La vida lograda de un universitario. Por Jaime Nubiola.

Excma. y Magfca. Sra. Rectora,
Ilustres autoridades,
Colegas, estudiantes, amigos todos:

Agradezco a Lourdes Flamarique y a todo el Comité Organizador la invitación para tomar la palabra en este acto académico para hablar sobre mi querido Alejandro como universitario desde Madrid hasta Navarra. Lo hago con emoción y gratitud hacia quien siempre fue mi maestro. Fui su alumno en la Universidad de Valencia en 1972 y —como se decía antes con expresión del mundo de la pelota vasca— fui su utillero, el acompañante que lleva el material, en este caso, sus maletas, en las oposiciones a profesor Adjunto y a Catedrático. Respecto de lo primero, puedo decir que ya en Valencia el joven profesor llevaba las clases escrita en su cuaderno de espiral tamaño folio con su hermosa letra con pluma estilográfica. Cuando le conocí fue para mí como un flechazo: “Y o quieroser como él”, me dije. Allí descubrí mi vocación profesional. Respecto de lo segundo, mi acompañamiento en sus oposiciones,recuerda Alejandro en sus memorias cómo en la llamada “encerrona” —el ejercicio en el que tenía cuatro horas para preparar una clase con los libros que habíamos llevado en varias maletas— me correspondió un papel decisivo pues cuando se acercaba la hora me acerqué a preguntarle si quería algo de comer y me dijo que no, pero le llevé un café y una copa de coñac. Al ser llamado por el secretario del tribunal para actuar se bebió de un trago la copa y se presentó en la sala con la fuerza de un león metafísico. Su brillante exposición cautivó por completo al tribunal: obtuvo el número uno por unanimidad (Olor a yerba seca, pp. 365-7). Alejandro fue un gran universitario; con amor a la instituciónuniversitaria como el último reducto para hacer posible una efectiva transformación de la sociedad. La Universidad fue siempre para él una comunidad de investigación y de aprendizaje, un espacio de convivenciaculta, de cultivo y respeto de las diferencias, de amor a la libertad personal.
Muchos recordaréis sus afirmaciones tajantes —sobre todo después de su experiencia como Rector— del tipo “A la Universidad actual lo que le sobra es organización. Lo que le falta es vida” (Repensar la Universidad, p. 46).2


Para Alejandro la Universidad, y en particular la Universidad de Navarra, fue la gran pasión de su vida. «Aquí he rozado muchas veces con la punta dlos dedos eso tan difícil de alcanzar en este mundo, y a lo que me atrevo allamar felicidad», decía al recibir la Medalla de Oro de la Universidad. Fue un profesor muy querido y admirado por sus colegas, por susalumnos, por empresarios, por los políticos, por todos, y eso se debía a su inteligencia superior, a su formidable buen humor y, sobre todo, a su enorme
capacidad de querer a las personas.


Voy a limitarme a ilustrar solo tres aspectos de su vida universitaria. El primero, su afectuosa veneración por sus maestros. En especial quiero mencionar a tres de ellos, al profesor Antonio Millán Puelles, que tanto le impactó como estudiante en la Complutense, al profesor Juan José Rodríguez Rosado, que dirigió su tesis doctoral, y al profesor Fernando Inciarte, que durante muchos años fue probablemente su mejor interlocutor intelectual y humano. Alejandro siempre hablaba de ellos con admiración y con enormeagradecimiento.


En segundo lugar quiero destacar su permanente cordialidad con alumnos y colegas, del todo compatible con largas horas de trabajo en su mesa en la Biblioteca. Viene a la memoria cómo cuando tenía que ir desde la Biblioteca al Edificio Central para dar una clase debía salir con notable antelación, pues eran muchas las personas con las que se cruzaba — profesores, personal de administración y servicios, alumnos— y con los que se detenía a saludarles. Tampoco puedo olvidar cómo tantas veces en la cena final de las Reuniones Filosóficas, al término de unas sesudas jornadas en las que Alejandro había tenido intervenciones de altura, siempre magníficas, se lanzaba a cantar en los postres una canción popular asturiana para hacernos disfrutar a todos.


En tercer lugar debo mencionar su generosa dedicación a tareas de gobierno en la Universidad de Navarra, que son las que probablemente minaron su salud. Coincidí con Alejandro como Rector durante seis meses en los que yo era todavía Secretario General. Me impresionaron su humildad, su buen humor y la clarividencia de su juicio. Alejandro tenía una extraordinaria lucidez para identificar cuáles eran los verdaderos problemas de la institución universitaria y a la vez se daba cuenta —quizá más que nadie— de la imposibilidad efectiva de resolverlos.

Antes de llegar al Rectorado, había servido durante muchos años en tareas de gobierno como vicedecano y decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Desde esas responsabilidades dio un gran impulso a los estudios de filosofía, favoreció la apertura intelectual a otros campus y voces filosóficas, y promovió con convicción una concepción abierta y dialogante de la vida universitaria. Con ese mismo espíritu, y siempre junto a otros, fue uno de los iniciadores del proyecto Empresa y Humanismo, así como del Instituto de Antropología y Ética. Todas estas iniciativas respondían a una misma orientación de fondo: abrir la Universidad —y muy especialmente la filosofía— a la sociedad, fomentar la interdisciplinariedad y hacer posible un pensamiento riguroso y libre —le gustaba mucho unir estos dos adjetivos—, capaz de dialogar con los problemas reales de nuestro tiempo.

Sus años como Rector no fueron fáciles para la Universidad ni tampoco para Alejandro personalmente. Como escribió Juan Arana en un maravilloso obituario: «De hecho, tanta carne puso en el asador que se jugó la salud y acabó perdiéndola. Su dinamismo y laboriosidad se asentaban sobre unas bases físicas delicadas. El ritmo de trabajo era a todas luces excesivo, pero lo que verdaderamente le hizo padecer fue la preocupación por las personas que se alejaron de él y de todo lo que representaba sin que pudiera hacer nada efectivo para remediarlo». Alejandro como Rector quiso ser —y lo fue— exquisitamente fiel a las enseñanzas de san Josemaría, fundador de la Universidad, a quien Alejandro tanto quiso.

Quiero hacer una mención final a sus magníficos discursos como Rector de la Universidad. En la apertura del curso 1994-95 formulaba seis propuestas educativas para la sociedad del conocimiento. Transcribo la segunda:

«Sólo se avanza en el conocimiento dentro de una comunidad de investigación y aprendizaje. Esta segunda propuesta apunta a que la educación es una simbiosis, porque aquello en lo que pretende avanzar —el conocimiento— constituye una práctica social, que tiene un curso histórico, un contexto social y unas implicaciones éticas, religiosas incluso. Si se considera que todos estos factores son accidentales al propio saber, lo que sucede entonces es que el saber se desvitaliza y se cosifica, porque queda desarraigado de su tierra natal, de esas comunidades de tradición y de progreso entre las que la Universidad se sitúa en una posición de avanzada. Por utilizar una vieja metáfora, nosotros somos enanos a hombros de gigantes. Vemos más que los que nos precedieron precisamente porque no nos olvidamos de ellos».

Nosotros no nos olvidamos de Alejandro, porque fue un gigante a cuyos hombros nos subimos los enanos.

Muchas gracias.

Jaime Nubiola, 6 de marzo 2026.

Y del término logos (en griego λóγος -lógos- ) es de origen griego y tiene varios matices de significado: Logos es la palabra en cuanto meditada, ..

Notas

Fuente: Jaime Nubiola

15 de marzo de 2026. ESPAÑ

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *