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Conocidos, camaradas, amigos

Entre los grandes tratados que se han publicado a lo largo de la historia sobre el tema de la amistad es imprescindible recordar los libros VIII y IX de la Ética a Nicómaco (una traducción en español en Internet puede encontrarse en http://www.filosofia.org/cla/ari/azc01.htm). Quien ha leído la obra, no puede hacer menos que impresionarse por el talento y la perspicacia de Aristóteles de Estagira, en nada menor que la demostrada en otras áreas como la Física o la Metafísica. Desde el primer momento, se experimenta el contacto con la sabiduría del filósofo griego que paso a paso va desarrollando su explicación sobre diversos temas de moral, todos con una profundidad admirable.

Al hablar de los tipos de amigos y de los motivos que pueden producir la amistad, el Estagirita establece una distinción que puede parecer obvia, pero que en la vida de todos los días puede pasar desapercibida. Considero que es útil recordarla pues, si no revela el hilo negro, puede arrojar mucha luz a las relaciones que se establecen con frecuencia hoy en día y que se confunden con la amistad. La aplicación es válida y lícita, como sucede a todo lo verdadero, por más que hayan pasado veinticuatro siglos desde que el instructor de Alejandro Magno nos dejara tan valiosa herencia.

Señala el filósofo que existen tres “especies” de amistad, que responden a los tres motivos por los que alguien puede querer a una persona. El primer tipo es el de aquellos que quieren a otros por interés. En el segundo están los que ven en el amigo a alguien agradable con quien pasar el rato. Por último, la tercera especie de amigos corresponde a aquellos que aman a sus amigos por ellos mismos, buscando el mejor bien para éstos. Tras esta breve presentación conviene detallar los matices propios de cada tipo de amistad.

Los amigos del primer tipo son “amigos” sólo por el nombre. Y esto debido al que el vínculo de amistad es el más frágil que puede existir: un determinado interés que varía según los casos (un ascenso laboral, una gratificación, un servicio exigido, un favor…). En estos “amigos” la persona no ve más que un “medio” del que valerse para llegar a un fin o recibir un beneficio. La característica principal de estos sujetos a los que se llama “amigos” es sólo la utilidad. Y tanto más se les frecuenta cuanto necesario sea el bien o el beneficio que se consigue por su medio. Estas amistades suelen cambiar con asombrosa rapidez, y cuando terminan –por lo general, cuando se alcanza el fin del que el “amigo” era el medio– no suelen despertar en los sujetos aquella sensación de benevolencia que acompaña a la auténtica amistad. Esta especie de amistad surge espontánea en nuestras relaciones, máxime si pensamos que en nuestra vida cotidiana cada persona tiene un puesto en la sociedad y ofrece al conjunto de los hombres un beneficio según su profesión o labor. Estos “amigos” son los hombres con los que convivimos todos los días, nuestros “conocidos”.

En los amigos por “gusto” o placer –entendiendo éste fuera del común contexto hedonista– encontramos a los así llamados “camaradas”, aquellos que se reúnen para estar juntos y pasarlo bien. El motivo de su amistad es el agrado que encuentran unos por otros, una benevolencia que no está en las cosas –como en el primer caso– sino en la persona misma, si bien de un modo superficial –a diferencia de lo que se verá en la tercera especie de amistad–. Se quiere al otro por sus “cualidades externas” –aunque éstas no sean meramente físicas–, por el agrado que provoca su presencia, por su particular “forma” de ser. El amigo es, pues, alguien cuya “manera” o modo de ser es agradable, pero a quien aún no se conoce a fondo en su “ser” íntimo. Este tipo de amistad está más cerca de la verdadera relación de amistad que la primera, pues aunque la atención en la persona sea externa y superficial es un primer paso para llegar al corazón del otro. Con el tiempo, los camaradas pueden volverse amigos de verdad si ambos cruzan el horizonte de lo externo y meramente epidérmico.

Finalmente, los amigos auténticos son aquellos a quienes se les ama por sí mismos, lo cual supone la tarea de haber conocido en profundidad lo que hay en el otro. Es una tarea que lleva tiempo, pero que surge espontánea y comienza su desarrollo desde el primer encuentro. Este conocer no es un mero “saber”, un “informarse”, sino un abrirse al interior del amigo, un penetrar en su intimidad. Con estas palabras, que podrían parecer demasiado atrevidas e inclusive idealistas, puede verse claramente la diferencia entre esta amistad y la amistad por placer. Pero la amistad es más que conocimiento, es entrega desinteresada al amigo. Lo único que se busca es el bien del amigo, querido incluso por encima de uno mismo. Cuando uno posee un amigo de verdad, pocos le parecen los pesares que pueda sufrir cuando él está presente, como poco le parece que pueda hacer para procurarle el bien. Quien posee un amigo sabe por experiencia que la felicidad del otro es también la propia alegría.

Es señal de buenos amigos el poderse decir las cosas con claridad y franqueza y el recibirlas de igual modo. Hay libertad para señalar sus defectos porque lo que se busca es lo mejor del otro por él mismo, sin interés egoísta o utilitarista. Se ha dicho que el amigo es “otro yo”, pero no porque se le ame por ser “semejante a uno mismo” sino porque se está dispuesto a darlo todo, a afrontar el mayor sacrificio en bien del amigo como si se tratara de uno mismo. Es en este sentido en el que la amistad nunca puede confundirse con el egoísmo, pues es ante todo una superación de aquella sobre éste.

La amistad es un hecho humano, pero también podemos considerarla como algo celestial, sagrado porque permite al hombre salir de la estrechez de su “ego” y abrirse a un horizonte de generosidad y de entrega insospechadas. Visto con miras reductivistas, un amigo es otro hombre como yo con sus limitaciones y defectos que a su modo pasa la vida procurándose lo mejor para sí. Pero si se mira en profundidad se descubre que el amigo es también alguien con quien crecer, con quien madurar y salir adelante en esta aventura que es la vida. La amistad es la muestra más grande y noble del amor que anida en el hombre. La amistad es un algo más que llevarse bien, es un amor que vela, que acompaña, que fortalece y eleva. ¿Es difícil de creer que sea así la amistad? No, quien lo ha experimentado sabe bien que existe y que es cierto. Y el afán del corazón por buscar a quien amar y de quien ser amado es suficiente testimonio de que en el amigo queremos algo más que un agradable pasatiempo. Es el amigo un hermano, aquel que llega a sentirse como imprescindible. Imprescindible para reír y para sufrir, para gozar y para llorar, imprescindible para vivir.


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Vicente D. Yanes

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