre la teoría debe orientar a la praxis’ [6].  No queda más que sostener que dicha teoría no puede ser sino la sabiduría, que es el centro de la actividad filosófica.

CONCLUSIONES

Considero que esta investigación bibliográfica ha servido para aclarar mi idea sobre cómo darle una aplicación a los estudios realizados en la licenciatura.  Un poco para ilustrar la posibilidad de enfocarme a la acentuación elegida, que realmente no fue de mucho alcance académico, pero que me ha motivado a conocer mejor esta área.

De empezar pensando que no había tema alguno que tratase mi interés, al menos en lo estudiado como materias de la carrera, fui descubriendo cómo se ha intentado la labor de comunicación y divulgación en la sociedad, sobre todo en los aspectos formativos, tanto personales como sociales.

Quizás no profundicé mucho en lo que específicamente es el tema de este proyecto de tesis, pero sí me ha servido como interesante base para continuar esta preparación y aplicar mi idea personal de quehacer filosófico.

Creo que podría parecer que a los filósofos o pensadores que se han interesado más por la divulgación de este conocimiento, pudiera dárseles un adjetivo erróneo sobre sus alcances intelectuales; si los pensamos de primera instancia como interesados en compartir o difundir la ciencia filosófica, nos quedaríamos cortos.  Al menos en lo que pude apreciar, en los recursos que tuve al alcance, se denota una preparación impresionante: saben y escriben claramente de los más profundos temas de esta área del saber; tienen amplios y claros conocimientos de Metafísica, Gnoseología, Antropología, Sociología, Comunicación, Escritura y tantas otras cosas que mi mente, ahora, pasa por alto.

Puedo decir que el objetivo, a nivel personal, se ha cumplido en su etapa inicial.  Vuelvo a reconocer que un verdadero ‘estudio que argumente sobre la necesidad de abrir más espacios de estudios filosóficos que puedan llegar a modificar y mejorar los espacios culturales de formación humana’, se ha quedado en un simple esbozo que me ha abierto el interés en la preparación que un objetivo como este puede llegar a requerir.

En cuanto a los cuestionamientos que realicé en la entrega inicial, los puedo considerar al descubierto, es decir, tuve la oportunidad de leer y analizar un poco sobre cada uno de ellos.  Me satisfizo pensar que enfoqué correctamente lo que mi personal inquietud buscaba conocer.

Es totalmente obvio, que la justificación es real y valedera; no es mucha la gente que cuenta con fundamentación filosófica, ni siquiera en forma leve.  Sería loable continuar abriendo los canales de información y los medios de conocimiento para aumentar dicha preparación.

Es pues la hipótesis válida en toda su extensión, mas no se logró un estudio, aún, de la calidad requerida para que, sobre todo los conocedores, lo reconozcan como aplicable.

El saber filosófico debe divulgarse como el conocimiento que es: toda una sabiduría.  Realmente sin este importante fundamento, no se puede llegar a conformar una cultura valedera ni tampoco una elevación del hombre en lo que a ella respecta.

Bibliografía:

▫ Ocampo Ponce, Manuel.  FILOSOFÍA DE LA CULTURA
▫ García López, Jesús.  TOMÁS DE AQUINO, MAESTRO DEL ORDEN
▫ Martínez García, Enrique.  PERSONA Y EDUCACIÓN EN SANTO TOMÁS DE AQUINO
▫ Millán Puelles, Antonio.  FUNDAMENTOS DE FILOSOFÍA
▫ Díaz Araujo, Enrique.  LA POLÍTICA DEL BIEN COMÚN
▫ Lobato, Abelardo.  DIGNIDAD Y AVENTURA HUMANA
▫ Mendoza Ortíz, Eliseo.  LA PROPUESTA FILOSÓFICO-SOCIAL DE MAURICIO BEUCHOT
▫ Basave, Agustín.  LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR
▫ Lasa, Carlos Daniel.  HOMBRE, METAFÍSICA Y SENTIDO
▫ Glucksmann, André.  LOS DOS CAMINOS DE LA FILOSOFÍA
▫ Vargas Llosa, Mario.  BREVE DISCURSO SOBRE LA CULTURA (artículo)

Notas:

▫ 1. cfr. Millán Puelles, Antonio.  Fundamentos de Filosofía, p.32.
▫ 2. cfr. Boecio, Liber de persona et duabus naturis, contra Eutychen et Nestorium, 3. c. III, col. 1343.
▫ 4. cfr. Lobato, Abelardo, Dignidad y aventura humana. p. 110
▫ 5. cfr. Derisi, Nicolás; Los fundamentos filosóficos y el ámbito del Derecho. p. 17
▫ 6. cfr. Mendoza Ortiz, Eliseo; La propuesta filosófico-social de Mauricio Beuchot. p. 52

Fuente: Coloquio Regional de la Sociedad Regional de Filosofia del Noroeste de México,  Guaymas, Son. Noviembre de 2013

4 de febrero de 2014

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