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La invención de la dicha

Asumió un cambiante nombre de pila: Benedict, Benito, Benedicto y Baruch. Vivió de 1632 a 1677. Fue olvidado hasta que en el siglo XIX Hegel, Goethe y Schelling lo consideraron padre del pensamiento moderno. Su sangre fue decidida por antepasados judíos que llegaron de Portugal a los Países Bajos huyendo de la persecución religiosa. Su apellido original, Espinoza, derivó en Spinoza.

Vivió en una época desgraciada, como todas las épocas. Encontró refugio en las ideas y las minuciosas costumbres de sus días. Fumaba una pipa al caer la tarde, frente a un jardín que crecía en libertad. Su almuerzo era un tazón de leche con un trozo de mantequilla y un tarro de cerveza. Disfrutaba el vino, el ajedrez y las peleas de arañas atrapadas en una caja. Pascal Quignard, que lo retrató con justicia, agrega: “Sufría un insomnio crónico que convirtió en felicidad leyendo. Le gustaba tanto la alegría. Apagaba la mecha a las tres de la mañana, tomándose un reposo a la espera del alba”. Montaigne juzgó que la filosofía es una preparación para la muerte; él la convirtió en un consuelo para las noticias.

Asumió un cambiante nombre de pila: Benedict, Benito, Benedicto y Baruch. Vivió de 1632 a 1677. Fue olvidado hasta que en el siglo XIX Hegel, Goethe y Schelling lo consideraron padre del pensamiento moderno. Su sangre fue decidida por antepasados judíos que llegaron de Portugal a los Países Bajos huyendo de la persecución religiosa. Su apellido original, Espinoza, derivó en Spinoza.

Asumió un oficio que parecía una metáfora: pulía lentes con esmero, y contribuyó a las tareas extremas de construir un telescopio y un microscopio. Borges lo imagina en su taller de esta manera: “Labra un arduo cristal: el infinito”.

Buscó trasvasar culturas, no siempre con éxito. Tradujo la Biblia al holandés y polemizó en español con la comunidad judía, que acabó abandonando, sin adoptar otra fe. Una noche, un fanático intentó asesinarlo de una puñalada y le rasgó la capa. Al regresar a su casa, colgó la capa en la pared para recordar el límite de las ideas.

Evitó dar clases para no comprometer su pensamiento y se protegió de la curiosidad ajena al escribir su Ethica en latín, idioma que ya pocos frecuentaban. Creó un clásico anacrónico, publicado después de su muerte (quizá causada por los polvos de vidrio que respiraba).

Contra la sospecha de que el universo es un error, aceptó a un Dios idéntico a la naturaleza y entendió el caos como un atributo de la mente.

Descubrió, antes que Borges, la magia de la enumeración heteróclita (los objetos dispares que se articulan en forma única). Describir todo lo que hay en un cuarto es tedioso. Los inventarios sirven para hacer mudanzas; en cambio, las narraciones seleccionan lo que vale la pena: resumir es comprender.

Un hombre fuma al caer la tarde a fines del siglo XVII. No muy lejos, Rembrandt y Vermeer se entregan a los trabajos de la luz y de la sombra. Él escribe: “Estamos comprendidos en la felicidad. En la eterna actualidad. Utilícense las palabras que se prefieran. Todo es una materia efervescente y responde a la misma marea. Dios no implica designio ni fidelidad. El cuerpo y el alma son indistintos. Dios, la vida, el universo, la naturaleza, el pensamiento, el deseo no pueden desarticularse. Un rayo de claridad que se desprende de la masa del sol, un órgano mórbido al que el deseo hincha, un eucalipto, Saturno, los labios retraídos que dejan al descubierto los incisivos amarillos de los tigres, un laúd, el tarro de cerveza que fermenta, Descartes, la plaza Spui en La Haya, el recuerdo de Clara-Maria Van Enden son una sola y la misma cosa. Somos fragmentos del reino de lo vivo. La usura del mundo”.

Varios siglos después, en “El Aleph”, Borges recuperó el universo siguiendo el mismo método: “…vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osatura de una mano…”. Enumerar cosas inconexas que entran en repentina sintonía es un recurso literario. También, una voluntariosa manera de celebrar la realidad.

Spinoza buscó un Dios geométrico y negó la intervención del azar en el preciso universo, pero en su lista para justificar la dicha admitió los incisivos amarillos de los tigres.

¿Lo real es perfecto en sí mismo o lo vemos de ese modo? El filósofo postula lo primero; el escritor y el fabricante de lentes, lo segundo.

El ejemplo de Spinoza no pierde actualidad: fue feliz, en un tiempo que no lo era.

Fuente: reforma.com

25 de mayo de 2018.   MÉXICO

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