La comprensión de la Filosofía

Filósofo, sociólogo y ensayista, nació Valladolid el 17 de junio de 1914. Se doctoró en Filosofía y Letras en la Complutense, donde tuvo como profesores a Zubiri y a José Ortega y Gasset, de quien fue discípulo y amigo. Falleció el pasado 15 de diciembre a los 91 años.
La filosofía, como tipo de razonamiento, no tiene una complicación especial. Otras disciplinas tienen mayores dificultades, por ejemplo la matemática, frente a la considerable sencillez del pensamiento filosófico, que en principio es accesible a cualquier persona normal, a condición de que no se lo enmascare con una terminología abstrusa y absolutamente innecesaria.
Sin embargo, se da por supuesto, y en cierto modo es verdad, que los muy jóvenes no entienden la filosofía. La parcial justificación de esto es que la filosofía consiste en hacerse las preguntas “radicales”, aquellas que afectan a la misma realidad, y que son condición de toda verdadera comprensión. Los muy jóvenes pueden entender el razonamiento filosófico, más sencillo que los que usan en álgebra o geometría, pero no el sentido de las preguntas, es decir, “de qué se trata”. Lo primero es entender por qué hay que preguntarse algunas cosas.
Por esto, la única manera de que en edad juvenil se comprenda la filosofía es verla en su historia, por qué algunos hombres, en circunstancias determinadas, para poder vivir, para saber a qué atenerse, para ser quienes pretendían ser, tuvieron que hacerse ciertas preguntas. Entonces se ve con total claridad que aquello tenía sentido, que esas preguntas eran necesarias, y que las respuestas “tenían razón”.
Si se sigue pensando, y se tiene en cuenta que las circunstancias del mundo van cambiando, se descubre que aquella razón no era “suficiente”, que no era enteramente satisfactoria, que hacía falta algo más, y se encuentra uno en una nueva formulación de las preguntas y en la necesidad de encontrar otras respuestas, que parecen más justas y verdaderas, más comprensibles.
Y así sucesivamente. Las preguntas se van depurando, se van haciendo más justificadas, imperiosas, profundas; las respuestas, lo que llamamos las diversas filosofías, van respondiendo a ellas, y descubrimos su necesidad y su justificación. En suma, comprendemos, no sólo cada doctrina filosófica, sino su motivación, su inevitabilidad, su sentido. Vemos que no se trata de un catálogo de opiniones o de meras “ideas”, sino de un “argumento” inteligible de la historia del hombre, por lo menos del hombre occidental. Y si se pertenece a ese mundo, a esa variedad de lo humano, se entiende dónde estamos, quiénes somos, por qué se han ido pensando cosas muy diversas, que se pueden perfectamente entender.
No sólo se entiende cada una de ellas sino su pluralidad, su continuidad, su coherencia, la justificación es su conjunto, y con ello el sentido de una historia de más de dos milenios, que es parte de nosotros, que llevamos dentro, sin poseer la cual no sabemos bien quiénes somos y quiénes podemos ser.
Y como se trata de las preguntas radicales, se descubre que sin ellas toda iluminación es deficiente; al hilo de ellas se han ido planteando y formulando las cuestiones con las que ha tenido que irse debatiendo el hombre, desde Grecia hasta la totalidad de Europa y su consecuencia: el mundo occidental. La teología, las ciencias de la naturaleza, las de la sociedad, las de la política y la economía, las que hacen posible y regulan la convivencia, han surgido en torno a la filosofía y en gran parte condicionadas por ella. El olvido de la filosofía, tan generalizado hoy, significa el apagón general, el oscurecimiento de las cuestiones con las que nos enfrentamos, la seguridad de que se planteen de un modo insuficiente, parcial y en última instancia falso.
Lo grave es que la manera usual de estudiar filosofía hace casi imposible su comprensión para los muy jóvenes y muy difícil para los adultos. La atomización de las cuestiones las hace ininteligibles. Si se estudia la obra de unos cuantos pensadores aislados no se entiende nada. ¿Por qué tal filósofo dijo lo que dijo? Parece puro capricho, arbitrariedad. Se estudia la obra de otro, tres siglos posterior, y resulta igualmente incomprensible. Sin la continuidad variable, lo que he llamado el “sistema de alteridades”, no se puede comprender.
Todo lo humano requiere un “por qué” y un “para qué”, una motivación y una finalidad. Sin ellas, nada es comprensible y se queda uno con una colección de hechos “brutos” que no permiten la intelección. De ahí el peligro de que el hombre contemporáneo sea un primitivo lleno de noticias.
Y he hablado del riesgo de que la filosofía quede enmascarada por una terminología abstrusa. Ese peligro es tan amplio que afecta a todas las disciplinas. Los llamados “expertos” usan casi siempre una jerga pedantesca y ridícula, que empieza a producir escándalo y acabará por causar indignación.
En filosofía esto es absolutamente innecesario, más aún, contraproducente. La filosofía se puede y debe formular con palabras de la lengua, cuanto más viva mejor, no digamos si se trata de una lengua ilustre, pulimentada por un milenio de uso literario ininterrumpido y enriquecido a lo largo de tantas generaciones. La lengua es ya de por sí la primera interpretación intelectual de la realidad; su vocabulario es la primera articulación de ella, un sistema de distinciones, conexiones y separaciones; su sintaxis corresponde a un estilo mental, a una manera de vivir. Significa además la acumulación de experiencias seculares, que resumen la historia del pueblo de que se trata.
Y, si se trata de europeos -en general, de occidentales-, todos ellos llevan dentro la tradición griega y latina; a lo largo de la Edad Media y la Moderna las grandes lenguas europeas han convivido, se han influido mutuamente, se han enriquecido, de manera que la omisión u olvido de las demás es una especie de separatismo lingüístico, una violencia sobre la realidad.
La filosofía, para volver al núcleo de la cuestión, se ha hecho en griego, en latín y en unas cuantas lenguas distintas pero no ajenas, irrenunciables. Se han ido sucediendo en la primacía, han imperado, no por el poder militar, político o económico, sino por la capacidad de creación, por el rigor intelectual, por la fecundidad del pensamiento. Nunca ha sido el alemán tan interesante y fecundo como cuando Alemania estaba dividida y desmembrada, invadida por Napoleón, entre Kant y Hegel.
Y las lenguas son “comunicables”. Desde cada una de ellas hay que considerar, y en lo posible poseer, las demás. Unamuno cuenta que un viejo profesor suyo decía: “Este argumento, como concluye es en latín”. Ahora, muchos piensan que sus doctrinas sólo son válidas en inglés; se ha creído recientemente que únicamente en alemán era posible la filosofía. Son diversas formas de provincianismo.
Estamos en un momento inquietante, de indecisión. Hay un titubeo, como cuando se pisa una encrucijada. Podemos emprender un camino fecundo, que tenga en cuenta las exigencias de la realidad; podemos desdeñarla y olvidarla, preferir el capricho, la ficción o el fanatismo. Lo que no podemos hacer es renunciar a ejercer la libertad, a elegir nuestro destino.

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