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Inauguracion del IV Congreso Regional Zona Norte de la Sociedad Mexicana de Filosofia

LA FAMILIA, “RESERVA” DE LA HUMANIDAD

Desde la lejanía física, pero no intelectual y afectiva, quiero expresar mi felicitación a toda la “Sociedad Mexicana de Filosofía”, a su Excelentísimo Señor Presidente, Dr. D. Manuel Ocampo, a su Vicepresidenta, Excelentísima Sra. Dra. Dª. Luz García Alonso, a todos los ilustrísimos miembros de la Junta Directiva, y especialmente a los miembros de la Zona Norte, por la organización de este Congreso dedicado a la familia. En estos momentos de crisis generalizada, que afecta tan profundamente a la familia, es necesario y urgente, que se trate, desde la perspectiva racional, desde el orden natural, y, por tanto, desde la verdad de las cosas, ámbitos propios de la filosofía, la esencia de la familia.

Estoy seguro que durante la celebración de esta importante reunión filosófica, se ofrecerán muchas reflexiones, pensadas, objetivas, serenas y responsables, como es de esperar del buen sentido común, que han hecho siempre gala los auténticos filósofos mexicanos. Sé también que estará presente el pensamiento de Santo Tomás, sobre todo, porque muchos de los participantes del Congreso, pertenecen a la llamada “Escuela tomista mexicana”, fruto del magisterio oral y escrito de la Dra. Luz García Alonso. Lo celebro enormemente y quiero contribuir modestamente a la presencia tomista con las siguientes breves consideraciones sobre la doctrina de la familia del Aquinate.

      Santo Tomás, en sus obras, explica que por naturaleza, la familia es la que educa al hombre, ya que en ella nace y en ella vive. Sobre la educación del niño escribe: “En la regeneración carnal no son necesarios más que el padre y la madre. Más para que el parto sea feliz y el desarrollo del niño conveniente, se precisa una comadrona, una nodriza y un pedagogo” ( Suma Teológica, III, q. 67, a. 7, ad 2).

      La función nutritiva y la de los cuidados físicos  han sido siempre  propios de la familia. Con el desarrollo de la cultura, la familia no ha podido realizar las otras funciones educativas, principalmente las intelectivas. De ahí que sea necesario el pedagogo, o las instituciones educativas,  que faciliten y organicen su labor educativa.

      Para lograr el desarrollo y perfección de la vida personal, además de las dos necesidades señaladas,  la asistencia en los partos y en la educación, el hombre tiene otra necesidad, y  no sólo en su infancia o juventud, sino durante toda su vida: regirse por leyes justas absolutamente. Las leyes, por estar ordenadas al bien común, ayudan a la práctica de la virtud, del hábito operativo bueno.

      Nota Santo Tomás que son muchos los hombres que hacen el bien para evitar mayores males. Más que por la fuerza de las palabras o la convicción, obran por miedo al castigo. De manera que: “Es difícil que alguno desde su juventud misma sea llevado de la mano a la virtud según las buenas costumbres, si no se educa bajo buenas leyes, por las cuales cierta obligatoriedad induzca al hombre al bien”.

     La razón que da el Aquinate es la siguiente: “Vivir templadamente, prescindiendo de deleites y de manera perseverante, no apartándose del bien por el trabajo duro y los pesares, no es algo deleitable para muchos hombres. Especialmente, no lo es para los jóvenes, que son propensos a los deleites. Por tanto, es preciso que la educación de los niños y sus descubrimientos, es decir, las vías de acción que los hombres descubren, estén regulados por buenas leyes, por las cuales los jóvenes sean impelidos a acostumbrarse al bien. Una vez que se hayan habituado al bien, éste ya no será penoso sino más bien deleitable”.

      Siempre se requieren tales leyes. “No basta que los hombres, sólo de jóvenes,reciban una buena educación según las leyes y pongan un adecuado empeño en observarlas; sino aún más, llegados a la madurez, es necesario que hallen caminos honestos para obrar y que se habitúen a éstos. Para lo cual son necesarias las leyes, no sólo al comienzo de la vida adulta sino también en general, durante toda la vida del hombre. Pues hay muchos que obedecen más a la obligatoriedad, a la coacción, que a la palabra, y que obedecen más por el perjuicio o daño a que se exponen en vista de las penas, que por el bien honesto” (  Exposición  a los diez libros de la Ética a Nicómaco, X. lec. 14).

      En la familia, se empiezan a conocer y practicar estas leyes, que ayudan a vivir según la recta razón. No es extraño, porque la familia, a través de las relaciones educativas, es el primer ámbito de la dimensión social humana. La condición familiar del hombre posibilita  la apertura del hombre a toda la sociedad. Con sus instituciones, la sociedad facilita los medios para la natural finalidad educativa de la familia. Con respecto a estas funciones educativas de la sociedad,  la familia debe substituirlas si fallan, podría decirse que tiene, en este sentido, una responsabilidad subsidiaria.

      Como consecuencia, si la sociedad disminuye o deja de ser el  ámbito que permite y ayuda a la práctica de la virtud  de la persona adulta, esta función de la familia, en las primeras etapas de la vida, tiene que prolongarse. Si no hay ya leyes; o si las existentes no proporcionan la ambientación y los instrumentos adecuados para una vida virtuosa, para alcanzar la perfección; o no lo hacen de una manera suficiente; o, lo que es peor son fruto de prejuicios ideológicos, que transmiten, y muchas veces deseducan y hasta deshumanizan o embrutecen, es preciso –aunque sin desistir en el empeño que algún día tales leyes sirvan perfectamente al bien común-, que se supla su función en  la familia. Podría decirse que la familia tendrá que ser en estos casos una “reserva” de racionalidad, y, por tanto, de auténtica humanidad.

      Esta conclusión se sigue también de otros textos de Santo Tomás. Dice en uno de ellos: ” Dos perfecciones podemos considerar en la descendencia del hombre: la perfección de la naturaleza, no sólo en cuanto al cuerpo, sino también respecto del alma, mediante aquellas cosas que pertenecen a la ley natural, y la perfección de la gracia” (Suma Teológica, Suppl, q. 59, a. 2, in c).

      La labor educativa de la familia tiene que realizarse en las tres vertientes, necesarias para el bien del hombre, para su perfección o felicidad: la física o corporal, la cultural, que es principalmente moral, y la religiosa. Esta triple misión educativa es tan natural como la gestación, el tiempo que la madre lleva en sí al hijo antes de que nazca. Incluso el Aquinate la compara con ella: “El hijo (…) en un primer momento no se distingue corporalmente de sus padres, cuando se halla en el vientre de su madre. Después, cuando ha salido del útero materno, antes del uso de razón está bajo el cuidado de sus padres, como contenido en un útero espiritual” (Suma Teológica, II-II, q. 10, a. 12, in c).

      Esta comparación de Santo Tomás de la familia con el claustro materno habríaque prolongarla, y muy especialmente, en nuestros días, hasta que el hijo no forma a su vez otra familia, ya que no va a encontrar en la sociedad la defensa y la nutrición espiritual que le permitirá crecer en la virtud. La familia, por tanto, tiene que suplir la ambientación educadora de la colectividad.

      Lo que sería absurdo es que si faltara o disminuyera la función educativa de la sociedad, la familia no sólo no la reemplazará, sino que también renunciará a la suya propia, que es insustituible y esencial. Nadie puede sustituir a los padres en la educación de sus hijos, pero, en cambio, los padres tienen que suplir las tareas educativas de la sociedad, cuando  ésta deja de cumplirlas. Si no lo hacen dejan de ser una “reserva” de humanidad, y aún sin pretenderlo  colaboran en la actual “muerte” del hombre, que promueve la cultura posmoderna. 

Universidad de Barcelona

2 comments

  1. Mucho le agradecería si me informara como puedo conseguir su ponencia titulada “La Metafísica Tomista en el Siglo XX”

  2. Ignacio Alberto Valdez Bernal

    Deseo conocer la manera de lograr la afiliación a la Sociedad Mexicana de Filosofía

Comentarios

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