La etica de Marx y del marxismo

“Pues Marx era, ante todo, un revolucionario, cooperar de este o del otro modo, en el derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno a quien él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipación: tal era la verdadera misión de su vida”.


Federico Engels (1)

Los griegos llamaban a la verdad alétheia, literalmente “des-cubrir”, “des-ocultar”, “de-velar”, “correr el velo” y eso fue lo que realizaron, en alguna medida, filósofos como Karl Marx (1813 - 1883) y Friederich Nietzsche (1844 -1900), quienes, de una parte, mostraron que las ideas morales y éticas, y de ahí las ideas sobre la “vida buena”, euzoia, la “buena acción”, eupraxia, “la felicidad”, eudemonía, dependen de las condiciones históricas, sociales, económicas y de relaciones de poder de los sujetos que actúan; y de otra parte, que los valores, hasta ahora propuestos, se han olvidado de lo más fundamental: la vida terrena del hombre.

Ya Hegel había concebido a la dialéctica como marco general de su propuesta filosófica, el regalo de sus amigos idealistas que sería la llave que abriría todas las puertas de todo cuanto existe tanto en el plano del espíritu como en el mundo de la naturaleza así como del mundo del ser humano y su historia(2). De esta forma, y a través de las afirmaciones, de las negaciones y superaciones de éstas, expresadas en el casi intraducible ”aufheben”, las oposiciones complementarias se suceden llevando cada momento dentro de sí la afirmación de lo que se es y la negación de eso mismo que se es, es decir, la afirmación y la negación, así como la negación de la negación en un proceso interminable que penetra y hace posible la historia humana en donde la oposición y lucha de contrarios mueve la historia, en virtud de lo cual ésta es fundamentalmente dialéctica.

Karl Marx, quien nace en Tréveris el 5 de mayo 1818 y fallece en Londres el 14 de marzo 1883, encuentra válido el método de Hegel y tras una puesta a punto consistente en una inversión, que ya no parte como en Hegel de la “Idea”, del “Espíritu Absoluto” sino que parte de la realidad concreta, de la realidad material para entender de una forma radical el problema del hombre, el cual está dado por los mismos hombres quienes en sus relaciones sociales establecen formas de interactuar que los condiciona y que no dependen en su integridad de la voluntad de cada uno de ellos, y que se conforman, en lo que de una manera genérica podríamos llamar el mundo económico, que explica, en última instancia, las condiciones individuales y sociales de los hombres así como su ser en el mundo.

Marx, siendo absolutamente fiel a la idea de método científico, así como a la integración de la dialéctica, realiza un análisis que encuentra las causas últimas del padecimiento humano en las condiciones materiales concretas de la existencia humana, sin embargo, a pesar de la cientificidad de su estudio, es más, podríamos afirmar que gracias a él, Karl Marx parte de un profundo compromiso ético con la humanidad que permea todo su trabajo, el cual, podríamos afirmar sin temor a equivocarnos, es la realización de una ética concreta expresada de una forma científica, a la altura de sus tiempos.

Lo afirmado anteriormente, es necesario hacerlo expreso ya que algunos intérpretes, orientados por un supuesto prurito de cientificidad y objetividad, entre los que se encuentran afectos él así como algunos de sus detractores, no han visto este punto, a nuestro juicio fundamental, el cual está como “principio”, es decir, está al inicio, es lo primero, de su actividad teórico-práctica e impregna todo su planteamiento, siendo a la vez, dialécticamente, producto y productor del mismo.

Lo anterior se hace manifiesto desde los más tempranos escritos; véase por ejemplo cuando terminaba el bachillerato, apenas estaba superando la adolescencia y se disponía a elegir la carrera que marcaría su vida y la de muchos otros seres humanos, no solo de su tiempo sino de tiempos posteriores, en el siglo XX y en el que hoy vivimos el siglo XXI; y no solo de su reducido espacio geográfico, de su natal Tréveris, en aquellos tiempos tenía una población estimada de unos 12 000 habitantes(3), sino del mundo entero. En estos escritos hace manifiesto el interés que lo orientaba, el cual era el bienestar y la felicidad del género humano así como la disposición que tenía, la cual no lo abandonó durante toda su vida, en la que puso al servicio de la humanidad entera, especialmente de la clase más explotada, el proletariado, toda su capacidad para entender las causas de su situación y proponer salidas prácticas a los problemas planteados por la realidad una y múltiple, haciendo válido aquello que “no hay nada más práctico que una buena teoría”, ya que ella surge del diálogo con la realidad y ella prevé las condiciones reales de convertirse en acción transformadora de la realidad.

En aquellos días decía: “la historia sólo considera grandes a aquellas personas que, trabajando a favor de la colectividad, se han ennoblecido a sí mismas; la experiencia histórica nos demuestra que se es tanto más feliz cuanto mayor felicidad se proporciona a los demás; la misma religión nos enseña que el ideal, que todos tenemos por modelo se sacrificó por el bien de la humanidad, y nadie se ha atrevido a rebatir este argumento. Si elegimos una profesión en la que podamos trabajar al máximo por los demás, ni siquiera las penas, por duras que sean, lograrán apartarnos de nuestro camino si pensamos que nuestro sacrificio es por el bien de todos. No disfrutaremos entonces de una alegría pobre, limitada y egoísta, sino que sentiremos que nuestra suerte está ligada a millones de personas y nuestros actos fermentarán silenciosamente, seguirán siendo activos eternamente y nuestras cenizas serán regadas por lágrimas ardientes de todas las personas nobles” (4).

Pero esto, que se podría decir que no es más que la manifestación del interés de un joven de 17 años, que busca una nota en el contexto del final de los estudios secundarios, se hace nuevamente manifiesto en los días, que algunos han denominado de madurez, en los que preparaba su gran obra, “El Capital”; obra que va mucho más allá de la economía, la sociología, la historia y llega a rescatar la filosofía en uno de los sentidos más profundos.

En una carta dirigida a su gran amigo y colaborador F. Engels, le decía: “Si es cierto que dedico gran parte del tiempo a la preparación del Congreso de Ginebra, no puedo ni quiero ir allá, pues me es imposible interrumpir mi trabajo durante tanto tiempo. Creo que con este trabajo estoy haciendo algo mucho más importante a favor de la clase obrera que todo cuanto podría hacer personalmente en cualquier congreso” (5).

Este texto, además de demostrar el compromiso profundamente ético de Marx, de paso sirve para hacer presente la función que, contrario a lo que muchos amigos y enemigos supusieron, nuestro pensador le da al trabajo teórico, el cual es parte fundamental y fundamentante del conjunto del trabajo de liberación de la humanidad y más específicamente de la liberación de la clase proletaria. Este texto sirve para mostrar cómo Marx estaba muy lejos del pragmatismo ciego e irreflexivo al cual muchos han querido reducir la doctrina de este pensador.

Por último, en este sentido, es decir, en el sentido de la inspiración ética que está a la base y condiciona la expresión filosófico-científica de Marx, traemos a colación una carta a S. Meyer, fechada el 30 de abril 1867, cuando tras una crisis severa de salud y en unas condiciones económicas precarias, reitera su profunda entrega ética a la humanidad y en concreto a la clase, que a su juicio, representa el futuro de ésta, ya que se encargará de liberar a la humanidad de la sempiterna explotación y de la lucha de clases.

El compromiso se expresa en su trabajo teórico que asume como un sacrificio aun a costa de su familia, de su salud y de su propia felicidad. En el mismo texto resalta no sólo el trabajo teórico, el cual es una especie de praxis y, además, se burla de los llamados prácticos y de su de sapiencia. Allí afirma: “¿Que por qué nunca le contesté? Porque estuve rondando constantemente el borde de la tumba. Por eso tenía que emplear todo momento en que era capaz de trabajar para poder terminar el trabajo al cual he sacrificado mi salud, mi felicidad en la vida y mi familia. Espero que esa explicación no requiera más detalles. Me río de los llamados hombres prácticos y de su sabiduría. Si uno resolviera ser un buey, podría, desde luego, dar las espaldas a las agonías de la humanidad y mirar por su propio pellejo. Pero yo me habría considerado realmente “impráctico” si no hubiese terminado por completo mi libro; por lo menos en borrador” (6).

Marx considera que su reflexión crítica no es un asunto sólo teórico, en el sentido que tiene esta palabra en griego de “contemplar”, “mirar”. La teoría crítica, es decir la filosofía crítica, es un instrumento, un arma que sirve a la liberación humana y esto se produce cuando la teoría crítica impregna a las masas y simultáneamente podríamos decir que las masas impregnan la teoría crítica, la filosofía, proporcionándole su profundo sentido ético que sirve de base, camino y fin del actuar liberador.

En un texto de 1843, cuando emprendía la crítica a la filosofía del derecho de Hegel afirmaba: “Es cierto que el arma de la crítica no puede substituir a la crítica de las armas, que el poder material tiene que derrocarse por medio del poder material; pero también la teoría se convierte en poder material tan pronto como se apodera de las masas… Así como la filosofía encuentra en el proletariado sus armas materiales el proletariado encuentra en la filosofía sus armas espirituales” (7).

Marx, en su estudio de la condición humana, del sufrimiento de los seres humanos, busca partir no de una abstracción, es decir, de algo desligado, separado de la realidad específica humana y por esto fija sus ojos en la realidad concreta, la cual se expresa en el tiempo-espacio de la historia de las sociedades y de los individuos humanos, de donde se pueden colegir principios de lo que podríamos denominar de “abstracciones concretas”, los cuales están dados por las relaciones sociales de producción de los bienes y servicios que se dan en una sociedad. Allí los seres humanos se interretrorelacionan mediante las formas de intercambio de los medios materiales y espirituales de vida que forman, conforman, reforman y transforman las sociedades, a eso llama Marx “materialismo histórico”; expresión que no tiene nada que ver con una burda y pragmática concepción que pretende reducir, a una especie de emanacionismo ciego, mecánico, todos los productos del espíritu, incluida la ética; que posee una concepción de la materia burda e informe, y que hoy, viendo la aceptación de las ideas de Marx, la cual es lugar común en las diversas corrientes de pensamiento que abordan el estudio de la sociedad y del hombre, podríamos denominar “realismo”.

“La concepción materialista de la historia parte del principio de que la producción y, junto con ella, el intercambio de sus productos constituyen la base de todo el orden social; que en toda sociedad que se presenta en la historia la distribución de los productos y, con ella, la articulación social en clases o estamentos, se orienta por lo que se produce y por cómo se produce, así como por el modo cómo se intercambia lo producido. Según esto, las causas últimas de todas las modificaciones sociales y las subversiones políticas no deben buscarse en las cabezas de los hombres, en su creciente comprensión de la verdad y la justicia eternas, sino en las transformaciones de los modos de producción y de intercambio; no hay que buscarlas en la filosofía, sino en la economía de las épocas de que se trate” (8).

El afán de Marx por encontrar el fundamento último de la problemática humana lo lleva a realizar una crítica profunda y radical a la filosofía precedente, especialmente a la denominada filosofía clásica alemana, específicamente a la filosofía de Hegel que, partiendo de una teología descendente, veía en la realidad la concreción del absoluto mismo y así como en teología lo primero es el absoluto, en las demás formas del pensar humano incluida la ética, sintetizado en lo que se ha denominado ideología, se partía de abstracciones absolutas y absolutizantes que desconocían al ser humano de carne y hueso, concreto, que gime, que sufre, que es víctima explotada, atrapado en las relaciones sociales de producción y que en la interrelación que ellas producen conforma sus ideas éticas, políticas, jurídicas, religiosas, económicas, es decir, su conciencia.

“Totalmente al contrario de lo que ocurre en la filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado, representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí’, al hombre de carne y hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los ecos de este proceso de vida. También las formaciones nebulosas que se condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia. Desde el primer punto de vista, se parte de la conciencia como del individuo viviente; desde el segundo punto de vista, que es el que corresponde a la vida real, se parte del mismo individuo real viviente y se considera la conciencia solamente como su conciencia” (9).

Pero estas constataciones se hacen similares a las que realiza un médico, el cual parte de la sintomatología que se presenta en un paciente para luego, mediante un ejercicio reflexivo, emitir un diagnóstico del cual depende la prognosis que establece el posible curso de la patología, así como la terapéutica, es decir, el posterior tratamiento que se administre al paciente en busca de su recuperación. En este sentido, como lo percibe cualquier paciente, del adecuado diagnóstico depende la vida del paciente. En el caso concreto, Marx encuentra que en la historia humana, debido a lo anterior, siempre se ha presentado lucha de clases y ésta ha adquirido diversas formas, algunas muy explícitas y contundentes, duras, violentas, otras, soterradas, tácitas, disimuladas, blandas. La lucha de clases no ha adquirido una sola forma y ésta no excluye la relación de comprensión y hasta de camaradería entre los individuos de diversas clases. Siempre estas luchas han llevado a la destrucción de una forma de sociedad y al surgimiento de una nueva.

“La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases.

Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y oficiales, en una palabra, opresores y oprimidos, estuvieron en constante oposición unos contra otros y libraron una lucha sin tregua unas veces disimulada y otras veces abierta que terminó siempre con una transformación revolucionaria de la sociedad entera o con la destrucción común de las clases en lucha… la sociedad burguesa moderna, surgida del derrumbamiento de la sociedad feudal, no abolió las oposiciones de clases., no hizo más que sustituir las antiguas por nuevas clases, por nuevas condiciones de opresión y por nuevas formas de lucha” (10).

Sin embargo, en la época que él vive se presenta, como en todas las épocas, una síntesis de la historia precedente y a pesar de que habían más clases sociales, la oposición irreductible que marca la historia se presenta, a su juicio, entre burgueses, una pequeña minoría poseedora de los medios de producción, y proletarios, cuya única propiedad es su fuerza de trabajo, la cual se vende en la sociedad capitalista como una mercancía más que obedece, como toda mercancía, a las leyes del mercado. “Pero nuestra época, la época de la burguesía, y en esto de particular: que ha simplificado las oposiciones de clase. Cada vez más la sociedad entera se divide en dos grandes campos enemigos, en dos grandes clases diametralmente opuestas la una a la otra: la burguesía y el proletariado” (11).

Y si el diagnóstico, basado en la fenomenología de la historia, en la sintomatología, presenta que toda la historia, más precisamente, la “prehistoria” humana no es más que lucha de clases, la terapéutica, es decir, la cura, que pasa por la lucha, no se realiza para quedarse en ella sino para superarla, para buscar una solución que sirva para eliminar definitivamente la patología congénita que presenta la historia de la sociedad en su conjunto. Es así que encuentra Marx que debido al desarrollo de la sociedad, de sus relaciones productivas, la liberación del proletariado traerá como consecuencia la liberación de toda la especie humana y el comienzo de la verdadera historia, si entendemos por tal, la realización y el registro de la libertad humana a nivel individual, social y de la especie.

En el Manifiesto del Partido Comunista Marx afirma: “Toda la historia, ha sido la de la explotación, la de la opresión y de lucha de clases, pero esta lucha ha llegado actualmente a una fase en la que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya librarse de la clase que le explota y oprime (la burguesía) sin liberar al mismo tiempo y para siempre a la sociedad entera de la explotación, de la opresión y de la lucha de clases” (12).

En ese sentido, en la nueva sociedad, surgida de la lucha multifacética y pluridimensional de la sociedad capitalista, se dará el reino de la verdadera libertad, no sólo la libertad de unos pocos, como en la sociedad capitalista sino el reino de la libertad de todos, quienes pondrán la sociedad al servicio de todos los individuos, los cuales, dicho sea de paso, son individuos sociales que encuentran su realización plena en la sociedad, en la “comunidad”, es decir, en “común unidad” con los otros individuos sociales. En ese sentido, se estaría hablando, en la nueva sociedad, de la realización de la ética, la cual tiene como presupuesto medio y fin, la libertad humana en los distintos niveles.

Al superar la lucha de clases, e iniciar la verdadera historia humana, profundamente ética, el poder político y todas las manifestaciones del individuo social así como de la sociedad en su conjunto, se habrá desalienado. Ya que “el poder político es, en sentido propio, el poder organizado de una clase con vistas a la opresión de otra”.

La propuesta de Marx es profunda y comprometidamente ética y al hablar de la lucha de clases no está buscando la destrucción de la sociedad sino la construcción de una verdadera y más humana sociedad en donde la humanidad en libertad no se le niegue a nadie. En este sentido quienes acusan a Marx de promover el odio y la lucha de clases desconocen a Marx y habrá que ver con qué intención lo tergiversan. En el mismo manifiesto dice: “Una vez que, en el curso del desarrollo, la diferencia de clase han desaparecido y toda la producción está concentrada en manos de los individuos asociados, el poder público pierde su carácter político… si el proletariado, en su lucha contra la burguesía, llega forzosamente a unirse como clase; si mediante una revolución, se erige en clase dirigente, suprime por la violencia las antiguas condiciones de producción, suprime al mismo tiempo que éstas, las condiciones de existencia, el antagonismo de clases y las de las clases en general y, con ello, su propia supremacía de clase. La antigua sociedad burguesa, con sus clases y sus antagonismos de clase, es reemplazada por una asociación en que el libre desenvolvimiento de cada uno es la condición del libre desenvolvimiento de todos” (13).

Ya hemos dicho que a la base de la enfermedad social están las condiciones materiales, en ese sentido tendríamos que volver al origen mismo de la palabra material que procede del latín “mater”, “madre”. Pero, el que de allí proceda no quiere decir que allí se quede. En ese sentido el fenómeno que allí se produce se manifiesta en el todo multidimensional, polisistémico que es el ser humano, es decir, los problemas que allí se generan se manifiestan a nivel individual, social, de la especie, en sus niveles, antropológico, psicológico, político, económico, ecológico y aun en el nivel ideológico. Este es el caso del fenómeno de la alienación el cual está a la base de la visión de Marx de la problemática humana.

Permítasenos ampliar, siquiera un poco, este concepto. El concepto alienación de latín alienatio, tiene una honda raigambre teológico-filosófica. En San Agustín éste se hace presente cuando interpreta el texto de San Pablo en la carta a los filipenses, cuando afirma que Dios se sale de sí y se encarna dejando sus atributos divinos para hacerse hombre en Jesús, el Cristo, aquí se vierte la idea griega de “kenosis” al latín alienatio. Más tarde Hegel se hará cargo de este concepto e interpretará la encarnación de Dios en Jesús y en el mundo como una alienación de Dios(14).

Luego Feuerbach pensará que la idea de Dios de Hegel no es más que la alienación de la esencia humana proyectada en un cielo imaginario y llevada al absoluto, es decir, desligada de la relación humana que es su fuente. De ahí que plantee la tesis de que es necesario dejar de lado la teología para hacer antropología (15).

Esta idea llega a Marx, quien no deja de ver en la idea de hombre de Feuerbach otra abstracción y, al volver los ojos a la realidad material del hombre, encuentra que la alienación se origina en el plano material, económico, en donde gracias a las relaciones sociales de producción, los productos que el hombre crea con su propio trabajo, se ontologizan, se hipostasían, se autonomizan, se independizan de él y llegan a enfrentársele impidiéndole su propio desarrollo, su propia realización como ser humano, es decir, su permanente humanización.

Pero este fenómeno que está a la base de la problemática humana se manifiesta en todos los diversos planos de la realidad humana, valga decir, se manifiesta en el plano económico, en el plano político, en el plano ideológico, así como en los diversos niveles, es decir, a nivel individual, en la relación del ser humano consigo mismo, a nivel social, en su relación con los otros seres humanos, en su relación con la naturaleza, es decir, en su relación con los seres que conforman su entorno. Es así como la alienación impregna y permea todas las manifestaciones de la vida del ser humano.

El fenómeno de la alienación tiene una profunda relación causal e interretrodependiente con la “cosificación” que es cuando el ser humano es visto como una “cosa”, fenómeno normal en la sociedad capitalista en la cual el trabajo humano, realizado por un ser humano, es decir, el trabajador, el proletario, es visto como una mercancía y su ser es despojado de su condición humana y es tratado como cosa para que el sistema socioeconómico funcione.

Este fenómeno de la alienación, también tiene relación con otro que Marx estudia en el inicio de El Capital y que está a la base de todo el sistema capitalista y es la fetichización, manifiesta en el “fetiche de la mercancía” (16). Que se presenta cuando la relación social, tejida entre los seres humanos, se manifiesta como una relación entre cosas que acuden al mercado que hacen caso omiso de las relaciones entre los humanos.

El problema de la alienación está a la base de la problemática humana y engendra las otras manifestaciones de las patologías sociales, de ahí que el tratamiento de este fenómeno es necesario para la superación del problema humano y esto se realizará en una sociedad en la cual las relaciones sociales serán humanas, humanizadas y humanizantes. Esa sociedad será la que él denomina la sociedad “comunista”.

De lo anterior se puede afirmar que si la alienación es una enfermedad congénita a las sociedades históricas, ella no es una enfermedad genética a la sociedad humana, de ahí que la misma pueda ser superada por una sociedad más humana, la sociedad comunista, en donde la realización plena del hombre, en verdadera y plena libertad y justicia, ha de ser posible.

“El comunismo como superación positiva de la propiedad privada en cuanto enajenación humana de sí mismo, y por tanto como apropiación real del ser humano por y para el hombre; por tanto el hombre se reencuentra completa y conscientemente consigo como hombre social, es decir humano, que condensa en sí toda la riqueza del desarrollo precedente. Este comunismo es humanismo por ser naturalismo consumado y naturalismo por ser humanismo consumado”. (17)

A esta altura, ya se podrá entender la crítica profunda de Marx al capitalismo como sistema social-económico-político, la cual no surge del prurito de la crítica sino que surge como resultado del análisis que encuentra que el capitalismo niega la vida de los seres humanos, la destruye en todas sus dimensiones, es más, al estudiar la forma de producción capitalista, Marx encuentra que este sistema no es sólo homicida, es decir, que asesina a los seres humanos sino que simultáneamente es ecocida, ya que destruye también a la naturaleza, llevando a la humanidad a la auto aniquilación, como hoy lo podemos ver ante la crisis del sistema económico mundial, del cambio climático y las amenazas nucleares producidas por el móvil fundamental del capitalismo, el egoísmo y su afán de lucro. En este sentido podemos concluir que el capital es antropófago, ecófago, lo que lleva como consecuencia que éste sea autófago, ya que al destruir al hombre y la naturaleza, las dos fuentes fundamentales de la riqueza, se devora a sí mismo.

“En la agricultura, lo mismo que en la manufactura, la transformación capitalista de la producción parece no ser otra cosa que el martirologio del productor; el medio de trabajo, apenas la forma de domar, explotar y empobecer al trabajador; la combinación social del trabajo, la opresión organizada de su vitalidad, su libertad y su independencia individuales. La dispersión de los trabajadores agrícolas en superficies más extensas quiebra su fuerza de resistencia, en tanto que la concentración aumenta la de los obreros urbanos. En la agricultura moderna, al igual que en la industria de las ciudades, el crecimiento de la productividad y el rendimiento superior del trabajo se adquieren al precio de la destrucción y la aniquilación de la fuerza de trabajo. Además, cada progreso de la agricultura capitalista es un progreso, no solo en el arte de explotar al trabajador, sino también en el de despojar el suelo. Cada progreso en el arte de acentuar su fertilidad durante un tiempo, un progreso en la ruina de sus recursos duraderos de fertilidad. Cuanto más se desarrolla un país, por ejemplo Estados Unidos, sobre la base de la gran industria, más rapidez presenta el desarrollo de ese proceso de destrucción. Por consiguiente, la producción capitalista sólo desarrolla la técnica y la combinación del proceso social al mismo tiempo que agota las dos fuentes de las cuales brota toda riqueza: La tierra y el trabajador” (18).

Para terminar este pequeño artículo, que pretende exponer sucintamente las ideas de Marx y las implicaciones de éstas en el campo de la ética, tendremos que afirmar que para Marx mientras el hombre no haya organizado el mundo humanamente, es decir, en una sociedad más libre, más justa en el que el individuo social esté en armonía dinámica con la sociedad, situación que no descarta el conflicto, la sociedad humana asumirá formas inhumanas, alienadas y alienantes.

Partiendo de lo anteriormente expuesto se puede afirmar que para Marx no existe una moral absoluta, no existen verdades eternas, las nociones del bien y mal cambian de un tiempo a otro de una época a otra, incluso llegan en ocasiones a contradecirse, como un sí y un no, afirma que “toda teoría moral que ha existido hasta hoy es el producto, en última instancia, de la situación económica de cada sociedad. Y como la sociedad se ha movido hasta ahora en contraposiciones de clase, la moral fue siempre una moral de clase; o bien justificaba el dominio y los intereses de la clase dominante, o bien en cuanto la clase oprimida se hizo lo suficientemente fuerte, representó la irritación de los oprimidos contra aquel dominio y los intereses de dichos oprimidos orientados al futuro.”… “La desrelativización de la moral sólo es posible en una sociedad en la cual la explotación del hombre por el hombre ya no sea una realidad omniabarcante que atraviesa todas las esferas de la vida social e individual” (19).

En otro texto, no menos famoso, Engels, el entrañable amigo y colaborador de Marx, afirma que: “una moral verdaderamente humana que esté por encima de las contraposiciones de clase, y por encima del recuerdo de ellas, no será posible en un estadio social que no sólo haya superado la contraposición de clases, sino que la haya además olvidado para la práctica de la vida” (20).

En un texto conjunto, como casi toda su obra, Marx y Engels sostienen, en su momento, como estrategia política nacida de la realidad concreta, que “los comunistas no predican moral alguna” (21). La moral de los comunistas es una moral revolucionaria que busca reivindicar el sentido pleno de lo humano desalienado, humanizado, plenamente libre, en una sociedad plenamente humana, desalienada y libre (22).

En la antigüedad, en el siglo IV a. c. Aristóteles en su política había estudiado las causas de la revolución y había encontrado que en última instancia éstas se producían por la injusticia en la sociedad, al no tratar a los iguales como iguales, allí afirma que: “La desigualdad es siempre, lo repito, la causa de las revoluciones cuando no tienen ninguna compensación los que son víctimas de ella… la revoluciones se hacen para conquistar la igualdad” (23).

En el siglo XIX, Marx piensa, en “una glosa crítica para un artículo sobre los prusianos”, que: “una revolución se encuentra en el punto de partida del todo porque… es una protesta contra la vida deshumanizada, porque parte del punto de partida del individuo real particular, porque el carácter genérico, contra cuya separación reacciona el individuo, constituye el verdadero carácter genérico del hombre, la esencia humana” (24). Es decir, podríamos afirmar que para Marx el asunto de una revolución es una cuestión ética fundamental en la que se juega lo humano de la humanidad; ella es al mismo tiempo una protesta contra la inhumanidad y simultáneamente una búsqueda de mayor humanización.

La vida buena o el vivir bien, euzoia, humanamente, con felicidad, es decir con eudemonía, se da en la sociedad comunista del futuro en la cual la prehistoria humana de la explotación del hombre por el hombre haya terminado y comience la verdadera historia humana, en la cual el hombre sea para el hombre. Afirman Marx y Engels: “Para nosotros, el comunismo no es un estado que debe implantarse, un ideal al que haya de sujetarse la realidad. Llamamos comunismo al movimiento real que anula y supera el estado de cosas actual (25).

Lenin, más adelante, en 1920, frente a la federación de jóvenes afirma “¿Existe una moral comunista?… Ciertamente sí, con frecuencia se pretende que no tenemos nuestra propia moral y más frecuentemente, la burguesía nos reprocha a nosotros, Comunistas, de renegar toda moral. Este es un medio de falsear los conceptos, de echar tierra a los ojos de los obreros y de los campesinos. ¿En qué sentido negamos la moral, negamos la ética? En el sentido predicado por la burguesía, la que deducía la moral de los mandamientos de Dios… Nosotros negamos toda esa moral derivada de concepciones exteriores a la humanidad, exteriores a las clases… Nosotros afirmamos que nuestra moral está subordinada por entero a los intereses de la lucha de clases del proletariado… Nosotros decimos es moral lo que sirve para destruir la antigua sociedad explotadora que está creando la nueva sociedad, la sociedad comunista… Cuando se nos habla de moral, nosotros decimos: para el comunista, la moral consiste por entero en la disciplina solidaria y coherente y en esa lucha consciente de las masas contra los explotadores. No creemos en la moral eterna y denunciamos todo tipo de fábulas engañosas acerca de la moral. La moral debe servir a la sociedad humana para superarse, para liberarse de la explotación del trabajo” (26).

La ética marxista es una ética que busca la realización de “la vida buena”, no del hombre en abstracto como ser genérico sino la vida buena, el vivir bien del hombre concreto, en las situaciones históricas y sociales concretas y en condiciones económicas concretas, en donde el hombre se genera y se regenera permanentemente.

Para terminar diremos que uno de los sueños de Marx, es el de una gran ciencia, la ciencia del hombre, la cual en el fondo sería un conocimiento transformador profundamente ético, en ella el individuo, en una nueva sociedad, supera la alienación como fenómeno social y vive de una forma plenamente humana como un “individuo social”, con su dimensión ecuménica (27), que es el desarrollo de su dimensión absolutamente humana.

Así pues, para concluir diremos, Marx y el marxismo, bien entendido, es un humanismo, es decir, toda una propuesta ética, que busca construir de forma activa una vida buena para el ser humano, de ahí que no se conforma con enunciar la patología de la sociedad histórica sino que busca implementar la terapéutica adecuada para posibilitar la vida del hombre, del individuo social en plenitud, es decir, en interretrorelación constructiva y posibilitante con la sociedad, es decir, con sus congéneres así como en relación codialogante con su entorno, su ecosistema, buscando la liberación plena del ser humano a nivel individual, social y de la humanidad entera.

Notas y citas:

1.- Discurso publicado en Inglés por F. Engels, en el cementerio Highgate, el 17 de marzo de 1883.

2.- En este sentido revísese los excelentes trabajos de teólogo Küng Hans: La encarnación de Dios, Introducción al pensamiento de Hegel como prolegómenos a una cristología futura, Ed. Herder, Barcelona 1974, y ¿Existe Dios?, ed. Cristiandad, Madrid, 1981

3.- Blumenberg Werner, Marx, Salvat, Barcelona, 1985, p.23

4.- Marx, C. Reflexiones de un joven a la hora de elegir profesión. Ibid. p.32

5.- Marx, C. Carta a Engels 23 de agosto 1866.

6.- Marx C. Carta a S. Meyer, 30 de abril 1867.

7.- Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, Introducción.

8.- La ideología alemana, Grijalbo, Barcelona 1970

9.- Ibid, p. 27.

10.- Marx C, Engles F. Manifiesto del partido Comunista, Ed Progreso, Moscú, 1976, p 111

11.- Ibid.

12.- Ibid.

13.- Ibid.

14.- Cfs. Küng, H. Ob. Cit

15.- Cfs. Feuerbach, La esencia del cristianismo, Sígueme. Salamanca 1975

16.- Existe un interesante estudio del fetiche de la mercancía realizado por uno de los filósofos latinoamericano más connotados, Enrique Dussel, quien analiza la conexión de este concepto con la teología judeo-cristiana. Cfr. Dussel E. La Metáforas teológicas en Marx, EVD, España, 1993

17.- Marx, C. El Capital, Citado por Schaff, La alienación como fenómeno social, Grijalbo, Barcelona, 1979, p.89

18.- Marx, El Capital, Cartago, Buenos Aires, Tomo I, p. 482, 483

19.- Cfs. Schaff, Adam, Filosofía del Hombre (Marx o Sartre) Ed. Grijalbo, México 1965

20.- Engels. F; Antidühring, Ed. Grijalbo, México. 1968. p.81-83

21.- Marx. C. –Engels, F. La ideología alemana. Pueblos unidos/ Grijalbo, Montevideo/ Barcelona, 1972 p.287

22.- Cfs. Bb. Cit. Schaff, La alineación como fenómeno social.

23.- Aristóteles, Política, Fundación editorial el perro y la rana, Caracas, 2006, libro VIII, cap. I, 324

24.- Marx, C. Kritische Randglossen zu einem Artikel des “Preussen”, MEGA, Berlín 1932, Vol3, pag 22. Citado por Schaff, Marxismo e individuo humano, Grijalbo, México 1967. P.66

25.- Marx, C. Engels, F. Op. Cit. , p. 37

26.- Lenin V. I. Las tareas de la federación de la juventud, discurso del 2 de octubre de 1920. Citado por Dognin P.D. Introducción a Carl Marx, CEDIAL, Bogotá, 1981, p.253

27.- Cfr. Schaff, A. Humanismo Ecuménico, Ed. Trotta, Madrid, 1993.

Bibliografía:

Aristóteles, Política, Fundación editorial el perro y la rana, Caracas, 2006

Dussel E. La Metáforas teológicas en Marx, EVD, España, 1993

Engels. F; Antidühring, Ed. Grijalbo, México. 1968

Feuerbach, La esencia del cristianismo, Sígueme. Salamanca 1975

Introducción, crítica a la filosofía del derecho de Hegel, 1843.

Küng Hans, La encarnación de Dios, Introducción al pensamiento de Hegel como prolegómenos a una cristología futura, Ed. Herder, Barcelona 1974

Dognin P.D. O. P, Introducción a Carlos Marx, CEDIAL, Bogotá, 1981

Marx, C. El Capital, Cartago, Buenos Aires, tomo I

Marx. C, Engels f. ,Obras escogidas, Editorial Progreso, Moscú,1976. 3 tomos,

Marx. C. Engels, F. La ideología alemana. Pueblos unidos/ Grijalbo, Montevideo/ Barcelona, 1972

Schaff, Adam, Filosofía del Hombre (Marx o Sartre) Ed. Grijalbo, México, 1965

La alineación como fenómeno social, Ed. Crítica, Barcelona, 1979

Humanismo Ecuménico, Ed. Trotta, Madrid, 1993

Marxismo e individuo humano, Grijalbo, México 1967.

Notas:

Fuente: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=84448

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SPAIN. 27 de abril de 2009

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February 22, 2010 - 10:02 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

“LOS ORIGINES DEL TERRORISMO”
(O: “Utilizando a Rousseau como chivo expiatorio”)


  Los sentidos de la vista, el tacto, el de la audición, el olfativo nos conectan con el mundo “externo”, el físico, jugando un papel de gran valor la mente, constituida, en este caso, como el elemento medular. En este sentido podemos afirmar que el ojo es un órgano, como también lo son el oído, la nariz, la piel; la mente es el sentido o los sentidos; es decir: la mente es quien ve, escucha, siente, huele… ¿Por qué?; porque somos la mente; lo demás es materia. Cuestionando el concepto, tenemos materia y espíritu; esto es: la mente y el espíritu son una misma cosa… Al decir nosotros: “nuestra mente”, estamos diciendo: “nuestro espíritu, nosotros”. Si somos mente, somos espíritu; en donde: cada persona es un espíritu… dentro de la materia, del cuerpo. La mente o espíritu no muere; la mente o espíritu es universal y eterno. Eso somos.

    Los sentidos captan los fenómenos y transmiten estas imágenes y sensaciones a la matriz, la mente. Desafortunadamente ésta se halla bajo el dominio de los animales-pensamiento, nuestros huéspedes, encargados de clasificar y calificar la información. Esto nos lleva a darnos cuenta de que estamos desconectados con nosotros mismos, con nuestra parte esencial, nuestro principio. Los animales- pensamiento, al apoderarse de la mente, nos hacen creer que somos ellos. Es como cuando los ladrones se meten en una casa, amarran al dueño y toman su lugar. Así estamos nosotros en nuestro cuerpo. Estos animales-pensamiento son los encargados de crear nuestra personalidad, nuestra imagen, debiéndose   esto a la existencia de los ladrones, los estafadores, los mentirosos, los asesinos, los violadores, los fumadores, los bebedores de ron, la prostitución, los pirómanos, los invertidos, etc., etc., relacionándose todas estas actividades con lo incorrecto y lo indigno si se pretende la integridad en el individuo, conociéndose además que cualquiera de estas disposiciones contiene el principio de la violencia.

  A falta de la conexión con la mente y estando, por tal motivo, a merced de los animales-pensamiento, al hombre se le imposibilita el conocimiento de sí mismo, la incursión en el mundo filosófico, única manera de deshacerse de los huéspedes oscuros para conseguir la verdadera libertad. Así, por ejemplo, cuando Rousseau dice: “… Nada he dicho del rey Adán, ni del emperador Noé, padre de tres grandes monarcas que se repartieron el imperio del universo, como los hijos de Saturno, a quienes se ha creído reconocer en ellos. Espero que se me agradecerá la modestia, pues desciendo directamente de uno de estos tres príncipes, tal vez de la rama principal, ¿quién sabe si, verificando títulos, no resultaría yo como legítimo rey del género humano? Sea como fuere, hay que convenir que Adán fue soberano del mundo, mientras lo habitó solo…” Esta parte es clave para reconocer que los trabajos de Rousseau no se refieren a lo externo. ¿Por qué le llama rey a Adán, y emperador a Noé? Sencillamente porque el elemento Noé contiene mayor carga, teniendo en este caso, mayor sensibilidad la sustancia, en comparación con el elemento Adán. Aquí Noé representa lo dicho por Kant: “Puedo reconocer antes analíticamente el concepto de cuerpo,  impenetrabilidad, forma, etc., las cuales son todas ellas pensadas en este concepto.” ¿A qué imperio del universo se refiere Rousseau? Cuando Rousseau dice: “… descendiendo directamente de uno de estos tres príncipes, tal vez de la rama principal, ¿quién sabe si, verificando títulos, no resultaría yo como legítimo rey del género humano?”, se refiere a un proceso llevado por él con respecto a la sustancia, donde el sujeto, su otra personalidad, la no física, en ese otro plano, expresa lo de su vínculo directo con la escena filosófica, reconociendo sus dos mundos; mostrándose además, que la única forma de ser rey del género humano o rey del mundo es desde el componente sustancial. Si escudriñásemos minuciosamente los tratados de filosofía, veremos cómo a estos héroes míticos los llaman dueño del mundo, Señor del universo o del cielo, Señor de los océanos, Dueño de la Tierra, etc.; a uno de estos elementos de nombre Abraham mencionado en un tratado de metafísica, su dios le obsequia toda la tierra, diciéndole: “Alza tus ojos y mira el lugar en donde estás hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Pues bien, toda la tierra que ves te la daré a ti y a tu descendencia por siempre.”; otro de estos héroes, llamado dios del mundo, dice: “Mi reino no es de este mundo.” 

  Género humano es la misma sustancia sensible, puede ser sensible a medias o en su totalidad; es lo mismo que muchedumbre, pueblo, asociación, hombres, masa, etc., etc. Sobre estos componentes metafísicos, Rousseau desarrolla sus temas “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”, “Discurso sobre las Ciencias y las Artes”, etc. Ya hemos hablado sobre el término desigualdad entre los elementos sustanciales, mismos hombres (nada externo), donde unos elementos expresan menos voluntad que otros, debiéndose esto a que la ciudad legisladora, sea Roma, Atenea, Ginebra, etc. (Ginebra es utilizada por Rousseau en reemplazo de otras), es atrayente. Como filósofo, Rousseau se vale del método o sistema “binario en la narrativa filosófica”, utilizando elementos del plano exterior, relacionados inclusive con el tiempo, simplemente para dejar en claro ciertos puntos, algunas veces, como fue usual en Nietzsche, o porque determinados nombres le son muy apropiados, o porque otras acciones externas se prestan para enfrentarlas en el plano interno.

  En la actualidad existe un abismo entre la real filosofía y lo conocido en estos tiempos como filosofía; de eso somos conscientes. Y ha sido tan estruendosa y violenta la caída de los que se consideran filósofos sin serlo, que para ellos es inconcebible creer que todos los trabajos de Rousseau sean metafísicos. Podríamos nombrar a otros filósofos reales de los últimos tiempos utilizados como chivos expiatorios por los antifilósofos o seudofilósofos. Podríamos nombrar algunos de los pocos filósofos reales habidos, pero por el momento traemos a Rousseau, si bien a éste se lo utilizó, malinterpretando su doctrina, para encender la chispa que ocasionó la “Revolución Francesa.”

  Cuando Rousseau dice: “… lo que es aún más grande y más difícil, concentrarse en sí mismo para estudiar al hombre y conocer su naturaleza, sus deberes y su razón de ser” se refiere a que esto de concentrarse en sí mismo para estudiar al hombre, es conectarse con la sustancia, no es otra cosa; en este caso hombre es un elemento sustancial. Refiriéndose a esto, Platón lo deja claro cuando expresa: “La Filosofía es un silencioso diálogo del alma consigo misma en torno al ser. ¿Se le ha oído decir a algún antifilósofo lo de la necesidad de concentrarse en sí mismo para estudiar al hombre y conocer su naturaleza…? Porque en este caso el hombre necesitaría hallarse dentro del hombre… Cosa que sí sucede con el filósofo, como en el caso de Rousseau, donde él estudia al hombre en su interior, al hombre sustancial…

  También habla Rousseau de la patria, de la necesidad de defender la patria, refiriéndose a esa patria interior. ¿Pero qué es la patria interior? Se trata del entorno donde se “mueve” el elemento sustancial, la muchedumbre. Puede decirse también que es el lugar desde donde se proyecta dicho elemento, entendiéndose que todos ellos deben vincularse al proceso, implicando tal cosa su alejamiento del punto de origen, pero manteniéndose siempre conectados con a aquél, gracias a la sensibilidad en la sustancia. No obstante se da también el fenómeno de que la patria es todo lo acumulado, un capital (de aquí el nombre de “capital” de un país; así, capital no es otra cosa distinta a recaudo, acumulación de bienes, donde toda capital es un bien común, una riqueza obtenida con el sacrificio). En lo externo, capital también es la ciudad donde se instala el gobierno. Esto nos está corroborando lo de pasar los significados metafísicos al plano exterior. De esta manera vemos cómo patria y capital son una misma cosa. Para el elemento sustancial, capital representa el esfuerzo, sus ahorros, y algo muy importante: la razón de su vida. Así, el capital se convierte en el tesoro, en la hacienda, y de hecho lo es: constituye la riqueza, la aparición del rey en la escena filosófica y forma parte del ser. Uno de los propósitos del plan filosófico es la conservación del capital, su buen manejo y su entrega sin tacha; esto es: el capital, al   entregarse, debe ser excelso, conocido como crisol. Eso es la patria, eso es el capital: el agua transformada en oro (en metafísica, naturalmente, conociéndose que una parte de la metafísica es la alquimia). De este plano se tomaron estas ideas y se pasaron al mundo exterior. De esta idea de la transformación de trabajo en capital, de esta idea de transportar el material sustancial, por parte de los elementos, la muchedumbre, el pueblo, los trabajadores, etc., etc., los antifilósofos crearon el socialismo, la lucha de clases, la movilización de los obreros, las masas; es decir, trastocaron elementos metafísicos por elementos externos, el hombre de carne y hueso, desconociendo que todo se reduce a una ofrenda a Dios, eso es la movilización de las masas en metafísica: trabajar para Dios; sin embargo se le dio un giro adverso. Con razón Rousseau dice: “Todo es perfecto al salir de las manos de Dios y todo degenera en manos de los hombres”.

    Cuando Rousseau dice: “Yo no hubiera querido vivir en una república de reciente institución, por buenas que fuesen sus leyes, temiendo que, no conviniendo a los ciudadanos el gobierno, tal vez constituido de modo distinto al necesario por el momento, o no conviniendo los ciudadanos al nuevo gobierno, el Estado quedase sujeto a quebranto y destrucción casi desde su nacimiento”, se refiere a que la república o patria de reciente institución carga con la experiencia última (en este caso la experiencia de que nos habla Kant, de donde emana el conocimiento transcendental), un tanto incómoda debido al sentimiento de culpabilidad que se percibe al ver “el edificio en ruinas” de que también nos habla Kant. En este punto, donde también se es consciente de que sus leyes se muestren firmes a simple vista, estado común en el inicio de toda república, aunque se sabe que poco a poco y con el sacrificio de todos, se va adquiriendo la templanza. Pero no todas las veces es así, si bien nadie puede garantizar el no consumo temprano de la bebida. Es a lo que se refiere Rousseau cuando dice: “…o no conviniendo los ciudadanos al nuevo gobierno, el Estado quedase sujeto a quebranto y destrucción.”

  En todos los tratados de Filosofía se muestra a los elementos defendiendo la patria, el capital. Lo que se conoce como Imperio Romano no es otra cosa que la pelea por este capital, por este componente de la sustancia; ¿cómo iba a darse este fenómeno en lo externo si todos estos personajes pertenecían a la sustancia?, si ninguno existió en el plano físico. La figura del héroe mítico de las Galias es tan antigua, que la “gaya ciencia” se refiere a su ciencia.

  Por lo general, en los trabajos de filosofía aparece un héroe conduciendo a las masas, las cuales conforman el capital, mostrándonos la figura del transporte de dicho producto. Todo héroe lucha por conservarlo, inclusive pagando por ello con su propia vida. Utilizando erradamente esta figura, esta simbología, los antifilósofos, queriendo aparecer como conductores de masas (fanatismo que terminó convirtiéndose en síndrome), como defensores de pueblos, dieron comienzo al socialismo.

    En trabajos anteriores, ya hemos explicado lo de la comunión, la igualdad de clases, lo del derecho, la rectitud, la disciplina, donde todos piensen en un bien común, donde todos sean iguales, esto para que no haya alteración en el conjunto, dándose así una conducción ordenada. Lo de este comportamiento, el interés del “guía de hombres” en mantener la igualdad de comportamiento en todos, de que ninguno posea más que otro, no es sino porque, al uno poseer más que el otro, adviene el desequilibrio en toda la masa, la sustancia. Aclaramos que la sustancia es atrayente, todos quieren tomarla, y con uno solo que meta la mano en el plato antes de tiempo, se pierde el trabajo, el trabajo de muchos, de todo el pueblo; por eso se hace necesario la igualdad de clases; esto es la igualdad de clases, lo cual se da únicamente en el plano metafísico; en el exterior es imposible que se dé, porque la vida misma radica en eso, en la desigualdad, el desequilibrio. Así ha sido y será por siempre. Esta terquedad por pretender conseguir la igualdad entre los hombres sin que sea cada quien, individualmente, quien la busque en su interior, ha contribuido también a la destrucción del planeta.  Recordemos que nadie es perfecto, nadie lo será jamás; quien diga serlo, miente; solamente se puede controlar, con esfuerzo, el mal; pero el mal siempre está en el hombre, siempre estará, porque el mal es el soporte para el resurgimiento del bien; por eso se dice, y con razón, que de la materia descompuesta emerge la vida. Ahora, en el plano metafísico sólo se da, esta igualdad de clases, en un determinado tiempo, corto, conocido, en los tratados de metafísica, como tiempo de reposo, sabad, sin vinculación con el último día, ya que el tiempo de reposo o igualdad de clases lo determina la tenacidad del elemento guía; o sea que el sabad no obedece a un ciclo establecido, sino a la voluntad recia del guía, siendo este guía la suma del conjunto, el pueblo; así, el guía contiene al pueblo, mas no éste al guía, si bien no son de la misma naturaleza; es como decir: la mónada en el pueblo, en la masa. Vemos entonces cómo la escena filosófica se compone de dos acciones fundamentales: la guerra y la paz; movimiento y reposo, ambas conteniendo al ser. Esta guerra o lucha, determinante en filosofía (de aquí las guerras púnicas y todas las demás mencionadas en los escritos de Tito Livio, Plutarco, Hesíodo, Herodoto, Julio César Cayo, las nombradas en los cartuchos y papiros de los egipcios antiguos, etc., etc.) se la conoció como “Lucha Santa”, “Esfuerzo en el Camino de Dios”, “Yihad”, etc., etc. Esto es: defender lo de Dios, la ofrenda, el hombre mismo o su esencia; es como cuando uno siembra un grano de maíz con el objeto de recoger la cosecha, siendo estos frutos la esencia del hombre, lo bueno que éste pueda brindar a Dios, la ofrenda, el oro, el oro extraído de las aguas (sin estar hablando de diezmos ni dinero; los diezmos son espirituales). Vemos cómo el cuerpo del hombre no es más que un elemento de Dios, con el cual puede El conseguir su alimento; esto es: somos el alimento de Dios, siempre y cuando lo procesemos limpiamente, procesemos esa sustancia contenida en nosotros. Intentando cumplir con este requisito, obviamente confundiendo el simbolismo, a las iglesias o templos se los adornó con oro, y muchos reyes se “bañaban” en oro, se cubrían en oro. En lo referente a las Luchas Santas, tomándose el asunto por la letra muerta, el hombre de carne y hueso propició y continúa propiciando guerras reales, matanzas bestiales. Son tan determinantes las guerras en la escena filosófica, que los dioses se hacen llamar “Dios de los Ejércitos”, “Dios de la Guerra”, “Thor”, “Marte”, etc., etc. El mismo Sun Tzu, buscando guiar a los filósofos sobre este componente filosófico, escribió “El Arte de la Guerra”, pero como sucedió con el resto de tratados filosófico, el hombre de carne y hueso lo malinterpretó, creyendo que se trataba de guerras en lo externo, siendo unos de estos equivocados Mao Tse Tung y el mismo Napoleón, entre otros.

    Llevando la equivocación a los extremos, los antifilósofos inculcan a sus seguidores las consignas de “¡Patria o muerte!”, donde los incautos, sin conocer de dónde viene todo, se arman, se lanzan a la guerra, matan y se hacen matar. ¿Qué tenemos aquí? Tenemos lo siguiente: En vez de convertirse en un alimento para Dios, para su Creador, el hombre se convierte en un alimento desechado por Dios. Esto nos está mostrando que la única forma de solucionar todos nuestros problemas, económicos y demás, es convertirnos en alimento de Dios. ¿Cómo puede el grano de maíz revelarse contra quien lo siembra?, ¿qué es el grano de maíz frente al hombre? He aquí el principio de la claridad, la inteligencia: reconocer nuestra posición. Para solucionar nuestros problemas no debemos pensar en que otros nos los resuelvan, porque nadie nos los va a resolver si no comenzamos con ofrecernos como alimento para quien nos sembró. Al no hacer esto, quedamos desamparados y nos aprovechan otras fuerzas, muy terribles por cierto.

    Esos que se hacen llamar “salvadores de masas” esos “libertadores” o “salvadores del mundo”, que es lo que ha dado la antifilosofía, la proliferación de “salvadores”, no salvan a nadie, ni siquiera a ellos mismos. Y no lo pueden hacer porque ellos mismos están hundidos en el inframundo.

  Cuando Rousseau dice: “Todo hombre nacido esclavo, nace para la esclavitud. Los esclavos pierden todo, hasta el deseo de su libertad: aman”, no se refiere al hombre de carne y hueso, al de este mundo, sino al de la sustancia, el del plano metafísico. La esclavitud aquí no es otra cosa que la debilidad por la sustancia, su fuerza atrayente; se es esclavo mientras exista esta rendición.

fragmento del libro: LA REAL FILOSOFIA II, autor: ANTONIO RAMOS MALDONADO


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