Yasujiro Ozu y Orson Welles. Dos miradas interiores. Por Fernando Rodríguez Genovés

Por Fernando Rodríguez Genovés

Prefacio del ensayo Yasujiro Ozu y Orson Welles. Dos miradas interiores, editado en el presente año 2025

Por Fernando Rodríguez Genovés

A primera vista, la vida y la obra de Yasujiro Ozu y de Orson Welles difícilmente podrían caracterizarse como «vidas paralelas», al modo de como lo entendió el romano Plutarco. Ozu es tokiota afincado en el archipiélago nipón, de donde en pocas ocasiones sale, a menos de ser movilizado como soldado en conflictos bélicos a mayor gloria del Emperador. Aunque muy influenciado por la cinematografía occidental (sobre todo, durante su primera etapa), el tema central de su filmografía se circunscribe al ámbito del país del sol naciente, hasta el punto de ser  distinguido usualmente por los críticos del ramo con la etiqueta de «japonesidad», rasgo que le define y aun distingue en el contexto del cine japonés.

Welles, por el contrario, es un hombre y un cineasta itinerante (nacido en Wisconsin, Estados Unidos, no podía estarse quieto…), un sujeto sin posibilidad de ser sujetado, un individuo de mundo, sea por vocación o porque lo exigan las circunstancias; he aquí un asunto abierto y a dirimir en este artista de la magia y el misterio. Nada humano le es ajeno; en especial, lo sobrehumano. Aborda los más variados asuntos, toca todas las teclas del piano del arte, y con suerte, le sale una melodía y no deja la partitura a medias.

La genialidad en Welles, como veremos en los capítulos que siguen, supone necesariamente singularidad. Pues bien, en Ozu, en lugar de singularidad, observamos el rasgo característico y determinante de insularidad. Isla humana entre islas geológicas, quedaría registrado con este escueto padrón: tokiota, vecino de Kamakura. Welles, por el contrario, ha sido descrito con razón como un «aristócrata cosmopolita del siglo XX.{1}

¿Qué tienen en común ambos maestros del cine? Pues eso, para empezar, su maestría en el arte (y el artificio) de hacer películas, su talento para elevarse en tal menester desde lo particular a lo universal.

Esta clase de artistas sublimes, poseen un ego que no les cabe en el cuerpo (ni siquiera en el corpachón de Welles), el cual pugna por salir, pero irremisiblemente anida en un mundo interior. Cualquiera de sus producciones lleva inscrita una marca, revela el don propio, y acaso delata al ejecutante/ejecutor, según el caso. El ego, como la complexión física, en ambos es grande; descomunal, si reparamos en Orson Welles.

Cierto es que no constituyen una excepción. Pensemos en la literatura:

«Con demasiada frecuencia en las obras de otros poetas, un personaje es sólo un individuo; por lo general, en las de Shakespeare, es una especie.» (Samuel Johnson, Prefacio a Shakespeare, 1765.)

Bastantes más genios del cine, además de los que aquí examinamos, comparten alguno de los rasgos geniales citados; menciono, y me quedo corto, a D. W. Griffith, Buster Keaton, Ernst Lubitsch, Eric von Stroheim, John Ford, Alfred Hitchcock, Federico Fellini. Pero, es mi intención concentrar ahora la atención en Ozu y Welles, puesto que observo en ellos dos ejemplos magníficos —con sus múltiples y apreciables diferencias, cada cual a su manera— que personifican la cinematografía y la interioridad.

Tanto en el cine de Ozu como en el de Welles priman lo interior sobre lo exterior, la forma sobre la materia, la técnica sobre la narrativa. Bien es verdad que en Ozu la interioridad reviste un carácter espacio-temporal, de puesta en escena (una perspectiva escénica, podría decirse), mientras que en Welles constituye un rasgo principal en su personalidad y su carácter, egotista y egocéntrico, que adquiere, por así decirlo, una dimensión psicológica. Ambos ruedan en exteriores y en interiores, pero lo interior se traduce, básicamente, para Ozu en la casa y sus moradores; por su parte, lo interior en Welles significa, lisa y llanamente, él mismo.

En ambos, sus particulares biografías marcan la forma de entender y hacer cine, como no podría ser de otro modo. Ocurre que en Ozu este hecho es circunstancial y en Welles, sustancial.

Dicho de otro modo, en el director japonés, los personajes de las películas están por delante de su persona; en el director americano, la persona (el ego, cual ogro feroz) está por encima de los personajes, al servicio del yo de este demiurgo más que cineasta. Ozu adoraba y vivía por y para el oficio de hacer películas; Welles se adoraba a sí mismo, y, como él mismo confiesa en uno de los almuerzos con Henry Jaglom, más que el cine, lo que le gustaba es hacer películas.{2}

Ozu es persona solitaria y discreta, que fallece en un hospital tokiota. Welles, hombre-espectáculo, todo en él gira sobre el sentido del espectáculo: el conjunto de la obra realizada (y, sobre todo, los incontables proyectos de obras) y su vida; desde niño, casi un bebé, vivió de cara al público, no sabría hacerlo de otra manera; mas, ay, murió en soledad, en el interior de su vivienda en Hollywood.

Notas

Fernando Rodríguez Genovés

{1} Tomo la expresión de Jonathan Rosenbaum, quien en el texto «Una historia inmortal. Divas y Dandies» reúne bajo dicha caracterización a Orson Welles y a IsakDinasen.

{2} No es Welles un único caso de gran director de cine a quien lo que le gusta de verdad, más que el cine en sí, es hacer películas (sea como director o como actor), y sobre todo, vivir a lo grande y divertirse… (ya se sabe, beber, fumar puros y alternar con amigos y… con mujeres). Por citar un solo caso más, mencionaría a John Huston. Basta leer su libro de memorias A libro abierto (1980) o echar un vistazo a su filmografía (típico cineasta que sitúo «entre el cielo y el infierno») para comprobarlo. De hecho, el mismo Welles dijo de su amigo Huston: «Ha aprendido a hacer una película sin dirigirla. Se limita a sentarse y a dejar que el operador o quien sea la haga. Se pasa las noches jugando al póquer y descansa a la hora de rodar.» Peter Biskind,Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles (2013).

{1} Tomo la expresión de Jonathan Rosenbaum, quien en el texto «Una historia inmortal. Divas y Dandies» reúne bajo dicha caracterización a Orson Welles y a IsakDinasen.

{2} No es Welles un único caso de gran director de cine a quien lo que le gusta de verdad, más que el cine en sí, es hacer películas (sea como director o como actor), y sobre todo, vivir a lo grande y divertirse… (ya se sabe, beber, fumar puros y alternar con amigos y… con mujeres). Por citar un solo caso más, mencionaría a John Huston. Basta leer su libro de memorias A libro abierto (1980) o echar un vistazo a su filmografía (típico cineasta que sitúo «entre el cielo y el infierno») para comprobarlo. De hecho, el mismo Welles dijo de su amigo Huston: «Ha aprendido a hacer una película sin dirigirla. Se limita a sentarse y a dejar que el operador o quien sea la haga. Se pasa las noches jugando al póquer y descansa a la hora de rodar.» Peter Biskind,Mis almuerzos con Orson Welles. Conversaciones entre Henry Jaglom y Orson Welles (2013).

Fuente: https://nodulo.org/ec/2025/n213p06.htm

25 de diciembre de 2025.   ESPAÑA

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