Pruebas de la existencia de Dios (5)

12. Los argumentos fundados en el orden moral

Kant llama “pruebas ético-teológicas” a las pruebas de la existencia de Dios fundadas en el orden moral. Después del giro antropocéntrico que representó la obra de Kant en la historia de la filosofía, muchos filósofos han pasado a conceder más importancia a esta clase de argumentos que a las pruebas cosmológicas. Por ejemplo, para John Henry Newman (1801-1890) la prueba más importante de la existencia de Dios es la que parte del hecho de la conciencia. Sin embargo, para el propio Kant la existencia de Dios era un postulado de la razón práctica, es decir una suposición sin fundamento racional que le resultaba conveniente para fundamentar su filosofía moral. Un postulado de esta clase no es en el fondo más que una opción arbitraria, tan justificada como la opción contraria.

Plantearé brevemente dos argumentos fundados en el orden moral, uno basado en la obligación moral y otro basado en la sanción moral.

El hombre se siente obligado de una manera absoluta a hacer el bien y evitar el mal. Una obligación absoluta implica la tendencia de la voluntad a un bien absoluto. Esta tendencia no proviene de la libre elección del hombre sino de una necesidad natural. Ahora bien, dicha necesidad natural proviene del Creador de nuestra naturaleza. Dios mismo es el bien absoluto y, si crea seres espirituales, necesariamente los obliga a tender hacia Sí mismo. Él es el fundamento de la obligación moral.

El hombre que cumple su deber moral debe alcanzar la felicidad. La exigencia de una sanción justa es también absoluta. No podemos aceptar que nuestro destino esté finalmente entregado a las contingencias naturales o a una voluntad exterior arbitraria. La existencia de Dios es la única garantía posible de la sanción moral justa.

De acuerdo con la filosofía tomista, los argumentos morales, en rigor, no son concluyentes, porque parten de hechos de experiencia que pueden ser negados y que habría que justificar ulteriormente.

De acuerdo con el enfoque filosófico-trascendental, seguido entre otros por J. Maréchal, J. B. Lotz y Karl Rahner (1904-1984), los argumentos morales tienen tanto valor como los cosmológicos, en tanto todos ellos son desarrollos diversos de la “experiencia trascendental”, única vía de acceso al conocimiento de Dios.

13. El testimonio de los místicos

Según Henri Bergson, el misticismo es el hecho principal que, coincidiendo con otras conclusiones de la experiencia, permite alcanzar el conocimiento de Dios. Dios es experimentado en una intuición cuyos sujetos privilegiados son los místicos. El amor místico llega hasta la misma raíz de la realidad. Sin embargo, Bergson reconoce que la experiencia mística, dejada a sí misma, no puede dar al filósofo la certeza definitiva de la existencia de Dios.

Es un hecho que algunas almas privilegiadas nos declaran haber experimentado la presencia de Dios, no simplemente por inferencia, sino a través de una especie de percepción oscura.

Según el pensamiento tomista, este testimonio puede corroborar nuestra adhesión a la existencia de Dios, pero sólo tiene valor por referencia a la fe, no como argumento de razón. Quien no cree buscará explicaciones naturales de las experiencias de los místicos.

Según el enfoque filosófico-trascendental, las experiencias místicas aquí aludidas no son más que casos particulares de la experiencia trascendental, la cual es en cierto sentido una experiencia de Dios (indirecta, implícita y atemática), que se da en el hombre siempre y en todo lugar.

Estas dos corrientes filosóficas coinciden en que, para dar razón de nuestra afirmación de la existencia de Dios, no tenemos que recurrir a investigaciones especiales de alta ciencia ni tampoco a vivencias extrañas. Nos basta por completo desarrollar metódicamente las referencias a Dios contenidas en la experiencia cotidiana, accesible a todos los hombres.

14. El consenso universal

La demostración de la existencia de Dios denominada prueba por el consenso universal o por el consenso de los pueblos se encuentra por ejemplo en la obra de Cicerón.

Se podría plantear de la siguiente manera: El punto de partida de la prueba es el hecho de que la gran mayoría de la humanidad, a lo largo de la historia y a lo ancho del mundo, ha practicado o practica una religión. Según el principio de finalidad, todo agente obra en vista de un fin. De aquí se puede deducir que un deseo natural de un ser racional no puede ser vano. Aplicando este principio al hecho enunciado, resulta que la religión natural no puede ser vana. De aquí se concluye la existencia de la divinidad.

Según la filosofía tomista, este argumento tiene sólo un valor de probabilidad, por las siguientes razones: El hecho tomado como punto de partida no es evidente. La humanidad actual incluye un porcentaje considerable de personas ateas. Además, no es fácil determinar el contenido común del hipotético consenso universal. Por otra parte, tampoco es evidente que el consenso religioso de los pueblos nos permita hablar de un deseo natural de Dios. Se podría poner en duda que fuese un deseo natural o que su objeto fuese el Dios único del monoteísmo. Podría sostenerse que existe un deseo natural de la trascendencia, es decir de una forma de existencia que vaya más allá de lo temporal y de la muerte, de una cierta realidad que exista más allá de lo condicionado y limitado de esta vida.

El análisis tomista se basa en la necesidad de todo ente inteligente de conocer la causa de las cosas. Eso lleva a la inteligencia humana a desear el conocimiento de la Causa Primera. Y como el conocimiento perfecto es el intuitivo, incluso afirma Santo Tomás que ese deseo natural tiene por objeto la visión beatífica, que es sobrenatural. Sólo que es un deseo ineficaz y condicionado, hipotético, dicen los tomistas, para salvar la gratuidad de la ordenación al fin sobrenatural, que no es exigido por la naturaleza humana.

Sin embargo, el “consenso de los pueblos” es un indicio muy importante. Las diferentes convicciones de los seres humanos acerca de la cuestión religiosa, en la medida en que tienen un origen natural, se pueden explicar como desarrollos reflexivos más o menos acertados de la experiencia de lo condicionado (infiriendo la existencia de lo incondicionado por vía de causalidad, según el tomismo) o bien de la experiencia no conceptual de lo incondicionado (que es la condición de posibilidad de la experiencia de lo condicionado, según el enfoque filosófico-trascendental).

15. La fundamentación filosófico-trascendental

Para este numeral, cf. Karl Rahner, Experiencia del Espíritu (véase la bibliografía).

Dentro de la corriente filosófico-trascendental, la forma cosmológica de las pruebas clásicas de la existencia de Dios se transforma en una forma que parte del hombre. La existencia de Dios se presenta aquí como la condición que hace posible la vida humana consciente y libre. Con ello se pretende lograr una mayor independencia de las imágenes del mundo condicionadas por los conocimientos científicos del momento y poner de relieve la importancia de Dios como fundamento que posibilita y da sentido a la existencia humana. Según esta postura se debe distinguir entre la experiencia atemática de este fundamento divino y su desarrollo conceptual explícito.

Esta corriente de pensamiento no coincide con el ontologismo, puesto que sostiene que no hay una experiencia directa y explícita de Dios, a la manera de la percepción de un objeto particular. Sin embargo, a la vez sostiene que la experiencia de lo incondicionado, que se da en la experiencia atemática del ser, de la verdad, del valor, de la autoconciencia, de la libertad, etc., es en cierto sentido una experiencia de Dios. El conocimiento explícito de la existencia y de la esencia de Dios no sería entonces nada más ni nada menos que el desarrollo conceptual de esta experiencia trascendental. Este conocimiento explícito de Dios, por la naturaleza misma del asunto, dependería de una decisión personal que no puede forzarse.

La experiencia trascendental se puede captar reflejamente en un amplio conjunto de hechos fundamentales. A modo de ejemplo indicaré aquí el desarrollo metódico de la referencia a Dios contenida en uno de esos hechos, el del hombre en busca del sentido de la vida.

El obrar humano no es posible sin una captación de sentido. Propiamente sólo tiene sentido aquello que apunta por encima de sí mismo. Las actuaciones particulares del hombre sólo tienen un sentido cuando su vida como un todo tiene a su vez sentido. El sentido de la vida entera no necesita de ninguna fundamentación ulterior; es algo incondicional. Estamos profundamente convencidos de la existencia de un sentido de la vida. Una orientación radical hacia algo no puede carecer de objeto. En la medida en que un hombre, en cada uno de sus actos, supone y afirma un sentido absoluto de su vida, reconoce una realidad última que el lenguaje religioso llama “Dios”.

La crítica tomista a esta postura incluye los siguientes puntos fundamentales:
• No parece que pueda existir una “experiencia atemática” ni una “experiencia atemática del ser”, en el sentido dado a estos términos por la corriente filosófico-trascendental.
• No puede existir una experiencia natural de Dios por parte de un ente finito.
• No todo conocimiento de Dios depende de una decisión personal. Las pruebas de la existencia de Dios, en cuanto tales, tienen una validez intrínseca, que no depende de una decisión personal. Lo que depende de una decisión personal es la aceptación de las pruebas.


(Fin)

(Daniel Iglesias Grèzes, Razones para nuestra esperanza. Escritos de apologética católica, Centro Cultural Católico “Fe y Razón”, Montevideo 2009, Capítulo 1)

El libro en cuestión está disponible en: http://stores.lulu.com/feyrazon

Bibliografía:

Bibliografía consultada
• Artigas, Mariano - Introducción a la Filosofía, Libros de Iniciación Filosófica 7, EUNSA, Pamplona 1990.
• Grison, Michel - Teología Natural o Teodicea, Curso de Filosofía Tomista 6, Editorial Herder, Barcelona 1985.
• Maritain, Jacques - Introducción a la Filosofía, Club de Lectores, Buenos Aires 1985.
• Muck, Otto - Doctrina filosófica de Dios, Biblioteca de teología 6, Editorial Herder, Barcelona 1986.
• Rahner, Karl - Experiencia del Espíritu, Narcea, S.A. de Ediciones, Madrid 1978.
• Teilhard de Chardin, Pierre - El fenómeno humano, Historia del pensamiento 14, Ediciones Orbis, Barcelona 1984.
• Tomás de Aquino, Santo - Suma Teológica, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1955.
• Weissmahr, Béla - Teología natural, Curso Fundamental de Filosofía 5, Editorial Herder, Barcelona 1986.

Daniel Iglesias

Católico laico, uruguayo, nacido en 1959, casado con María Alejandra, con tres hijos: María Inés, Juan Pablo y Santiago José. Ingeniero Industrial, Magister en Ciencias Religiosas y Bachiller en Teología. Secretario de la Obra Social Pablo VI y del Centro Cultural Católico “Fe y Razón”, asociaciones con sede en Montevideo. Autor de varios libros de teología. Su e-mail es: .(JavaScript must be enabled to view this email address).

Notas:

Fuente: http://infocatolica.com/blog/razones.php/1010081123-pruebas-de-la-existencia-de-d-5

URUGUAY.  9 de octubre de 2010

Hay 0 comentarios

August 08, 2014 - 7:16 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

existe evidencia histórica y arqueologica de la existencia del DIOS supremo


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