Negligencia y Discrecionalidad: La conformacion del Humus Corruptus

Nuestra sociedad, tan vapuleada por los medios y por los intereses poco claros de clases politiqueras medrando entorno al poder, vituperada por organismos ajenos a su frontera constituidos en paladines de la justicia y el derecho, debe enfrentarse en soledad absoluta a sus problemas e intentar darles solución adecuada de la forma más eficiente posible.

Intentar el autoengaño mediante el convencimiento de que estamos muy bien y otros están peor que nosotros no nos llevaría a ningún lado, tal vez a lo más conseguiríamos quedarnos como estamos, pero podemos asegurar que tal parálisis ciertamente nos dejaría más atrasados que ahora. Enarbolar la bandera de la tolerancia para evitar con ello la crítica objetiva y el cuestionamiento así como repartir la culpa a efecto de que la responsabilidad se diluya no acarrearía mejores resultados.

Analizando con cuidado lo que podríamos llamar la tragedia social, encontramos elementos suficientes para diagnosticar el deterioro en el cual nos hemos sumergido todos los elementos que conformamos este país, porque es necesario reconocer, primeramente, que sufrimos un deterioro no solo económico sino además organizacional y cultural, en donde cada día vamos cayendo en una crisis de credibilidad institucional que pone en alto riesgo la viable gobernabilidad de la colectividad.

Muchos son los elementos que confluyen en la construcción de situaciones como la vivida en estos momentos, tomaremos de todos ellos únicamente dos que nos parecen más importantes dados los efectos que producen en el comportamiento social: Negligencia y Discrecionalidad

La falta de dedicación en el hacer, el descuido o abandono con el que efectuamos nuestras operaciones es lo que conocemos como negligencia. Generalmente se califica de negligente a la autoridad que no cumple diligentemente con las funciones para las cuales se le confirió un cargo y esto es totalmente correcto. Pero ¿Que sucede con la sociedad cuando esta no se comporta a la altura de sus obligaciones? ¿Acaso no es esto negligencia?.

Se es negligente cuando no se le exige a los gobernantes cumplir con las promesas hechas y realizar sus funciones con estricto apego a la normatividad, la negligencia en el servicio público se sanciona de acuerdo con la Ley de Responsabilidades, al menos es lo que en esta última se tiene establecido; se es también cuando se deja la política solo a los políticos y solo se circunscribe la participación ciudadana en la emisión de un sufragio, la mayoría de las veces desprovisto de un análisis serio. Pero ¿Cómo podremos sancionar la negligencia social?.

Por años hemos padecido los efectos de una cultura del “ahí se va” o “a mí qué”, en una clara manifestación de falta de compromiso para con nuestras obligaciones, sean estas laborales, familiares o sociales. En esta forma de pensar y de comportarnos encontramos a la prima hermana de la negligencia mejor conocida como apatía, la cual se presenta como falta de interés o dejadez con la que se atienden uno o varios asuntos importantes.

Esta elemental falta de interés puede tener uno o varios orígenes, nos inclinamos a pensar que en buena medida la apatía tiene como basamento la ignorancia que radica en el desconocimiento de aquello que nos es obligado conocer, dado que como reza un principio “nadie puede amar lo que no conoce”, en una sencilla asociación de ideas podríamos señalar que si conocemos a medias amamos a medias. Para conocer a profundidad se requiere del compromiso del cognoscente y ya sea que este acepte o rechace lo conocido, al menos lograríamos con ello, que cualquiera de las decisiones que tome, habrán sido depuradas en el tamiz del intelecto superando con ello las trabas impuestas por la ignorancia.

Como integrantes de una sociedad debemos cuestionarnos seriamente si hemos sido o no negligentes al actuar y en qué medida ello ha contribuido para que tanto la comunidad como el medio ambiente padezcan los males que cada día y con mayor frecuencia imposibilitan la sustentabilidad de la especie.

Se dice que es mejor hacer las cosas por vocación y convicción que por obligación, sin embargo las terribles necesidades de sustento obligan a la mayoría de nosotros a desempeñar trabajos y asumir compromisos para los cuales estamos limitadamente facultados o definitivamente no contamos con el interés requerido. De aquí que las actitudes negligentes sean detectables en todas las actividades que realiza el conglomerado social.

El hecho de no revisar el auto para circular en él, de no preparar la clase que se ha de impartir, de no conocer las leyes que como congresista debo aprobar, de no revisar cuidadosamente al paciente antes de recetar un medicamento, son solo algunos de los ejemplos de conducta negligente. Pero existen conductas en donde las omisiones o descuidos cometidos tienen mayor peso debido al grado de afectación que producen, de aquí que sean sancionadas en forma diferente por el derecho positivo.

Por otra parte, si a esto que hemos comentado agregamos una inadecuada impartición de justicia por quienes tienen la facultad de hacerlo, logramos la combinación perfecta para propiciar el Humus Corruptus. Negligencia y Discrecionalidad le dan a este la materia necesaria para arraigarse en cualquier sociedad.

La discrecionalidad se refiere a aquello que se puede hacer libremente y representa un verdadero problema cuando en la impartición de justicia o aplicación de una ley se echa mano de ella para lograr, mediante la diferenciación, aplicar la justicia a unos y a otros no, partiendo de la concepción equívoca de que si tengo el poder puedo hacer lo que quiera y a nadie he de rendir cuentas. Esta es una de las mayores tentaciones para quienes ostentan posiciones de poder, buscar mediante la movilización de influencias evitar la aplicación de la justicia. Concentrar el poder en unos cuantos, propicia un ambiente proclive a la injusticia y la impunidad. El Estado tiene la obligación de brindar a los ciudadanos las mejores condiciones y servicios necesarios para su desarrollo individual y colectivo sin excluir a ninguno de los miembros, no obstante este se vuelve discrecional cuando marca diferencias entre estos, al momento de ministrar los bienes y servicios que le corresponden.

Se conoce como Humus a la sustancia que resulta de la descomposición de la materia orgánica y que forma una capa de nutrientes que sirven como abono para el suelo, aplicando tal conceptualización al tema que nos ocupa ahora, tenemos que la descomposición o particularización de la negligencia, la discrecionalidad, aderezadas con ignorancia y apatía, crean el ambiente y alimentan cualquiera de las manifestaciones de corrupción que podemos encontrar.

Al referirnos a corrupción lo hacemos en el orden moral, no en el orden orgánico al cual están sometidos la mayoría de los seres vivos. El orden moral aplica a la persona y es a través de él que podemos calificar si las acciones que está realiza son buenas o no. De aquí que gran parte de las Leyes que conocemos sancionen y pongan límites a las conductas de los individuos.

La corrupción lastima más cuando sus efectos infringen el mayor bien que posee la persona, este es, la vida misma. Todo acto que deliberada e innecesariamente ponga en riesgo la vida entrará en la categoría de acto intrínsecamente malo, puesto que existen algunos actos en los que la vida es puesta en riesgo por necesidad, como sería arriesgar la vida para salvar a otro, en este caso no cabría la calificación de malo. Dejar pasar negligentemente una situación que posteriormente trae como consecuencia la pérdida de la vida sea propia o ajena, es un acto malo enfundado en la corrupción.

Podemos afirmar que trasladar los problemas propios hacia el futuro o hacia otros actores ajenos a ellos, es también una acción corruptiva, por tanto, si realmente queremos hacer algo por abatir la corrupción y mejorar nuestra cultura, debemos enfrentar los problemas actuales y buscar soluciones concretas, dejar los simples buenos deseos y la retórica demagógica, para hacernos cargo de la situación cada uno desde nuestra trinchera: Como ciudadanos, como servidores públicos, como padres o hijos. En pocas palabras asumir el compromiso y participar en la resolución de los asuntos que nos aquejan, sin pretender ser lo que no se es o no se tiene posibilidad de ser.

Quedarnos en el sueño de que cuando llegue el futuro y estén dadas las condiciones, entonces si haremos algo, es quedarnos en la misma cultura de “ahí se va”, esperando que venga alguien a resolverlo, seguiremos igual soñando que vivimos. El presente es nuestro tiempo y demanda de nuestra total atención para poder pensar en un mejor futuro intentando evitar los errores del pasado. Lo que no hagamos hoy se convertirá en un fantasma que con sus correspondientes consecuencias nos atormentará el día de mañana y todo por no haber actuado diligentemente. 

Hay 1 comentarios

January 22, 2010 - 6:26 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

la sociedad o las instituciones son el medio de cultivo de este humus curruptus por no decir que las mismas instituciones son el humus curruptus para el homo curruptus de la modernidad pero que es una institucion sana en la modernidad? sera una institucion que se fundamente en los principios de la democracia? o es una utopia pensar en la democracia pura?....


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