Sobre modos de genialidad: el astral y el funcionarial

Por Fernando Rodriguez Genovés.
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«El estudio que sigue […] Trátase en él de averiguar hasta qué punto es capaz la inteligencia de entender la vida y la obra humanas. Todo hecho –sin excluir ese hecho que constituye la vida del espíritu– entraña, por su misma condición de tal, un ingrediente que nos resulta ininteligible.»
Karl Jaspers, Genio y locura (Strindberg und Van Gogh, 1949)
Por encima del planeta Tierra, brillan los astros en el firmamento. Asimismo, por encima de la gente corriente, de la masa social, del hombre común, destacan los genios, esto es, aquellos individuos de un talento superior que brillan con luz propia, viven y producen por encima de los demás mortales y más allá de su tiempo, sobreviviendo en la memoria de la humanidad y acariciando la inmortalidad en la Historia. Según entiendo, en el genio hay algo o mucho de divinidad (y de daîmon), porque no se limita a producir, sino que, con su quehacer, crea.{1} Ahora bien, es necesario hacer distinciones a propósito del olimpo de las divinidades geniales.
El sentido moderno de «genio» está próximo a la acepción clásica tomada del latín. Según ésta, en uno de sus sentidos, genius es «una deidad que según los antiguos velaba por cada persona y se identificaba con su suerte». Tal significado remite más al terreno fabuloso (de fábula) que al creativo de la acción y la producción humanas. Sería el caso del genio de la lámpara de Aladino, fantasía concebida en una fuente árabe medieval y posteriormente incorporada al libro de Las mil y una noches.
Pero, «genio» también está en armonía, en el mejor sentido de la palabra, con «generoso», del latín generosus: «linajudo, noble». El genio es, ciertamente, un ser benefactor (con algunas excepciones): hace bien a los demás, pero no de modo intencional ni porque los proteja, ni «vele» por ellos, cual genio salido de la lámpara maravillosa. No se da a los demás, sino que da –o sea, libera– a los demás, a quien desee poseerlo, el fruto de su talento. Es magnánimo, próvido y lujoso, mas no necesariamente caritativo ni filántropo. Entrega, mas no socorre, beneficia, mas no asiste, pues su beneficio es indirecto y general: beneficia a las gentes porque piensa y actúa, primariamente, en sí mismo, en su ser y su mejora. El genio es reconocido por su carácter egocéntrico, no confundir con «egotista». Ejerciendo como lo que es, un espíritu libre, respira su propio oxígeno (Ludwig Wittgenstein). Su acción y su atención están centradas en su propio ser y hacer.{2}
El genio es, así pues, en su significación astral (más adelante, explicitada), un personaje solitario e insociable, recogido… en sí mismo. Circunstancia propia a su condición, he aquí su destino: la inadaptación y la incapacidad para la asimilación social e histórica en el marco espacio-temporal en que habita. No es hijo de su tiempo, sino de –y para– todos los tiempos.
«El genio no es, pues, simplemente el talento o el ingenio, por grandes que sean éstos; posee una cualidad propia que ningún talento o ingenio posee: la de producir reglas. El genio no necesita, así, someterse a reglas, puesto que las produce, pero no debe confundirse esta libertad del genio con la mera arbitrariedad; las reglas producidas por el genio no son derivables de otros modelos, pero son reglas.» (la cursiva es mía).
José Ferrater Mora, Diccionario de Filosofía, Tomo II, 1979, entrada «Genio»
En efecto, el talento y el ingenio, así como la inteligencia, no son suficientes (acaso tampoco necesarios) para caracterizar la naturaleza del genio. El talento o la inteligencia miden la fuerza y la altura, teórica y práctica, del tipo genial, pero su alcance no puede ser limitado en tiempo y espacio, ni identificarse con la traza del especialista o el intelectualmente superdotado, esto es, aquel que es muy diestro en su materia respectiva o supera con nota los test de inteligencia.
En consecuencia, el genio astral, creando un mundo propio, constituye a su vez una galaxia, al tiempo que suele mostrarse inepto, y aun torpe, en las labores y los cometidos de la vida cotidiana. Más que ajustado al estereotipo de un sabio (o profesor) chiflado, el genio revela un comportamiento en el «mundo sublunar» poco común y poco comunitario, extravagante, singular, chocante, excepcional, anormal y, en fin, raro; ya lo dejó escrito Baruch de Spinoza el modelo genial en el campo de la filosofía: «todo lo excelso es tan difícil como raro.» (Ética, V, 42, esc.). Estos atributos estarían menos marcados en el genio funcionario; digamos para empezar, y por afán de cotejo de un ejemplar coetáneo de Spinoza, Gottfried Wilhelm Leibniz.
El ingenio puede definirse como el aderezo del talento, porque no constituye su rasgo principal ni dominante; algo similar ocurre cuando diferenciamos entre «gracia» (ser gracioso o tener gracia) y «humor» (practicar un sano y chispeante humor).
Es en el «mundo supralunar» (por seguir con la terminología aristotélica), o sea, en el espacio astral, donde el genio luce y reluce, resplandece y centellea, alumbra e ilumina el «mundo sublunar», ámbito de la vida corriente.

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Astros y funcionarios
(son todos los que están, pero no están todos los que son)
Perfilado arriba el sentido y significado del vocablo «genio», tal y como aquí lo uso, incido ahora en que genio es el creador que brilla con luz propia y, como sabemos, tiene (y existe en) un mundo propio; así, en propiedad sólo a quienes poseen estos rasgos pueden, en rigor, ser denominados de esta guisa. Entender el asunto en toda su profundidad y extensión es cuestión peliaguda, pues para el que no sea genio (para quienes no lo somos) esta consideración, este acercamiento al fenómeno aquí tratado resulta, en verdad, «ininteligible» (Karl Jaspers). Según entiendo, «astro» (genio astral) es un ser superior al resto de mortales por su dimensión sobrenatural de inmortalidad, fruto de un ser y un hacer sublimes. Es, asimismo, un tipo humano marginal y singular, siguiendo siempre en su obra su particular criterio y parecer, los cuales generan modelos o reglas originales y generales, los cuales posteriormente sirven de maneras de actuación y producción, improbablemente imitables. Espíritu libre, roza la anormalidad, cuando no se consume en la ansiedad{3} o se hunde en la locura{4} o en la miseria material{5}.
Cabe diferenciar entre dos clases de genios: el astro y el funcionario. Ya ha sido caracterizado el primero. Por su parte, denomino genio «funcionario» a aquel que, en su obrar, sirve, en última instancia, a un ente o una entidad externos a éste, sean éstos personas y personajes, instituciones y Gobiernos o ideas, ideales e ideologías (la «Causa», el Partido, la religión, etcétera). El genio funcionario no es capaz de hacer recaer sobre sus espaldas todo el peso de la obra producida; ésta precisaría de una Causa superior a él o una motivación y un contexto externos. El genio funcionario, así pues, no construye la tela de araña en la que se mueve ni estimula su quehacer motu proprio, sino siguiendo principios, impulsos o incluso mandatos de Otro.
Aristóteles, no es independiente ni indisciplinado como Diógenes de Sínope, sino que o se debe a la corte de Macedonia o a la disciplina de la lección en el Liceo ateniense. Nicholas Macchiavello es un diplomático, literalmente hablando, un «funcionario» al servicio de la República de Florencia, mientras que Erasmo de Rotterdam es un sabio itinerante, que no se rinde a la amenaza de Martin Lutero ni siquiera a la voluntad del emperador Carlos V. Michel de Montaigne, según confiesa, en la presentación de los Ensayos, el propio yo es el tema de su magno libro. Etcétera.
Ciertamente, el contexto histórico, la estructura socio-económica, en cada época influye en el comportamiento individual, aunque no de modo determinista. El genial sociólogo alemán Norbert Elias –cuyos principales temas de estudio están centrados, justamente, en la relación individuo-sociedad– realizó un profundo retrato de Wolfgang Amadeus Mozart en diversos textos que fueron recopilados y editados tras su muerte bajo el título de Mozart. Sociología de un genio (1991){6}, a cargo de Michael Schötter. Afirma Elias que la gran tragedia personal de Mozart radica en el hecho de que actuó, o intentó actuar, como un «artista libre» (por ejemplo, componiendo sin trabas la música que bullía en su cabeza), cuando el tiempo en el que vivió, cual astro tan rutilante como efímero, todavía consideraba a los músicos (también a pintores o médicos, por muy geniales que fuesen), como miembros del servicio doméstico del poderoso de turno, quien marcaba a aquéllos los ritmos de composición y actuación. Joseph Haydn, por ejemplo, entre otros genios más, realizó gran parte de su carrera musical (casi treinta años) bajo de égida de la familia Esterházy en Hungría, la cual abandonó al ser despedido por el sucesor de su protector, al morir éste.
Anteriormente a este caso fenomenal, podrían citarse otros similares, referidos en orden genio astral / genio funcionarial: Galileo Galilei / Isaac Newton; Michelangelo Merisi da Caravaggio, Harmenszoon van Rijn Rembrandt / Diego Velázquez. Y, posteriormente al mismo, Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche / Immanuel Kant, Georg Wilhelm Friedrich Hegel; Hugo Laurenz August Hofmann von Hofmannsthal / Johann Wolfgang von Goethe; Honoré de Balzac / Alexandre Dumas, Víctor Hugo; Francisco de Goya, J. M. W. Turner, Paul Cézanne, William Blake / Pablo Ruiz Picasso; John Ford, Orson Welles, Friedrich Wilhelm Murnau / Sergei Eisenstein, Alfred Hitchcock; etcétera.
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Lista para sentencia
Las listas y los listados suelen fascinar a memos y pavos (y a quienes se deleitan con el cierre de filas), mientras interesan bastante poco a los prudentes y a los listos… Con todo y sin embargo, se me antoja que en un asunto como el que llevamos entre manos, cabe hacer una excepción, pues la reflexión que aquí expongo, sin nombres ni repertorio (o digamos, sin reparto), quedaría un tanto abstracta o retórica, ambigua e indefinida, y acaso también poco comprometida. Transito, pues, por esa ruta pantanosa del modo más prudente y conciso posible, pagando, en cualquier caso, el peaje de resumir, definir e intentar aclarar los términos en cuestión, perfilados en secciones anteriores o posteriores a estas líneas.
Primera. Las categorías «astro» y «funcionario», referida al genio, no conllevan una consideración moral del mismo, y mucho menos una simpatía o antipatía personal, por mi parte. Un genio es un ser superior por lo que hace y cómo lo hace, pero no supone necesariamente que sea una buena persona, un tipo íntegro y de un valor moral positivo.
Una muestra: el espía británico Kim Philby, quien, alcanzando los más elevados puestos en el servicio de información e «Inteligencia» conocido como MI6, trabajó durante treinta años para el régimen soviético, engañando a todos, sin sufrir castigo ni depuración por ninguna de los Gobiernos implicados (Gran Bretaña, por su traición y la URSS, por sistema) y quien, una vez descubierto, logró huir a la URSS, donde falleció de muerte natural. Philby, genio sin duda del arte del engaño, la deslealtad y la doblez, hizo de su concepción de la amistad el principio rector de su conducta retorcida, una concepción, todo sea dicho, heredera de la nefasta filosofía de la amistad proveniente del grupo de Bloomsbury en Reino Unido (con Lytton Strachey a la cabeza), así como del código de actuación interno o policy del MI6 basado no en valores de confraternidad y generosidad, sino de camaradería, en acepción comunista, de elitismo, de favoritismo y, en fin, de vileza hacia quienes son tomados como «amigos». Repárese, sin ir más lejos, en Nicholas Elliott, colega íntimo de Philby de toda la vida, a quien mintió y raposeó todo el tiempo, el cual, supuestamente, y a pesar de todo, facilitó la escapada de Philby a Moscú, muy probablemente con el visto bueno de las altas esferas del Ministerio de Interior británico{7}). En este caso, en vez de amistad, habría que hablar, en rigor, de complicidad y en lugar de amigos, de «compañeros de parranda o de viaje», de secuaces en el interior del grupo, mientras que hacia los demás sólo experimentan desprecio o indiferencia.
Segunda. El acoplamiento de personas singulares a alguna de estas dos categorías –«astro» o «funcionario»– no está relacionado con la relevancia, mayor o menor de cada cual. En la sección anterior, hemos citado el caso Mozart. He aquí otro ejemplo: Leonardo da Vinci puede ser considerado, sin reservas ni exageración, por la fuerza y variedad de sus creaciones, como el mayor genio de la Historia. Con todo, juzgo su genio y figura ajustados al patrón «funcionario». Según la estructura sociocultural en la que vivió, el Renacimiento, no había llegado el tiempo en el que los creadores, pensadores o artistas, actuaran como «espíritus libres», forjando su obra según voluntad e iniciativa propia, sino recibiendo encargos e instrucciones de otros a quienes servían y a quienes están obligados a agradar. Lo relevante del caso es que no todos procedieron del mismo modo a semejante sumisión. En el caso particular, Michelangelo di Lodovico Buonarroti Simoni, prototipo en esta misma época de «genio astro», es conocido y reconocido, además de por la bravura de su obra, por su marcada rivalidad personal con Leonardo, rivalidad, más allá de la habitual competencia profesional, por razón de carácter, maneras de actuar y modos de relacionarse con las instancias superiores para quienes trabajaban. En realidad, como ya se ha dicho, el genio astro, labora, en esencia, para sí mismo, incluso cuando cumple un mandato o una orden externa.
Tercera. Las dos extremidades superiores del tronco genial reciben su fluido vital que las activan de diversas fuentes, intelectuales y artísticas, en los casos más estelares, pero, sobre todo, de aquel espacio de la mente y la acción humanas en las que distinguimos lo excelso y sublime de lo ordinario y común.
Y cuarta. Siendo peliagudo y aun temerario (aunque como también ha sido dicho, justificado) el recurso ilustrador de los apuntamientos en los registros astral y funcionarial, considero aconsejable la contención y la mesura en el número de asientos, que lleguen a ser suficientes para su comprensión, si bien eviten la exhibición hasta pecar de exhaustivo; acaso algo impropio en un rasgo –la genialidad– que, por experiencia y aun por necesidad, no puede ser numeroso, pues en tal caso perdería su calidad y su genuino sentido. O expresado en frase coloquial: son todos los que están, pero no están todos los que son.
Notas
Por
{1} La voz «genius» proviene del verbo latino gígnere que significa «dar a luz, traer al mundo, engendrar»
{2} El uso en español del término «genio» revela un cierto rebajamiento en su significación. «Si no se especifica, se entiende “mal genio”: “¡Caramba, tiene genio esta chica.”» (Diccionario de Uso del Español, de María Moliner).
{3} Norman Lebrecht, Genio y ansiedad. Cómo los judíos cambiaron el mundo, 1847-1947. Traducción, Alejandra Freund. Alianza Editorial (2022.)
{4} Karl Jaspers, Genio y locura, en la (segunda) edición en español, Aguilar, Madrid, 1956; Strindberg und Van Gogh, en la versión original, 1949.
{5} Anthony Mann, director de The Great Flamarion (El Gran Flamarion, 1945) afirmó sobre Erich von Stroheim, protagonista de la película: «Von Stroheim, como mínimo, era difícil. Era una personalidad, no un actor de verdad. Se veía bien en la película. Pero era un gran director. Nunca olvidaré una cosa. Me dijo: “Tony, ¿quieres ser un gran director? ¡Fotografía todo el Gran Flamarion con mi monóculo!”. Le contesté: “Es una idea fantástica, pero solo tengo 150.000 dólares y catorce días”. […] Me volvió loco. Era un genio. Yo no soy un genio: soy un trabajador. Los genios a veces acaban muy desdichados, sin un céntimo. Eso también les pasó a Erich y Preston Sturges». Wicking, Christopher; Pattinson, Barrie (julio-octubre de 1969). «Entrevistas con Anthony Mann».Screen. Vol. 10, pág. 34. Citada en la entrada del filme en Wikipedia, y leída el 4 de marzo de 2026.
{6} Edición en español del libro: Norbert Elias, Mozart. Sociología de un genio. Edición de Michael Schroter. Traducción de Marta Fernández-Villanueva y Oliver Strunk. Ediciones Península, 1991. «Ciertamente fue decisión de Mozart dejar de servir en la corte y atreverse a dar el gran paso. Pero en el fondo incluso semejantes decisiones individuales siguen siendo impenetrables si no se tienen en cuenta los correspondientes aspectos de los procesos sociales no planeados, en cuyo marco se toman y cuya dinámica los condiciona en gran manera. La reconstrucción de lo que significa la vasta transformación de la relación entre los productores y los receptores de arte para la experiencia y la situación de los primeros y, asimismo, para la calidad figurativa de sus obras, eleva y profundiza el entendimiento sobre un artista aislado que, como Mozart, con grandes esfuerzos, da un paso en dirección a este proceso.»
{7} Ben Macintyre, A Spy Among Friends (2014). Versión española: Un espía entre amigos. La gran traición de Kim Philby, traducción David Paradela, Crítica, Barcelona, 2015
Fuente: https://nodulo.org/ec/2026/n214p06.htm
10 de abril de 2026. ESPAÑA
