Café con aroma de cicuta

“Seis preguntas de Sócrates” de Christopher Phillips, un libro que recrea el ambiente de los hoy en alza “cafés filosóficos”, pero rebajando la filosofía hasta la banalidad.


En algunas ocasiones, resulta difícil marcar las fronteras entre un libro de filosofía y uno de “divulgación filosófica”. Es lo que ocurre, por ejemplo, con algunas biografías como La pasión de Michel Foucault de James Miller, o el Nietzsche de Safranski. Sin embargo, hay libros que han cruzado el umbral de la divulgación para adentrarse en la mera banalidad, dejando a la filosofía –y al ejercicio del pensamiento crítico en general muy lejos. A pesar de ocuparse casi exclusivamente de la virtud, la moderación, la justicia, el bien, la valentía y la piedad, Seis preguntas de Sócrates es uno de esos libros.
Desde el inicio del texto, el autor se coloca como un heredero directo de la cultura griega (su apellido original, Philipou, habría sido cambiado por Phillips, cuando sus abuelos paternos ingresaron a los Estados Unidos, en 1922, provenientes de las islas griegas del Dodecaneso). Y si el nuevo apellido recuerda más a una empresa multinacional de electrodomésticos que a la philía griega, el trabajo del autor se parece menos a la mayéutica socrática que a los debates televisivos donde se plantea una pregunta alrededor de un grupo de gente elegida caprichosamente: una artista y prima lejana del autor y su amiga bibliotecaria; un hombre que pasaba por allí; una estudiante de secundaria; un profesor de historia retirado. Están nada menos que en Atenas e intentan definir qué es la virtud: “El lugar donde estamos sentados, trozos de mármol que en su momento fueron los pilares de la stoa –de Zeus ‘el Libertador’– es exactamente donde, en el siglo V a. C., se reunía Sócrates con sus amigos, conocidos y antagonistas, para entablar el diálogo filosófico”. Pero, tal y como el propio Phillips denomina a sus diálogos, lo que él está llevando a cabo no es exactamente un diálogo filosófico sino un “Sócrates Café”: “Una especie de debate filosófico que recrea el método socrático”. El libro es casi una guía de actividades para aquellos que se animaron a sumarse al auge de los “Café Filosóficos” (espacio en el cual un grupo de personas se reúne para debatir, recreativa y desinteresadamente, en torno de un tema o una pregunta planteada previamente, olvidando que la filosofía es un ejercicio que solamente vale la pena cuando se realiza no sólo interesada sino también comprometida y exhaustivamente). El Café de Phillips cambia tanto de público como de escenario: de Atenas a Arizona (y un grupo de aborígenes navajos), de allí a Tokio, a Detroit (con un grupo de mujeres musulmanas), etc., donde las seis preguntas de Sócrates intentan encontrar una respuesta acorde con los conflictos en la vida cotidiana del siglo XXI (con especial atención en la delincuencia.)
El libro es un ejemplo notable de aquello que, respecto de los niveles de conocimiento, los griegos llamaron doxa (opinión) en oposición a episteme (saber o ciencia). Y resulta irónico que, en la primera página, el autor mencione la posible traducción de ágora como “mercado”: “Yo creo que la traducción más apropiada es lugar de reunión”, afirma. Es que la filosofía, cuando es tratada de un modo banal, tiene más que ver con una charla de supermercado que con el trabajo del pensamiento. Y el ágora se presta tanto a una cosa como a la otra.
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En el suplemento “Radar libros” del periódico Página 12
http://www.pagina12.com.ar/diario/principal/index.html



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