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Dilemas éticos de Hannah Arendt

La historia comienza en 1924 cuando una joven de 18 años irrumpe en el escenario académico de la Universidad de Marburgo. Los clásicos griegos y latinos los conoce en su propia lengua y la deslumbra la brillantez de un profesor de filosofía (“el maestro de Alemania”) y su obra (“Ser y tiempo”) en la que sintetiza los ideales humanistas y liberales de aquel entonces. La modesta buhardilla de la inquieta estudiante judía se convierte en el segundo hogar del filósofo. Hannah Arendt, la amante de Martín Heidegger, uno de los filósofos más influyentes del siglo XX y uno de los más encumbrados ideólogos del nazismo, es judía y furibunda defensora de la causa semita.

Su insoportable esposo (Günter Stern) con quien apantalla su concubinato, es militante de las juventudes nacionalsocialistas y está con ella hasta su separación en 1937. El psiquiatra y filósofo Karl Jaspers, férreo opositor del Tercer Reich, será la ficha clave de Heidegger para deshacerse de la odalisca al convertirlo en su asesor de tesis en Heidelberg. Allí, en esa cantera político y cultural, estudiará a profundidad las tesis marxistas y su interpretación trotskista y presentará, a su vez, su célebre tesis de grado sobre los amores de san Agustín. Todo discurre en un clima tensionante ante la inminente llegada del nazismo a su patria. Comienza el año de 1933 y con él, la atribulada vida de nuestra joven pensadora.

Se inicia así, el absurdo periplo hacia su largo exilio que la alejará de las garras de la Gestapo y la acercará al pensamiento disidente del pensador y redactor político del “Der Spiegel” Günter Gauss y el filósofo y crítico literario Walter Benjamin. El Nacionalsocialismo la condenará durante 14 años (1937-1951) a vivir bajo una condición apátrida (“Sin comunidad política, el hombre no es más que un paria”), baldón que mantendrá aún después de haber adquirido la nacionalidad estadounidense. Nunca olvidará sus vicisitudes como inmigrante entre los hoteluchos, el barrio alemán y las casas de empeño de París al lado de su compañero Heinrich Blücher, después de su separación de Stern.

Una de ellas cuenta la forma cómo Hanna y su hermana sobrevivían cada noche al asedio de un enjambre de cucarachas: metían las patas de la cama en jarras de queroseno para que los insectos no lograran escalar hasta su lecho. Otros episodios de su vida son igual de tristes y desoladores: su condición de perseguida judía, un estigma que llevará consigo en su travesía por los Pirineos rumbo a España donde el régimen franquista ve con suspicacia el periplo de ese grupo de parias entre los que está Blücher, su esposo ficticio y Walter Benjamin, quien ante el estresante asedio y el injurioso trato fronterizo franco-español, ingiere unas pastillas de morfina y toma así, su fatal determinación.

Arendt recordará cómo entre el numeroso grupo, a bordo del barco que zarpó de Lisboa rumbo a Nueva York, estaban su esposo y a su madre. Allí se leía en voz alta el manuscrito (“Tesis de filosofía de la historia”) que recogía las últimas palabras del filósofo suicida. Luego, después de arrimar a la isla de Ellis en 1941, proseguirán los nuevos capítulos de su atormentada vida de refugiada, una nueva condición que describió muy bien en sus páginas (“Nosotros los refugiados”, 1943): los inmigrantes ahora se convertían en refugiados, un nuevo tipo de individuos creados por la historia social contemporánea, seres “puestos en campos de concentración por sus enemigos y en campos de trabajo por sus amigos”.

Hannah denuncia “los campos de entrenamiento” surgidos en Israel (1947) y Pakistán (1949) para “las personas sin Estado”, al lado de los genocidas gulags soviéticos donde “el terror impone el miedo”. El pensamiento de las décadas 40 – 50, discurrió bajo la égida del pensamiento Arendtiano. Nuestra pensadora renegará de su condición de filósofa y reivindicará su magisterio académico como teórica política. Liberada del mundo opresivo de la reflexión filosófica, da rienda suelta a su discurso libertario y escribe entre muchas, sus grandes obras: “Los orígenes del totalitarismo” (1951), “La condición humana” (1958), “Sobre la revolución” (1963) y “hombres en tiempos de oscuridad” (1968).

En sus controversiales artículos de 1961 escritos para el “The New Yorker”, analizó el juicio celebrado en Israel contra el militar nazi Adolf Eichmann, responsable de los convoyes de la muerte y su luctuosa carga de prisioneros con rumbo hacia los campos de concentración y de “La solución final”, expresión que resumió el genocidio sistemático de millones de judíos durante la II Guerra Mundial. La fuga de Eichmann a Argentina (1950-60), su secuestro por parte de la agencia de inteligencia israelí (Mossad) y su muerte en la horca un año después, desató agudas controversias sobre la etiología de la criminalidad. Sus controvertidas posturas fueron condensadas en su polémico libro “Eichmann en Jerusalen”.

Sus impresiones sobre el juicio al líder nazi, texto que hoy nos ocupa, fueron forjadas por “la grandeza de quien quiere mirar el horror sin que la lucidez se pierda”. Una nueva condena a ser una apátrida (aún post mortem) se cernía sobre ella a raíz del caso Eichmann. Arendt fue acusada de traidora del pueblo judío sólo por el hecho de denunciar a los líderes sionistas de haber magnificado la causa judía, sacralizado y “maniqueizado” el holocausto y no haber actuado en defensa de sus comunidades frente a las criminales embestidas nazis. Pero también acusaba a “los parvenus”, aquellos judíos con derechos en los países ocupados por el nazismo, de no usar sus prerrogativas en defensa de los que no las tenían.

Aspectos conductuales propios de la condición humana reflejados en la personalidad de los prisioneros, la identidad de los verdaderos responsables de crímenes de guerra y el silencio indolente y omisivo de una sociedad o de una comunidad determinada frente a la agresión de su propia gente por parte de sus victimarios, quedaron al descubierto. Hannah Arendt, al ver el “normal” discurrir de la vida cotidiana de muchos delincuentes y sin justificar el delito, enfatizó en aspectos socioculturales más que en psicopatologías muy propias de la conducta criminal. Alguien afirmaba: No puede haber justicia donde campea la impunidad… Los malos no son tan malos y los buenos no son tan buenos.

Hay dos tipos de conocimientos: el mal, producto de la ignorancia, un constructo superficial, expansivo y desmesurado que reduce todo a escombros y en ese caos creado por él mismo, al no lograr asidero alguno, sucumbe. El bien aparece como un recurso cognitivo radical y profundo que, al enraizarse en la existencia misma, termina por vencer sabiamente a la “banalidad del mal”. Esta tesis milenaria, dicotomía quizás extraída de un texto mazdeísta (La lucha entre Ormuzd y ahriman), budista o socrático (“Sólo hay un bien: el conocimiento, sólo hay un mal: la ignorancia”), encontró fondo y forma en el discurso arendtiano. Mostró, además, su desprecio hacia esos estados idílicos de paz, concordia y venturanza.

Afirmaba que esos mundos quiméricos fueron desmentidos por las realidades sociopolíticas de su tiempo. No nacemos iguales, libres ni felices; la libertad, la igualdad y la felicidad no son derechos naturales. Es sólo gracias a nuestras instituciones que logramos serlo y al estar en ellas, disfrutamos de derechos en virtud de una pertenencia a dicha comunidad política. En el momento de abandonarlas o ser expulsados de ella, nuestros derechos desaparecen, nos son arrebatados o muchas veces se vuelven irrecuperables y es entonces cuando nos tornamos vulnerables y perecederos.

“No hay pensamientos peligrosos, pensar es de por sí peligroso… Prepárate para lo peor, espera lo mejor, acepta lo que venga… El pasado se supera narrando lo que sucedió… La banalidad es una forma de mantenernos ciegos y sordos ante la realidad… Siempre debes pensar por ti mismo lejos de cualquier moda ideológica, sin barandillas, sin nada a qué agarrarse”.

 

Fuente: http://www.eldiario.com.co/seccion/LAS+ARTES/dilemas-ticos-de-hannah-arendt1805.html

28 de mayo de 2018.   COLOMBIA

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