Aristóteles y la democracia de hoy: una conversación necesaria.. Por Pedro Delgado Malagón

Por Pedro Delgado Malagón

Aristóteles sentenció: “Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia”. Esta frase, escrita hace más de dos mil años, puede parecer extraña al lector moderno. ¿Cómo que no necesitaríamos justicia? ¿No es la justicia precisamente la base de cualquier sociedad organizada? Para entender lo que Aristóteles quería decir, hay que dar un paso atrás y acercarse, sin prejuicios, a su manera de pensar el mundo.

Este texto quiere servir como una introducción clara a su pensamiento y, al mismo tiempo, como una invitación a preguntarnos qué puede decirnos hoy, en plena democracia del siglo XXI.


I. Un filósofo que buscaba el sentido de las cosas
Aristóteles nació en el año 384 a. C. en Estagira, en el norte de Grecia. Fue discípulo de Platón durante veinte años y más tarde fundó su propia escuela en Atenas, el Liceo. No era un pensador abstracto en el sentido moderno: observaba plantas, animales, constituciones políticas. Clasificaba, comparaba, analizaba. Su filosofía parte de la realidad concreta.

Una de sus ideas más importantes es que todo en la naturaleza tiene un propósito. Nada existe “porque sí”. Una semilla tiende a convertirse en árbol; un niño, en adulto; el ojo, a ver. A esa orientación hacia un fin la llamó telos, que significa finalidad o meta.


Para explicar cualquier cosa, Aristóteles decía que debemos considerar cuatro aspectos: (1) de qué está hecha (causa material), (2) qué forma tiene (causa formal), (3) quién o qué la produce (causa eficiente), y (4) para qué existe (causa final).

Esta última —la causa final— es la clave. Las cosas no solo tienen un origen; también tienen una dirección. Y si esto vale para los seres vivos, también vale para el ser humano.

II. ¿Para qué existe la comunidad?
Según Aristóteles, el ser humano es un “animal político”. No significa que todos debamos ser gobernantes, sino que necesitamos vivir en comunidad para realizarnos plenamente. La familia cubre necesidades básicas: alimento, protección, reproducción. Pero la ciudad —la polis— existe para algo más alto: permitir una vida buena.

Aquí aparece una diferencia importante con la visión moderna. Hoy solemos pensar que el Estado está para proteger derechos individuales: seguridad, propiedad, libertad. Aristóteles pensaba que eso era solo el comienzo. La verdadera tarea de la comunidad política es ayudar a formar personas virtuosas, capaces de actuar bien.

Para él, la política no era simplemente administrar recursos o resolver conflictos. Era orientar a la ciudad hacia su mejor versión. Por eso la consideraba la “ciencia suprema”: organiza y da sentido a todas las demás actividades.

Esta idea puede resultar extraña hoy. ¿Debe el Estado decirnos qué es una “vida buena”? ¿No es esa una decisión privada?

Ahí comienza el diálogo —y la tensión— con la democracia contemporánea.

III. Las formas de gobierno
Aristóteles estudió muchas constituciones de su tiempo y propuso una clasificación sencilla. Hay tres formas correctas de gobierno: (i) monarquía (gobierno de uno para el bien común), (ii) aristocracia (gobierno de unos pocos virtuosos), y (iii) politeia (una forma mixta donde muchos gobiernan con moderación). Cada una tiene su versión corrupta: (a) la tiranía, (b) la oligarquía y (c) la democracia demagógica.

Es importante aclarar que cuando Aristóteles criticaba la democracia, no pensaba exactamente en la democracia representativa actual. Se refería a un sistema donde la multitud podía gobernar impulsada por pasiones momentáneas y buscar solo su propio beneficio.

Su preocupación principal no era cuántos gobiernan, sino para qué gobiernan. Si el objetivo es el bien común, el régimen es justo. Si es el interés particular, se degrada.

Esta distinción sigue siendo actual. También hoy podemos preguntarnos: ¿nuestros sistemas políticos buscan el bien común o se limitan a administrar intereses en conflicto?

IV. Igualdad y diferencia
Uno de los puntos más difíciles del pensamiento aristotélico es su idea de desigualdad natural. Aristóteles creía que no todos los seres humanos tienen las mismas capacidades para gobernar. Algunos poseen mayor prudencia y virtud; otros están mejor preparados para tareas manuales. Incluso justificó la existencia de “esclavos naturales”, una idea que hoy consideramos inaceptable.

En este punto, la democracia moderna rompe claramente con él. Nuestra cultura política se basa en la igualdad fundamental de todos los ciudadanos ante la ley.

Sin embargo, incluso hoy enfrentamos preguntas incómodas: ¿todos estamos igualmente preparados para tomar decisiones complejas? ¿cómo equilibrar la participación de todos con la necesidad de competencia técnica?

El problema no ha desaparecido; solo ha cambiado de forma. Aristóteles insistía en que gobernar exige virtud y prudencia. Para él, no bastaba con contar votos. Era necesario formar el carácter.

V. Individuo y comunidad
En el mundo moderno tendemos a pensar que el individuo es lo primero y que la sociedad es una suma de voluntades individuales. Aristóteles veía la relación al revés: la comunidad es anterior al individuo en el sentido de que solo dentro de ella podemos desarrollar nuestras capacidades humanas. Sin educación, leyes y costumbres compartidas, el ser humano no alcanza su plenitud racional. Por eso la ciudad tiene una función formativa.

Hoy vivimos una fuerte tendencia al individualismo. Cada persona busca su proyecto personal, su identidad, su realización. Esto ha traído avances importantes en libertad y derechos. Pero también ha generado problemas: aislamiento, desconfianza, polarización. Cuando los ciudadanos dejan de verse como parte de un destino común, la política se convierte en lucha permanente entre grupos.

Aristóteles proponía otra imagen: la amistad cívica. No se trata de amistad íntima, sino de un reconocimiento mutuo entre ciudadanos que comparten reglas y valores básicos.

VI. ¿Qué puede enseñarnos hoy?
No se trata de adoptar sin más las ideas de Aristóteles. Su mundo era distinto: descartaba de la ciudadanía a mujeres, extranjeros y esclavos. Su modelo no puede trasladarse directamente al presente.

Pero su insistencia en la virtud tiene algo que decirnos. Las democracias modernas confían en leyes, elecciones, tribunales y constituciones. Todo eso es esencial. Sin embargo, ningún sistema institucional funciona si los ciudadanos no actúan con un mínimo de responsabilidad y respeto mutuo.

Si cada grupo busca únicamente su propio beneficio, la política se degrada. Si la desconfianza domina el espacio público, la justicia se multiplica en forma de normas y sanciones, pero la convivencia se debilita.

Volvamos a la frase inicial: “Si los ciudadanos practicasen entre sí la amistad, no tendrían necesidad de la justicia”. Aristóteles no negaba la importancia de la ley. Lo que afirmaba es que la mejor comunidad es aquella donde la ley casi no necesita imponerse, porque los ciudadanos ya actúan con virtud. Tal vez ahí esté su mayor enseñanza: la democracia no es solo un conjunto de procedimientos. Es también un proyecto moral. Requiere educación, carácter, sentido del bien común.

En un tiempo donde la política parece reducirse a estrategia, comunicación y competencia electoral, Aristóteles nos recuerda algo sencillo y profundo: una comunidad política solo es fuerte cuando sus miembros comparten algo más que intereses; cuando comparten una idea de lo que vale la pena vivir.

No necesitamos volver a la polis griega. Pero sí podemos preguntarnos, con él, qué tipo de ciudadanos queremos formar. Porque, al final, ninguna constitución puede sustituir por completo la virtud.

Notas

Pedro Delgado Malagón

Fuente: https://www.elcaribe.com.do/gente/cultura/apuntes-de-infraestructura/aristoteles-y-la-democracia-de-hoy-una-conversacion-necesaria/

28 de febrero de 2026 REPÚBLICA DOMINICANA

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