Ética y ontología en el filósofo del fuego o cómo filosofar desde las sombras

Dice Aristóteles que los hombres comenzaron a filosofar cuando se sintieron
maravillados ante algo. Fue su extrañeza o perplejidad el móvil de sus
reflexiones postreras. El mismo autor sostiene que el pasmo que sintieron
aquellos hombres lo experimentaron al reconocer que sabían muy poco o, para
decirlo como es, que ignoraban mucho. Se comenzó a filosofar entonces para
huir de la ignorancia y, hasta nuestros días, quienes por ventura o
desgracia nos dedicamos a esa labor, nos afanamos en hallar una verdad que,
todavía y mal que nos pese, gusta de esconderse y ser perseguida.

Fue el Estagirita quien señaló que podría haber ciencias más útiles y
necesarias que la filosofía pero ninguna mejor ni tan importante como ésta
pues, dentro de las ciencias, la filosofía es la “más digna de estima”. En
su Metafísica nos dio cuenta de los primeros filósofos, llamados
“físicos” por abocarse al estudio de un elemento natural del que habría de
provenir todo cuanto existe. Así, relató brevemente las respuestas que los
también llamados “filósofos presocráticos” dieron a la pregunta que alude
el origen. Pasó por Tales, Anaximandro y Anaxímenes de Mileto, Diógenes,
Empédocles, Anaxágoras, Parménides, Leucipo y Demócrito, pero cuando
tuvo que referirse a Heráclito de Éfeso, sólo atinó a decir que ese
pensador atribuía el origen del cosmos al fuego. Desde entonces se le ha
dado poco espacio y menos importancia a Heráclito; filósofo al que, no
obstante hablar del fuego, del brillo, de la luminosidad y del resplandor de
la verdad, la historia de la filosofía y sus cómplices, lo han tachado de
“oscuro”. Sin embargo, me atrevo a pensar que la llamada oscuridad del
pensamiento heracliteano se derivó más de un exceso de luz que de una
carencia de la misma. El propio Platón nos señaló en el mito de la
caverna que también la luz en exceso ciega. Visto de esta forma, Heráclito
fue llamado oscuro porque se atrevió a filosofar desde las sombras, es
decir, se dio a la tarea de pensar desde su propia realidad pero no se
redujo a ella sino que logró traspasarla; convirtiéndose, entonces, en uno
de los iniciadores de la metafísica junto con Parménides.

Han sido los fulgores de un pensamiento en extremo lúcido los que nos han
cegado y, al hacerlo, nos han impedido ver la claridad con la que se
manifiesta una naturaleza que nos habla. Tendremos, para leer a Heráclito,
que acostumbrarnos a la luz porque no es fácil librar nuestros ojos del
ofuscamiento producido por las tinieblas.

Paradójico resulta llamar oscuro al filósofo de la luz. Sobre todo si se
toma en cuenta que fue él quien habló de una naturaleza contradictoria de
la realidad; situación que, dicho sea de paso, no era nueva, porque ya
Anaximandro lo había hecho pero, a diferencia de éste, quien sostenía que
un aspecto vive gracias a la muerte de otro y que esta muerte constituye en
sí misma una injusticia, Heráclito expresa que dicha contradicción es
inherente a la realidad y refleja su verdadera esencia. En este sentido,
más que una injusticia, el predominio de un elemento sobre otro genera
armonía.

Ética y ontología en el filósofo del fuego es un texto en el que Mariano
Rodríguez González nos recuerda que la presencia de Heráclito ha sido
fundamental para la evolución del pensamiento filosófico. Cabría afirmar,
incluso, que ni Hegel ni Marx hubiesen sido tan claros de no haber abrevado
de una filosofía considerada carente de luz. Y es que Heráclito nos
reitera que el conocimiento verdadero no se profesa sino que se aprehende,
dicho este término en el sentido de tomar o aferrarse al sentido. Visto de
esta forma, no es necesario que alguien enseñe el saber auténtico porque
él mismo se manifiesta en la realidad al tiempo que se esconde, y sólo le
exige al hombre el arrojo de tomarlo para sí y la voluntad de ofrecerlo a
su comunidad; es decir, implica por un lado un llamado, una vocación para
comprender la realidad suprema; y por otro, una disposición por compartir
esta comprensión, una actitud de servicio que, según asegura nuestro
autor, es inherente al filósofo.

Mariano Rodríguez sostiene que Heráclito nos lleva a la verdad a partir de
los indicios. Vamos tras las huellas de un conocimiento que sólo deja
rastros pero que tiene muchos rostros. Al observar la realidad y ver en ella
elementos contrarios: dios-hombre, día-noche, invierno-verano, frío-calor,
seco-húmedo, duro-blando, etcétera, suponemos incluso que la muerte es el
término de la vida y que ésta es más valiosa que aquella. Sin embargo,
decía Nietzsche, vivimos en un mundo aficionado a las distinciones; y es
precisamente esta afición la que nos impide ver cómo la realidad es una y
múltiple, convergente y divergente, según enseñó Heráclito.

Esta es la verdad que nos invita el filósofo de Éfeso a encontrar: los
opuestos que vemos luchan entre sí pero no para destruirse sino para
generar armonía. Si así pensamos, ¿será entonces la muerte tan valiosa
como la vida? ¿Tendría acaso sentido la segunda sin la primera? ¿Cómo
podría disfrutar el hombre de sus días si no sospechase que pueden ser los
últimos?

Mariano Rodríguez afirma que por tal forma de pensar Heráclito es
“cautivador e interesante”, ya que su pensamiento y su manera de expresarlo
no sólo nos comparten sus razones sino que nos dan ocasión de razonar por
cuenta propia. Sólo el hombre, dice el autor, único ente capaz de pensar
el ser que lo conforma y lo trasciende, posee también la capacidad de darse
sentido en su morada cósmica y compartir ese sentido con los otros. Aquí
radica el aspecto ontológico y ético de los planteamientos heracliteanos.
Sólo el ser humano posee la facultad de pensar y de pensarse; pero no todo
pensamiento es profundo. Muchos de ellos, al estudiar la realidad, quedanen
la superficie y son, por tanto, superficiales. Sólo “aquel [pensamiento]
que reconoce la unidad del mundo en sus oposiciones; y la totalidad de sus
contradicciones” es profundo y sólido. Los demás, dirá Heráclito, al ser
opiniones humanas, “son juegos de niños”.

Según nuestro autor, el efestio concibe la naturaleza como conflicto y
tensión. Conflicto, porque sin la eterna lucha o pólemos que gobierna y
reina entre los contrarios, la naturaleza simplemente no existiría.
Tensión, porque es esta situación la que vincula el desgarro con la
unidad, la que explica el por qué el mundo cambia medidamente por un logos
y la que soporta la idea heracliteana de que el eterno fluir no es azaroso o
caótico sino, esencialmente, ordenando y fundante.

No debemos tachar a Heráclito como el filósofo para el cual todo cambia y
nada permanece, como el pensador “que convierte a todo en puro fluir (panta
rei) arrojando al hombre a un torbellino de transformaciones en que el
pensamiento no puede asirse a nada seguro y firme”. Entenderlo así
equivaldría a decir que Heráclito es promotor del escepticismo y del
nihilismo. Más bien debemos verlo como el precursor de una filosofía que
hace énfasis en nuestra “fisura ontológica”.

Para entender esto último habremos de valernos incluso de una analogía
que, aunque pudiera parecer desafortunada, nos permitirá comprender mejor
lo que sostiene Mariano Rodríguez. Analicemos por tanto la naturaleza de
una cicatriz. Ella misma manifiesta, por sí sola, la unión de partes
divididas. Es la evidencia de una restauración pero también es el indicio
que deja entrever una ruptura original. La cicatriz es el rastro que
arrastra a la vez la tragedia de una alteración y la felicidad de un
acomodo. A través de ella recordamos la fisura, la separación de que fue
objeto nuestra carne, pero también comprendemos nuestra regeneración. La
cicatriz es la impresión, la marca que nos ha dejado como recuerdo un
corte. Ahora bien, si llevamos esta idea a la visión heracliteana, debemos
comprender entonces que la naturaleza contradictoria de la realidad –en la
que hallamos todos los opuestos– se rige por una guerra esencial que busca
no el aniquilamiento sino la concordancia y, con ella, la justicia.

Así como la cicatriz evidencia la recomposición de un corte, así los
contrarios se fusionan para dar movimiento, y por tanto, para dar vida a una
existencia que no cesa. Es la unidad de la multiplicidad o la multiplicidad
en la unidad. En este sentido, “el concepto de guerra [utilizado por
Heráclito] es estrictamente filosófico, ontológico y como tal debe
entenderse: la guerra es la tensión original y fundamentadora del proceso
dinámico de la naturaleza de todas las cosas, del ser mismo”.

Mariano Rodríguez nos regala en este texto una lectura del pensamiento
heracliteano. En él subraya que cuando éste habla de la naturaleza
cambiante de las cosas, lo hace no sólo para advertirnos del devenir
incesante del cosmos, sino para reiterar que dicho devenir nos incluye. Al
trasformarse el universo nos trasformamos con él. Visto así, el hombre no
es, en el estricto sentido del término, sino que está siendo. En este
“estar siendo” radica la trágica situación humana que no entendemos del
todo porque, de hacerlo, comprenderíamos que la vida y la muerte que
llevamos en nuestro ser obedecen a las normas que dicta la necesidad, es
decir, el logos, la razón o dios. Gracias a esta necesidad el cosmos
alcanza armonía y sentido.

“Todo se origina en la discordia”, afirma Heráclito. Esto quiere decir que
sin la pugna entre los opuestos no habría movimiento y sin movimiento no
habría vida. Es la guerra amistosa entre los contrarios la que hace posible
una reconciliación necesaria y una vida justa. Digo “guerra amistosa” para
enfatizar que el filósofo del fuego sostiene que todo nace de la lucha y
que esta lucha produce todo flujo. Lo hago, también, para decir que a
diferencia de sus antecesores que buscaban la permanencia y la estabilidad,
Heráclito no sólo rechazó la posibilidad de un mundo estático e
inmóvil, sino que se afianzó a la idea de que si algo vive, vive gracias a
la muerte de otras cosas. Será Mariano Rodríguez quien dirá que en
Heráclito no todo es fluir sino que hay algo que permanece: la constancia
del cambio y su naturaleza ordenada y precisa.

Quizá a partir de esta idea podemos afirmar que Heráclito y Parménides no
estaban tan lejos el uno del otro. Ambos rechazan los sentidos como vía
para acceder al conocimiento; reiteran la naturaleza engañosa de los mismos
y se refieren a un conocimiento al que sólo se puede llegar por la razón,
por el logos. El logos, puntualiza Rodríguez González, significó
originalmente reunir cosas dispersas. Posteriormente el término fue
utilizado como decir o dar cuenta. Ambos pensadores, desde diferentes
posturas, dan cuenta de una realidad que se muestra pero cuya naturaleza nos
impide penetrar en sus designios a través de lo que aparenta. A ella
habremos de llegar por el pensamiento porque, como afirma el filósofo de
Elea, autor de El poema sobre la naturaleza, “sólo el pensamiento es
superior”.

Esta es una lectura que podemos dejarle pendiente a nuestro autor para que
la desarrolle posteriormente. Ahora, aplaudimos el hecho de que nos acerque
a ese pensador, para quien la filosofía no sólo requiere vocación sino,
sobretodo, temperamento. La primera, la hará seguramente porque está
convencido, como el pensador estudiado por él, que se aprende a filosofar
viviendo y, a vivir, filosofando; respecto a lo segundo, le agradecemos la
ocasión de recordarnos que la filosofía es asunto de los hombres y no de
los dioses y, por ende, necesitamos filosofar para poder vivir y para dar
sentido a la vida que tenemos. Simultáneamente, porque su texto nos exhorta
a aprender a vivir la vida nuestra para que a partir de ella, y en ella,
encontremos los pretextos para nuestro reflexionar.

Para Heráclito, nos recuerda el autor, todos formamos parte de un fuego que
nos hace arder y nos consume. Comprender esto no sólo deja de lado el
carácter trágico de nuestro destino sino que nos hace menos infelices,
haciendo de nuestra vida, como bien sostiene nuestro autor, una “tragedia
alegre”.

Ética y ontología en el filósofo del fuego es un texto que viene a
profundizar en el pensamiento de un filósofo que en los cursos formales de
filosofía sólo se ve de paso y, en algunas ocasiones, se le mira incluso
de reojo. Lo recomiendo no sólo porque sé de la importancia del mismo y
del esfuerzo de su autor, sino porque, en lo personal, me invitó a buscar
la luz desde la penumbra, llevándome entonces a filosofar desde las
sombras. LC

Ética y ontología en el filósofo del fuego (Hacia una lectura de
Heráclito de Éfeso), Mariano Rodríguez González, Toluca, UAEM, 2003, 118
pp.
Fuente: Germán Iván Martínez

MEXICO. 4 de agosto de 2010



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