¿Ocaso de las Humanidades?

Resumen: Este texto reseña tres libros recientemente publicados: Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, de Martha C. Nussbaum; Adiós a la universidad. El eclipse de las humanidades, de Jordi Llovet; y dos inéditos de Pedro Salinas recogidos en Defensa del estudiante y de la universidad. Todos giran alrededor de una misma cuestión: el lugar de las humanidades en el mundo contemporáneo, y en particular dentro de la universidad.
Palabras clave: Humanidades, universidad, Martha C. Nussbaum, Jordi Llovet, Pedro Salinas.

The waning of the Humanities?

Abstract: The text reviews three books that have recently been published in Spain: two short essays by Pedro Salinas, a long essay by Jordi Llovet, and the translation of Martha C. Nussbaum’s Not For Profit: Why Democracy needs the Humanities. All of them discuss the place of the Humanities in our society, and particularly in the University.
Keywords: Humanities, university, Martha C. Nussbaum,
Jordi Llovet, Pedro Salinas.

Se ha encendido la alerta roja sobre la suerte de las disciplinas
humanísticas en los diversos niveles de enseñanza.
Como si respondieran a un toque de trompeta, casi todos
los países occidentales han emprendido reformas de sus
planes de estudio, con una orientación sospechosamente
coincidente: encaminar toda la educación formal hacia el
rendimiento económico, a base de implantar instrumentos
estereotipados de evaluación y control regidos por el
pragmatismo, disminuyendo así drásticamente la presencia
de la literatura, la historia y la filosofía en la escuela y
la universidad. El resultado es desolador y –a pesar de la
docilidad característica de las sociedades tecnificadas– se
están escuchando, cada vez más altas, voces de protesta de
muy variadas procedencias.

Ha llamado especialmente la atención el duro alegato
de Martha Nussbaum,1 porque –si bien se trata de una
destacada especialista en el pensamiento griego– ha publicado
varias obras, muy difundidas, en las que se ocupa de
cuestiones sociales y culturales con una orientación claramente
liberal (en sentido estadounidense), sin abandonar
en ningún momento su posición «políticamente correcta
». Defender hoy día la enseñanza de las «letras» suele
ser, en cambio, una actitud que merece reproches de pesimismo
o melancolía, y suele castigarse con la marginación
académica y la inopia social.

Desde las primeras líneas de este libro, Nussbaum
lanza casi a la desesperada su llamamiento:

Estamos en medio de una crisis de proporciones gigantesca
y de enorme gravedad a nivel mundial. No, no me refiero a
la crisis económica global que comenzó a principios del año
2008 […]. No, en realidad me refiero a una crisis que pasa
prácticamente inadvertida, como un cáncer. Me refiero a
una crisis que, con el tiempo, puede llegar a ser mucho más
perjudicial para el futuro de la democracia: la crisis mundial
en materia de educación.2

Para mí –matizaría– la democracia no es el valor más
alto, pero sí que lo es para Nussbaum, que se refiere a esta
configuración política como procedimiento para enfatizar
lo mucho que está en juego.

El creciente abandono de las asignaturas humanísticas
deteriora el dominio del lenguaje y, por lo tanto, dificulta
la comunicación entre personas de diversas convicciones,
culturas o niveles sociales. Afecta, desde luego, a la
capacidad de la deliberación en cuestiones prudenciales,
que constituye la espina dorsal de la actividad política. Y,
desde el punto de vista moral, comienza a hacer casi inviable
el atenimiento a valores que trasciendan lo material
o lo puramente procedimental. En momentos en los que,
presuntamente, la riqueza de las naciones aumenta, resulta
que el alma de las sociedades se empobrece con una
rapidez espectacular. Y empieza a sospecharse que este vaciamiento
ético está en la raíz de los grandes escándalos
económicos y de la dificultad para deshacer los entuertos
a los que tales irregularidades han abierto camino.

Lo que se está imponiendo es el modelo del mercado,
especialmente en el nivel de la educación superior. Excepto
algunas univesidades de Estados Unidos, muy pocas,
que se siguen orientando hacia el fomento de la «vida del
espíritu» (Life of mind), lo que los gestores imponen a los
académicos es que la medición de resultados arroje un
saldo positivo, medido casi exclusivamente en términos
económicos y, si acaso, de prestigio social. Según señala
Martha Nussbaum, una de las numerosas consecuencias de este cambio es la
evaluación obligatoria de investigación y docencia, que estima
de manera mecánica el rendimiento de los profesores
[...]. El aspecto más insidioso es la exigencia, antes implícita
y hoy más abierta, de que se demuestre el impacto de las investigaciones,
es decir, su aporte a los objetivos económicos de la nación.3

Si la gran helenista, autora de este libro, comenzara
ahora su carrera académica, se encontraría con la desagradable
e injusta sorpresa de que su excelente libro La
fragilidad del bien no añadiría méritos a su empeño de
promoción universitaria, porque lo que hoy día se valora
son los papers con impacto, es decir, publicados en revistas
preseleccionadas por una empresa privada, entre las que
–por ejemplo– no se incluyen algunas de las mejores del
mundo, por ser quizá de procedencia alemana y no estar
editadas preferentemente en inglés, la nueva lingua franca
(popularmente denominada globish).

Los pormenores de esta tendencia se multiplican y
comienzan a adquirir aspectos ridículos.

Actualmente, en los casos en que los departamentos de humanidades
no se cierran por completo, se los fusiona con
algún otro departamento cuya utilidad económica es más
evidente, lo que supone un grado mayor de presión sobre la
disciplina humanística para colocar el acento en los aspectos
de su campo que más se acercan a la rentabilidad, o al
menos pueden aparentarlo. Por ejemplo, cuando el departamento
de filosofía es fusionado con el de ciencias políticas,
el primero recibe presión para hacer hincapié en las áreas
más útiles de su campo y en aquellas que tienen más probabilidades
de ser aplicadas, como la ética empresarial más
que el estudio de Platón, la lógica, el pensamiento crítico o
la reflexión sobre el sentido de la vida, que en última instancia
serían más valiosas para ayudar a los jóvenes a entender
su propio interior y el mundo en que viven.4

Tiene toda la razón la autora cuando insiste que lo
que se está dilucidando es todo un modelo existencial,
que –con muchas inflexiones– ha marcado el rumbo de
nuestras culturas desde hace veinticinco siglos, y del que
nos estamos desembarazando con la ligereza con la que
uno se quita el abrigo al llegar la primavera. Por ejemplo,
el estudio de las lenguas clásicas, que durante casi dos mil
años se ha considerado imprescindible en la educación de las
jóvenes generaciones, se ha reducido –con suerte– a
un par de asignaturas optativas para alumnos pintorescos.

De los grandes autores literarios y de los pensadores decisivos,
muchos universitarios recientes no conocen ni el
nombre, y ya no falta quien –absorbido por las nuevas tecnologías–
entra en la vida profesional sin haber leído un
solo libro.

Nussbaum se carga de argumentos para obtener una
conclusión que parece solemne y casi patética, pero que se
quedaría corta para quien fuera capaz de asomarse a las
perspectivas trascendentales que el estudio de lo humano
implica:

Si el verdadero choque de las civilizaciones reside, como
pienso, en el alma de cada individuo, donde la codicia y el
narcisismo combaten contra el respeto y el amor, todas las
sociedades modernas están perdiendo la batalla a ritmo acelerado,
pues están alimentando las fuerzas que impulsan la
violencia y la deshumanización, en lugar de alimentar las
fuerzas que impulsan la cultura de la igualdad y el respeto.

Si no insistimos en la importancia fundamental de las artes
y las humanidades, éstas desaparecerán, porque no sirven
para ganar dinero. Sólo sirven para algo mucho más valioso:
para formar un mundo en el que valga la pena vivir, con personas
capaces de ver a los otros seres humanos como entidades
en sí mismas, merecedoras de respeto y empatía, que
tienen sus propios pensamientos y sentimientos, y también
con naciones capaces de superar el miedo y la desconfianza
en pro de un debate signado por la razón y la compasión.5
*
Con cierto retraso, como suele suceder, el toque de
atención ha llegado hasta nosotros. Y la espera ha merecido
la pena, porque ha desembocado en un libro lleno de
erudición e ingenio y que, sobre todo, es una refrescante
manifestación de libertad intelectual y de valentía cívica.
El autor es el catalán Jordi Llovet, Catedrático de Literatura
de la Universidad de Barcelona –jubilado anticipadamente–
y el libro se titula Adiós a la universidad. El eclipse
de las humanidades.6

El autor sabe que pisa un terreno minado, en el que
se ha impuesto un silencio que hiela la sangre, porque casi
nadie ha osado decir que el rey está desnudo. Cuando la
verdad es que lo está.

Sorprende [dice Llovet] que ciertos aspectos de nuestra vida
universitaria, que se arrastran desde hace décadas, sobre
todo los más negativos, apenas hayan movido a los profesores
[…] a discutir en voz alta lo que se dice por lo bajo cuando,
por azar, se encuentran en el claustro de la universidad
o por la calle [...]. Es la propia impotencia de la clase profesoral
del país, el cansancio quizá –a veces la indiferencia– la
responsable de que se corra, sobre la vida universitaria, un
velo que oculta verdades muy gordas y que explica, asimismo,
que por puro sentido de supervivencia –mañana será
otro día– muy poca gente de la que se dedica a este noble
trabajo se haya tomado la molestia de airearla en sus aspectos
más sofocantes.7

No deja Llovet de vincular el cultivo de las letras a
la suerte de la democracia, como había hecho Nussbaum:
Todo obliga a concluir, pues, que hacer hincapié en el retorno
a las formas de educación basadas en el arte de la palabra
y en la discusión intelectual podría convertirse en un aliado
muy eficaz para volver a ofrecer a las democracias el sentido,
o el valor, que nunca deberían haber perdido.8

Y llega incluso a acercarse más certera y profundamente
al corazón de este tema:

No puede construirse ningún sistema democrático propiamente
dicho si la ciudadanía no está preparada intelectualmente
para el necesario discernimiento de todos los hechos
que se le presentan a diario ante sus ojos y su conciencia [...].

Si una democracia no posee esta fons salutis que significa
disponer de una capa social muy bien preparada intelectual,
política y cívicamente, entonces cae, a menudo de manera
beatífica, en las formas más perversas del regimiento de la
cosa pública: la plutocracia, la burocracia, la mercadocracia
y, en el límite, los totalitarismos disfrazados con las máscaras
más sofisticadas. El papel de las humanidades, en este
sentido, no tiene parangón.9

También hay que resaltar que el autor introduce en su
discurso un factor que quizá la helenista americana había
considerado demasiado delicado mencionar: el abuso de
las nuevas tecnologías, en el contexto del empobrecimiento
del pensamiento y la debilitación de la palabra.

Al autor le parece observar, como lo haría un sociólogo, que
las nuevas generaciones buscan más la fama que precian la
grandeza; desean el éxito por encima del mérito; quieren
antes la aclamación que el reconocimiento. Construyen pequeñas
sociedades autosuficientes a través del teléfono móvil,
el chat y el Facebook, todas ellas Ersätze [sustituciones]
de la vida social y política en un sentido global. Todo ello
obedece a una ley de la historia presente según la cual el pasado
queda completamente desacreditado y toda hipótesis
de futuro resulta una probabilidad en la que es preferible
no pensar. Por ello, el autor considera importante retroceder
hasta formas pretecnológicas de la enseñanza, de la
información y de la discusión intelectual, en las que haya
quedado incólume la dignidad de la palabra y la posibilidad
de generar razonamiento, conocimiento, conversación y sabiduría
comunal.10

Gran parte de la nueva pedagogía se encuentra lastrada
por un equívoco fundamental: la creencia en que se
aprende haciendo. Parece que algunos acaban de descubrir
el learning by doing de los pragmatistas americanos. Y
se olvidan de la vieja distinción entre praxis y poíesis. Para
aprender, no hay que hacer: hay que actuar, en el sentido
radical de «estar en acto»: actualizar. Se trata de una operación
vital –la más alta– que no puede ser sustituida por
ningún ingenio técnico. Y es preciso, además, caer en la
cuenta de que el tempo del aprendizaje intelectual no es el
de los ordenadores o dispositivos semejantes, que fueron
inventados para organizar, informarse, almacenar datos y,
más recientemente, distraerse.

La consecuencia ha sido que toda persona joven que se
encuentra delante de un ordenador, dondequiera que sea
incluyendo un aula–, se relaciona con él más según una
pauta inmediata y lúdica que con arreglo a las premisas, mucho
más rudas, de la adquisición mental y mediatizada de
conocimientos.11

El profesor Jordi Llovet ilustra con ejemplos –que
van desde lo patético hasta lo cómico– las consecuencias
reales, en las facultades y departamentos, de la reciente
implantación de nuevos planes y métodos, que no han
suscitado el efecto pretendido –la movilidad de estudiantes
y profesores en el espacio universitario europeo–, pero
han conseguido burocratizar la actividad académica hasta
unos niveles increíbles. No hay sosiego ni motivación para
que las inteligencias juveniles maduren en un trato sereno
con lo mejor de las ciencias y las humanidades en cada una
de las carreras. La interdisciplinariedad se ha convertido
en un tópico vacío de sentido. Y el sentimiento de frustración
se extiende entre el profesorado, cuyo papel se hace
trivial, perdidos como están entre una administración que
todo lo quiere controlar y unos estudiantes que no acaban
de saber si son objeto de halagos o de manipulaciones.
*
No siempre fue así. Se acaban de publicar dos conferencias
que el poeta español Pedro Salinas pronunció en
su exilio americano el año 1940, y en las que se propone
defender al estudiante y a la universidad, que todavía no
habían sufrido unos atropellos que asomaban ya en el horizonte
y que hoy se han impuesto en casi todo el mundo.12

El autor de La voz a ti debida manifestaba su inquietud por
algo tan delicado como el proceso formativo del ser humano,
fin esencial de la universidad. No consiste este [advertía]
en una acumulación de datos o de leyes de la materia,
sino en un delicado adiestramiento del alma para ir percibiendo,
sintiendo directamente, toda la complejidad de los
problemas del hombre y del mundo, y hacerles cara con
conciencia y sentido de responsabilidad o moral. Este proceso
de conquista de la conciencia de la vida, de formación
de la personalidad para vivirla dignamente, bien merece
que se le dé el tiempo debido para que tenga mayores probabilidades
de cumplimiento. Ahí no cabe aceleración.13

A esta concepción humanista de los estudios superiores
corresponde un tipo de universitarios que hoy día serían
considerados como rara avis, pero que a Salinas le parecían
reales, sobre todo porque había convivido con ellos
en la recién creada Universidad Internacional de Santander
y en centros docentes de España y de Estados Unidos.

Un estudiante [decía esta vez en Puerto Rico] es un hombre
que tiene fe en que por medio del estudio y de la ampliación
de sus conocimientos va a mejorar y enriquecer su naturaleza
humana, no en cantidad, sino en calidad, va a hacerse
más persona, mejor persona, y a cumplir mejor su destino,
va a entender mejor los problemas del hombre y del mundo.

El que toma el estudio como vía de acceso a beneficios de
imprevisible grandeza, y no a la posesión de una habilidad
que le permite ganar dinero. Lo que hay que fomentar en el
estudiante es ese valor vital de la cultura, esa fe en su capacidad
para elevar la naturaleza del hombre.14

La valoración social de las humanidades oscila,
según parece, al mismo ritmo de las ideas que las mujeres
y los hombres albergan sobre sí mismos. Algunos
verán en estas secuencias nada más que los consabidos
corsi e ricorsi de la historia. Otros, en cambio, tendrán
su alma en vilo: no vaya a ser que, tras uno de esos
bajones en la valoración de nuestro espíritu, se torne
demasiado difícil, casi inviable, la recuperación de la
propia dignidad.

Alejandro Llano

Es Catedrático de Metafísica de la Universidad de Navarra,
de la que ha sido Rector (1991-1996). Su trayectoria se ha centrado en el estudio del idealismo alemán y en el establecimiento de un diálogo entre la ontología y la teoría del conocimiento de Aristóteles y Tomás de Aquino y los planteamientos lógico-lingüísticos contemporáneos. Entre sus publicaciones destacan: Fenómeno y Trascendencia en Kant (1973), Metafísica y Lenguaje (1984), El enigma de la representación (1999), y Caminos de la filosofía (2011).
Es miembro de la Pontificia Academia de Santo Tomás de Aquino.
Correo electrónico: .(JavaScript must be enabled to view this email address)

Notas:

1. Martha C. Nussbaum, Sin fines de lucro. Por qué la democracia
necesita de las humanidades, traducción de María Victoria Rodill,
Madrid, Katz, 2010.
2. Idem, pp. 19-20.
3. Idem, p. 169.
4. Idem, p. 171.
5. Idem, p. 189.
6. Jordi Llovet, Adiós a la universidad. El eclipse de las humanidades,
Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2011.
7. Idem, p. 14.
8. Idem, p. 345.
9. Idem, p. 357.
10. Idem, p. 356.
11. Idem, p. 322.
12. Pedro Salinas, Defensa del estudiante y de la universidad, edición
de Natalia Vara Ferrero, Sevilla, Renacimiento, 2011.
13. Idem, pp. 61-62.
14. Idem, pp. 49-50.

Fuente: https://mail.google.com/mail/?ui=2&view=bsp&ver=ohhl4rw8mbn4

REVISIONES
Revista de crítica cultural
ISSN: 1699-0048
Alejandro Llano, «¿Ocaso de las Humanidades?»,
Revisiones, n.º 7 (Invierno de 2011 / Primavera de 2012), pp. 185-192.

Hay 3 comentarios

July 17, 2012 - 2:24 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Podemos suponer que el contexto es adverso, pues hay razones para pensar que es así, pero en detalle obervamos que la tensión entre propuestas despiertas y de impulso huminista, y acciones de corte mercatilista, se observan en algunos movimientos estudiantiles y sociales… que tengan la fuerza suficiente para reversar el sentido de tecno-mercatilista de los valores que hoy dia rigen las acciones humanas e institucionales, es otra discusión ... pero la llama continúa, tenue si se quiere, pero continúa,  lo cual es una señal que el individuo como lo define le humanismo no esta vencido… Apropósito es un excelente artículo ... tal fue, que me motivó a participar en el foro de las opiniones…


September 17, 2013 - 4:03 PM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

Me parece de lo más acertado este árticulo, como plantea el SER y el Tener que es lo que interesa a un grupo de técnocratas, que en su afán de globalizar el conocimiento, pierden de vista la parte EXISTENCIAL del SER HUMANO.
Magnifíco artículo.


November 01, 2013 - 7:56 AM: .(JavaScript must be enabled to view this email address) dice:

todos los vientres desde ese inicio en buscar la forma de nacer, se traslada desde un equilibrio de hambre, hay quienes lo tienen todo y pueden pensar mas, y hay los pobres en todo el sentido de la palabra, pobre… pueden pensar mejor que el que tiene lo todo. todos los seres humanos y algunos animales que se acercan a un mínimo de el pensar a lo lógico de sobrevivir, son carne, una carne cuantitativa a formar ideas tacitas del desarrollo convencional de cada ser   que apenas logra arañar un breve pensar, así estamos en este momento, no hay universidad, no hay grandes pensadores que logren trascender en que la mente es el desarrollo continuo del gran nivel de vida que se busca, somos en un 99 por ciento mecanizados de ese 1 por ciento que logra pensar mas, y lleva desarrollo en todos los campos dela ciencia. el modelo del estudio filosófico es cambiante; esto ya cambio, ahora a buscar los nuevos modelos de animalismo en que vive el ser humano y así lograr interpretar la filosofía modernista, ahora la ciencia pude desvirtuar todos los filósofos antiguos, como dicen coloquial mente perdieron el año…..


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