Editorial

Justo un 25 de agosto – como hoy que escribo- pero del año 1900 muere el filósofo alemán Friedrich Nietzsche.
De carácter crítico y radical Nietzsche revolucionó la filosofía. Con sus tesis sobre la transmutación de los valores, la muerte de Dios y el advenimiento del súper hombre, marcó en gran medida el hacer filosófico del siglo posterior.

Un alma atormentada en un cuerpo enfermo, amante de las letras y enemigode Sócrates, aficionado a la música pero más a las afirmaciones gratuitas, era la filosofía de Nietzsche una metáfora total, una provocación sin límite, un golpe a la nuca, un dolor de cabeza; la Iglesia y el cristianismo eran sus mejores y más frecuentes clientes.

No hace mucho escuché a un seminarista decir por televisión que su filósofo favorito era precisamente el “anticristo de la filosofía”, entonces entendí que la interpretación de las metáforas sí tiene un límite.

Nietzsche es el filósofo de la pasión desbordada, de la furia contenida, el que escribía para muy pocos lectores, al igual que Kierkegaard en Temor y temblor pero con un poco, pero con un poco nada más, de menos fe.

Ciento seis años después podemos decir que la obra de Nietzsche transmutó los valores o por lo menos el valor de la comercialidad de los libros de filosofía. Es hoy Nietzsche el autor de filosofía más popular en la sección de libros de los supermercados – todo un dios entre best sellers y títulos de superación.

Ésta, creo, que es aún la metáfora más grande sobre Nietzsche, la del eterno retorno, la que está muy cerca de la nada: la literatura de supermercado.



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