Teoria politica, ciencia y pervivencia de los mitos (Parte I y II)

Al imponerse el estado laico como una realidad, la doctrina de Locke, Montesquieu, Kant y Hegel se trasformaron en doctrinas e ideologías de los nacientes estados…

Parte I

¿Qué queda de la teoría política después de la ciencia?

Las ciencias sociales hace mucho que no avanzan pese a su cuantitativo crecimiento en cuadros de investigación, publicación de textos y lectores de los mismos debido al exponencial crecimiento de la alfabetización, aún mayor que el crecimiento vegetativo poblacional, y comparable a la matrícula universitaria. Las humanidades, ciencias sociales, ciencias físicas y especialidades técnicas se disputan por igual a los jóvenes ávidos de conocimiento, reconocimiento y o ascenso social.

Las ciencias físicas disociadas de las humanidades producen un conocimiento vasto pero banal pues sólo consiste en la respuestas de dudas arbitrariamente formuladas mientras los problemas acuciantes de la humanidad quedan postergados. Para quienes no es banal el acervo científico es para quienes ejercen el poder pues ellos han aprovechando a los científicos desde los albores de la civilización financiando su subsistencia, o incorporándolos en la corte, en calidad de artesanos calificados, hechiceros o sacerdotes.

Las ciencias sociales disociadas de las ciencias físicas producen un conocimiento aún más vasto que el anterior, y aún más banal. El aporte a los poderosos es menor pero aún significativo pues crea y recicla nuevas palabras útiles para la legitimación del ejercicio del poder. En las aulas universitarias, y en los departamentos académicos, maduran las palabras, y los sofismas, los neologismos y las entelequias, así como los agentes que las emplearán luego en el teatro de las operaciones. En algunos casos los departamentos académicos, o pseudo académicos, se trasforman en agentes directos empleados a la tarea común de engañar, confundir o cansar a las masas, principalmente a las audiencias, cuando no lisa y llanamente lavarles el cerebro. Pero en una sociedad desarrollada como la nuestra la academia de las ciencias sociales ocupa más bien un lugar, un cómodo y abrigado sitio, en la retaguardia; los medios de comunicación de masas son quienes se avocan a la tarea de engañar directamente al público, o manipular los atávicos impulsos que la ciencia día a día redescubre. Las universidades educan a los nuevos agentes y diseñan las nuevas técnicas de gobierno así como socializan a las clases ascendentes, desclasándolas, adoctrinándolas en la parábola de la dirigencia. Además homogeneizan la clase dirigente sea disminuyendo las fisuras doctrinarias o creando y recreando mitos, ideologías y o nuevas religiones.

En los últimos treinta y cinco años la ciencia ha dejado en la más absoluta obsolescencia a la mayoría del pensamiento social de los últimos tres siglos. Tal cual en su momento Copérnico, Galileo, luego Humbolt, Charles Darwin, Mendel y Einstein, las investigaciones en neurobiología, paleohistoria, paleobiología, etología, química orgánica e inorgánica y microfísica, obligan a re pensar todo lo que nos hemos acostumbrado a considerar un pilar sólido desde el cual edificar el conocimiento aplicado. La industria del pensamiento enajenado para altos ejecutivos, que inexorablemente se expande hasta los administradores de tiendas de comida rápida, han hecho suyos dichos aportes apurándose en justificar el actual estado de cosas, e inclusive sus modelos de negocios, torciéndole la nariz a tan extraordinarios descubrimientos. El poder ha aprendido la lección del colapso del poder eclesiástico, local y tradicional, debido a la negación majadera de los avances científicos tratando esta vez de hacerlos suyos.

La izquierda sin embargo, salvo contadas excepciones, no ha conseguido estar a la altura de las circunstancias, es más, parece ni percatarse de que esto ocurre. Mientras en el siglo XIX Marx celebraba el auge del ferrocarril y de las telecomunicaciones, los aportes de los economistas escoceses y los estudios de Darwin, y Engels hacía propios los avances de la antropología física y social más sofisticada de su época, las ansias de poder dirigidas a materializar el socialismo desviaron la mirada hacia cuestiones aparentemente más concretas, prontamente el aporte marxista se oscureció a propósito que la ciencia dejó de ser su fuente primordial. El triunfo bolchevique implicó la ruptura definitiva y desde entonces se han formado millones de adherentes que siguen considerando científica a la glosa de textos sagrados, escritos en alemán o inglés y traducidos por algún burócrata al ruso, y por otro a la vernácula, y hasta de otras barbaridades escritas directamente en ruso. En Europa y los EEUU, desde la intelectualidad marxista, se comenzó a transitar un oscuro sendero en paralelo al moscovita y que condujo a la ruptura radical que existe hoy entre ciencias sociales y ciencias físicas.

Si bien la intelectualidad occidental no es exclusivamente marxista ni de izquierda, el poder iconoclasta del conocimiento había causado estragos en el poder tradicional desde antes de Sócrates inclusive, pasando por Montaigne, Locke y Voltaire. La ciencia social de derecha, la que quiere justificar el statu quo y el uti possidetis (el mundo tal cual es, que no se moleste a los actuales propietarios ni gobernantes) no ha precisado de un mayor desarrollo pues le basta con acicalar a los mitos existentes y en casos extremos crear otros nuevos. El pensamiento social en estado puro, si se pudiera designar de ese modo, que hicieron gala pensadores como Max Weber, Émile Durkheim e incluso el propio Marx, influenciaron a tal grado a quienes los precedieron debido a que cada una de sus conclusiones se basaba en el acervo científico asentado, y en todo aquello que desconocían especularon fundadamente. Su propósito no fue, por lo tanto, revestir a los ídolos reinterpretando los mitos, sino que por el contrario el desnudarlos.

El paso en falso se cometió una vez que dichos autores estaban muertos, y eso ocurrió tanto en oriente como en occidente, pero en ambos por pensadores de izquierda. El auge del colonialismo impulsó a la lingüística y luego a lo que conocemos como antropología. La diversidad cultural del mundo comenzó a minar las serias conclusiones de Durkheim, Weber y Marx; dicha producción para una parte importante del mundo se silenció y para otra se interpretó a gusto. La división disciplinar coadyuvó a que se dichos avances no contaminaran a las ciencias sociales las que preferían ser influenciadas por la mitología nacionalista o redencional de derecha. Mientras la antropología realizaba su gran salto hacia delante la escuela de Francfurt, por ejemplo, releía a Hegel, un tipo vulgar, supersticioso y embustero según los estándares científicos de mediados del siglo XX; o se encandilaba con Freud, otro charlatán de la misma cepa.

Actualmente el escaso tiempo de los estudiantes de ciencias sociales se agota en relecturas ingeniosas, provocadoras, de complejos textos que descansan en la nada. Tonteras tales como arqueologías de esto o aquello, sin entender qué diantres es la arqueología, o la gramática de lo otro (como si las palabras se comieran en la África subsahariana o abrigaran en la Araucanía) son una muestra elocuente de la degradación que estoy reseñando. Autores que descansan plácidamente en Foucault como si se tratara de una eminencia en la historiografía, y lo apuntalan con los gastados ropajes del iracundo Nietzsche o con el falso ídolo del “estructuralismo”, entelequia que consiguió por sí misma desterrar a la antropología del mundo del saber serio; y o se refugian en las petit bouche intelectuales de Derrida, Lacán & Guattari. La forma de validar todo aquel idiotismo ilustrado es mediante un laxo Marx, uno que da para todo, por lo tanto es al mismo tiempo sospechoso y ofensivo que alguien pretenda hoy por hoy defender algún proyecto de cualquier tipo en el vilipendiado Marx o en el vulgarizado marxismo. Si la ciencia social de izquierda es hoy revestir a los ídolos y reciclar a los mitos sin lugar a dudas no existiría ninguna diferencia entre derecha e izquierda, al menos en las ciencias sociales.

Insistir en el derrotero del divisionismo epistemológico no sólo es catastrófico para la academia sino que para la izquierda toda. Las ciencias sociales en los tiempos de Marx eran parte integrante del conocimiento, del acervo cultural y científico, eso permitió que cambiara definitivamente la perspectiva desde la cual se mira a la humanidad. Pero demasiado tiempo ha pasado, poco para otras épocas, a penas un siglo y medio, pero en el que se han producido tantos descubrimientos científicos como en los siete millones de años de humanidad precedente. Considerar el avance de las ciencias como un enemigo de las ciencias sociales, por minar las bases dogmáticas convenidas políticamente, es el ejemplo más patente y patético de la decadencia, de la subsunción de lo académico en lo teológico, y esto último en lo global teocrático.

Hoy sabemos que el hombre no vivía en un mundo idílico antes de la civilización, pero tampoco en sus antípodas. Podemos especular fundadamente que el hombre al separarse del resto de los chimpancés, hace siete millones de años, consiguió transformarse en un primate extraordinariamente pacífico. Mientras se erguía y adquiría habilidades mecánicas y cerebrales para asir objetos, y por lo mismo poder utilizarlos como armas, el cráneo se hizo cada vez más delgado, y por lo tanto frágil. El hombre lobo de otro hombre no habría logrado sobrevivir, poblar a todo el mundo e inclusive prosperar. Tanto el mito del buen salvaje como la del bárbaro hostil no sólo corresponden a exageraciones sino que a la imaginación desbocada, disociada del conocimiento verificable. Sin embargo la teoría política de derecha se basa en la maldad esencial del hombre así como la de izquierda en su bondad.

En todo aquello que ha sido especular, las construcciones actuales son equivalentes a las de los ilustrados de cualquier época, e incluso inferiores, lo que explica la constante recurrencia a los clásicos. Esto es porque en otros momentos existía mucho tiempo para el pensamiento puro y la oportunidad de emplearlo, debido a la carencia del información. Era un océano de ignorancia que debía ser llenado desde la cabeza de un solo hombre o de algunos terlulianos. Hoy son cinco oceános de densa información pero aún existe espacio para el pensamiento puro pues se nos ha abierto un universo de ignorancia que debemos avocarnos a comprender. Pero dicho pensamiento está sujeto, al igual que en los tiempos de Aristóteles, a lo que ya sabemos, a lo que no podemos ignorar; nuestras especulaciones transitan un estrecho sendero que trabajosamente hemos horadado con la duda en el granito de la certeza.

Podemos especular qué hizo el hombre aquellos cien y tantos mil años en que hablaba pero no construyó estados, imperios, ni ejércitos, pero debemos sujetarnos a lo que sabemos, lo que nos obliga a desprendernos de los mitos.

La ciencia nos permite explicar el comportamiento del hombre, y con ello aceptar que nuestra distancia con las bestias no es tan abismante como se cree. La elección de pareja, las pulsiones gregarias, los impulsos por distinguirse y por mimetizarse al mismo tiempo, son extensiones de nuestra animalidad mediadas por una cultura omnipresente.

La teoría de la circunscripción de Carneiro, por ejemplo, nos permite completar el concepto de revolución neolítica de Gordon Childe pudiendo entender cómo se llegó del pacífico pastoreo, de la huerta primitiva hasta la bestialidad de la cultura moche o asiria. El surgimiento del Estado no fue un hecho pactado por ciudadanos libres como lo creía Rousseau o Locke, e hipócritamente toda la ciencia política liberal; tampoco una imposición de los hechos por sobre los hombres como lo desea la derecha. No se trató ni del único modo de evitar la violencia de unos sobre otros como lo pensó Hobbes, o de una evolución necesaria como nos tratan de decir algunos vulgares positivistas conservadores. Los estados se constituyeron debido al control de algunos grupos de las fuentes alimenticias de todos los humanos sedentarizados a kilómetros a la redonda, lo que obligó a unos para evitar la muerte o el exilio (que seguramente conducía a la muerte por inanición) aceptar las rigurosas condiciones impuestas desde una cúpula, desde los tributos pasando por el reclutamiento forzado de los hijos o la posesión ritual de las mujeres.

Estos asuntos son aún más complejos de lo que parecían hace cien años pues ningún evento se deriva necesariamente de otro anterior como ningún otro es suficiente para avanzar o desandar algún paso. El Estado no se originó como lo pensó Marx, explicado detalladamente por Engels: No fue la constitución de las clases derivada del tránsito del matriarcado al patriarcado, al monopolizar este poder la propiedad colectiva privatizándola. Por lo tanto la abolición de la propiedad privada no nos conducirá jamás a un comunismo pues, ni existiría dicho comunismo primitivo ni el Estado dependería únicamente de la propiedad privada ni de la división sexual del trabajo. Tampoco las especulaciones de Weber y de Durkheim son acertadas, y es lógico porque todos estos autores escribieron en la supina ignorancia de lo que hoy es conocimiento accesible a un escolar. Instar a destruir al Estado sin comprender de qué modo este ha prefigurado la cultura y la economía, y peor aún se ha globalizado, no pasa de ser un delirio anarquista tal cual creer en la bondad inherente del hombre, esencialismos teológicos creados y conservados con independencia de las evidencias. Lo grave es que se siga pensando a espalda de estas obviedades, pueriles extensiones de lo que alguna vez hizo Kojève o Fukuyama.

En fin, el riesgo mayor en estos momentos es que los avances científicos sean apropiados por una ciencia social de derecha, renovada, que se impulse con el conocimiento nuevo tal cual lo hizo la izquierda en su génesis. Es urgente apropiarse del conocimiento científico y reformular una teoría destinada a la emancipación del hombre. Se debe asumir que en vez que hacer marxismo del siglo XXI se debe hacer marxismo como lo haría Marx en el siglo XXI, es decir, pensamiento científico, pensamiento desde la ciencia no usurpando la legitimidad de esta para vender una sarta de marchitas supersticiones.

Parte II

Indispensable es para todos los pensadores políticos modernos, y sus precursores, el que una comunidad política no posea ningún poder sobre ella misma. La autonomía es condición esencial, dicen, de la soberanía. Los estados nacionales se construyeron en oposición a poderes externos, en específico la iglesia católica que oficiaba de supra estado o estado federal desde los tiempos de Roma, dando así continuidad al imperio.

A Maquiavello se le adjudica la paternidad de la teoría de la “cuestión vaticana”, la razón que impedía, o según otros que impide, que Italia se consolidara como una nación. Esta teoría tuvo sus versiones análogas en Inglaterra y Francia, así como su versión contemporánea en Antonio Gramsci. De Ockham y Rogerio Bacon fueron expulsados de Inglaterra por opiniones similares que sembradas en el continente luego fueron cosechadas por Hobbes y re internadas. Muchas de ellas fueron recogidas por Locke, quien militaba en el bando contrario del autor del Leviatán, pero en cuestiones religiosas coincidían.

La teoría de la propiedad de John Locke es la piedra fundacional del sistema liberal capitalista y fue construida nada más que para oponerse al catolicismo pues se pensaba, fundadamente, que el diezmo católico constituía un tributo solicitado por un poder extranjero. Locke explicó que así era y para ello construyó la teoría que refutaba la legitimación de los despotismos ilustrados, la teoría del Patriarca de Robert Filmer. Dicha teoría había sido atacada desde el frente conservador por Hobbes, sin éxito político, por lo que éste a penas consiguió evitar la horca. El sistema argumental de Hobbes pervivió en Locke y fue adaptado por el francés Montesquieu quien lo internó en las colonias americanas del norte, pues en Francia no consiguió ser profeta. Una situación similar ocurrió con Bentham ya que sus ideas no corrieron con suerte en Inglaterra, salvo que se diga que prosperaron mediante J.Mill y J.S.Mill, sino que en Francia pero principalmente en las colonias americanas debido a su amistad con Francisco de Miranda.

Conservadores como Hobbes y David Hume son padres de los fundamentos doctrinarios del nacionalismo laico. Hobbes por su construcción de la teoría laica de la soberanía y Hume por disipar cualquier duda respecto a la moralidad de los actos gubernamentales. En suma, es el poder lo relevante y eso es una cuestión de hecho; el poder del Estado se legitima tautológicamente en él mismo. Hume criticó así la versión liberal del nacionalismo laico, en específico la de Locke, para quien existirían derechos por encima del poder del Estado pero no situados en alguno extranjero, cuestión que conocemos muy bien en la retórica de la independencia de los EEUU, la revolución francesa, la independencia americana en general, la descolonización y la carta universal de los DDHH.

Pese a prosperar en la práctica las ideas de Locke, mediante él mismo pero principalmente Montesquieu, las objeciones de Hume eran letales para dicha teoría. El repudio ante esta constatación llevó a que un liberal alemán, Immanuel Kant, buscara una nueva reconciliación, según él laica y nacionalista, del liberalismo en ciernes. Su argumentación, por más que no resistiera un serio análisis a lo David Hume, prosperó en la intelectualidad germana y luego mundial, en suma, se hizo hegemónica, al punto que fuera reivindicada por derecha e izquierda debido a la teoría conservadora de Hegel que logró permearse tanto en el nacionalsocialismo como en el bolchevismo.

Al imponerse el estado laico como una realidad, la doctrina de Locke, Montesquieu, Kant y Hegel se trasformaron en doctrinas e ideologías de los nacientes estados, los cuales no podían ser controvertidos tal cual una vez sucedió con la teoría de la soberanía de Hugo Grocio o la del Patriarca de Filmer. Y la convergencia fue aún mayor que con la doctrina del despotismo ilustrado pues se preserva casi intacta hasta hoy y en sus bases esenciales están contestes desde anarquistas a nacionalsocialistas, pasando por comunistas, liberales y reformistas católicos.

¿Qué es lo que identifica a todas estas teorías políticas aparentemente diversas?

Lo que las hace similares es la pervivencia de los mitos cristianos, que desde una generalización mayor podríamos denominar estoicos: Los hombres nacen iguales, son iguales en dignidad y derechos, por lo tanto la explotación económica que hacen algunos de ellos es un crimen (plusvalía), al punto de considerar enemigos de la humanidad a quienes se dedican en exclusivo a ella (judíos).

Esto último es un ejemplo extremo aunque no forzado, la teoría de la plusvalía pertenece a Tomás de Aquino y su función era oponerse a la burguesía financiera que prosperaba en la alta edad media la cual era principalmente judía, sus axiomas son los estoicos, los cuales refuerza doctrinariamente con Aristóteles e ideológicamente con la el antiguo y nuevo testamento. Las construcciones teorías modernas siguiendo un camino análogo pero sus axiomas nunca han dejado de ser los mismos, los estoicos. De este modo pese a la recurrente anatemización de los creyentes en los diversos “opios para el pueblo”, el sustrato último del marxismo y el anarquismo es el estoicismo. Con la contada excepción del joven Bertrand Russell y en la actualidad Alan Bricmont, y otros aún menos conocidos, la izquierda no ha conseguido emanciparse del cristianismo ni menos del liberalismo.

Con pequeños matices el cristianismo, y en general el estoicismo, se ha trasvasijado en el liberalismo siendo hoy ambos una sola cosa. Versiones antiliberales de derecha existen por ejemplo Carl Schmitt, otras difíciles de calificar como la de Nietzsche, y en los distintos fundamentalismos sean musulmanes, católicos, protestantes o nacionalsocialistas. En la práctica existen regímenes antiliberales que se dicen de derecha e izquierda como Afganistán, Irán y Corea del Norte, a lo que habría que añadir Chile si se continúa la cruzada bacheletista aliancista. Pero el mundo se conserva doctrinaria e ideológicamente liberal; tanto en China como en India, países que por sí mismos poseen un tercio de la población mundial y que no son cristianos, internacionalmente se conducen de modo tan liberal como el resto reivindicando la soberanía laica en su versión liberal y promoviendo el capitalismo tanto dentro como fuera de sus naciones.

Los esfuerzos de Maquiavello, Hobbes y Hume, entre otros, de dotar a la política de la pureza lógica de la ciencia se vio frustrada debido a que poco importa saber de la misma, o más bien saber con tanta pureza de la misma, debido a que el poder lo reconfigura todo a su medida. Debido a la relación de dependencia entre teoría política y ciencia social el fracaso por construir seriamente la primera ha sido la principal causa de la imposibilidad de construir la otra. Los esfuerzos de Marx y Bakunin, sólo para nombrar a algunos, en orden a exigir el respeto a los principios liberales sobre los que todo el mundo discursaba, eran vanos desde el momento que aceptaban dichos principios como si estuviesen escritos en el cielo. El comunismo y o anarquismo es el único modo de realizar la libertad e igualdad liberal, cristiana y estoica. La propiedad privada, o más bien la disparidad de poder que produce la acumulación de capital, impide la realización divina en la tierra, es decir la redención universal. Comunismo, anarquismo y democracia son tres términos para lo mismo: Igualdad de poder de todos los hombres que tiene su fuente en la igualdad esencial de los hombres.

Para superar al liberalismo estoicismo desde la izquierda debemos formularnos algunas preguntas y responderlas adecuadamente. Propongo al menos las siguientes:

¿Somos todos los hombres iguales? Me parece que aquella respuesta está respondida en negativo ya hace bastante por el acervo científico acumulado. Por lo tanto deberíamos avocarnos a otras:

¿Debemos ser iguales? ¿Por qué?

Notas:

Fuente: http://www.alterinfos.org/spip.php?article3625

Lyon,France 15 de julio de 2009

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