Conservatismo VII: la filosofía tomista. Por Elio Gallego

Dios creó, y continúa creando, las cosas directamente de la nada, pero en la misma creación ya estableció un orden entre ellas, de tal modo «que unas dependiesen de otras

No cabe afirmar que exista una filosofía concreta que sirva de fundamento a una posición política conservadora. Y la prueba está en que los conservadores han profesado las más diversas filosofías, desde una filosofía escéptica, como la que acompañó a David Hume, hasta la filosofía de los valores cultivada por un Max Scheler, sin olvidar corrientes filosóficas tan importantes en nuestro tiempo como el personalismo o la fenomenología. Eso por no mencionar a todos aquellos que siguieron cultivando posiciones filosóficas de raíz platónica o aristotélica, o simplemente eclécticas, como fue el caso de Jaime Balmes y de tantos otros. Las únicas filosofías incompatibles con un pensamiento político conservador son las filosofías progresistas de cuño racionalista. Y, a pesar de lo dicho, nuestra convicción es que no todas las filosofías fundamentan de igual modo y con la misma consistencia una posición política conservadora, y que algunas son más aptas para ello que otras. E incluso nos atrevemos a dar un paso más y sostener que el tomismo constituye la filosofía más ajustada al pensamiento conservador, muy por encima de cualquier otra. Y esto es lo que ahora nos proponemos demostrar.

La filosofía elaborada por santo Tomás descansa en una metafísica de la participación del ser como principio de todas las cosas y causa de sus distinciones y órdenes. Las cosas se elevan de la nada y se jerarquizan en la medida que participan del ser, que les es dado por la acción creadora de Dios. En esta metafísica, Dios comparece como la fuente desbordante e inagotablpee del ser donde proceden todas las cosas, las visibles y las invisibles, lo que significa que su existencia pende del modo más radical y permanente del principio del que fluyen como su causa directa, de tal modo que ni por un instante podrían subsistir, «sino fueran conservadas en el ser por la acción de la virtud divina». Esta participación del ser en virtud de la cual lo creado se sostiene frente a la nada es lo que se conoce como creación. La creación no es, por tanto, un acto inicial que aconteció en un principio y con el que se dio paso a un universo que se sostiene por sí mismo. Antes bien, por creación, en la metafísica de santo Tomás, ha de entenderse la continua dependencia que las cosas tienen de Dios para su existir, una dependencia que acontece de modo total y en todo momento. Lo que explica por qué en la filosofía tomista la acción divina por la que se crean las cosas es la misma por la que se conservan en su existencia. «La conservación de las cosas –se puede leer en la Suma Teológica– no la hace Dios por una acción nueva, sino por continuación de la misma acción por la que les da el ser, la cual se efectúa sin movimiento ni tiempo». Así, pues, creación y conservación coinciden en Dios. Hasta el punto de que la conservación constituye la acción esencial de la providencia divina sobre sus criaturas. Por lo que bien puede afirmarse que nada ni nadie es tan Conservador como Dios. Y es el gran Conservador porque las ama, porque por su amor mueve el sol y las demás estrellas, en palabras poéticas y realistas al mismo tiempo de Dante.

Dios creó, y continúa creando, las cosas directamente de la nada, pero en la misma creación ya estableció un orden entre ellas, de tal modo «que unas dependiesen de otras por las que fuesen secundariamente conservadas en el ser, aunque necesitándose siempre la conservación principal, que procede de Él mismo». Lo que significa que Dios ha querido hacer partícipe a las criaturas de su acción conservadora, a modo de causa segunda, con el fin de que en el universo brille de un modo excelente la abundancia desbordante con que Dios hace todas las cosas y se constituya así en un reflejo de su Gloria.

Así, pues, ser y participación son las dos categorías fundantes de la metafísica tomista en su concepción del cosmos y, consecuentemente, también del orden de lo humano en el que éste se inserta. Ser hombre es participar de un modo particularmente excelso del orden eterno de las cosas según su naturaleza racional y libre. De modo que la ley natural no es otra cosa que la participación de la ley eterna en la criatura racional. Y al igual que en la idea de creación, en la ley natural la idea de conservación ocupa un lugar central. Conservación del individuo y conservación de la especie que el hombre tiene en común con todo lo vivo y que define la dinámica operativa básica del reino vegetal y animal. Principio conservador que en el hombre adquiere una forma acorde con su naturaleza social y racional y que le mueve a buscar la verdad sobre Dios y a vivir en sociedad. Interesa destacar aquí que santo Tomás asocia en un mismo impulso el vivir en sociedad y la búsqueda de una verdad última sobre el hombre y el cosmos, como si nos quisiera indicar que ambos fines nacen al tiempo y se cumplen entretejidos entre sí, constituyendo un plexo indisociable. Pero dicho esto, conviene añadir que el impulso a la conservación en el hombre no deja de completarse con una tendencia perfectiva no menos fuerte ni operativa. El hombre no busca sólo, ni siquiera principalmente, «conservarse», lo que busca es una plenitud de vida, un cumplimiento o realización que en el plano subjetivo se corresponde con un deseo irrenunciable de felicidad. Y, sin embargo, no creemos forzar las palabras ni el pensamiento de santo Tomás cuando enmarcamos esta tendencia perfectiva del hombre en un principio más general de (auto)conservación, por cuanto lo humano del hombre sólo puede existir y preservarse precisamente en cuanto vive en una sociedad que le proporciona los elementos indispensables para la búsqueda de su fundamento divino.

Tras estas reflexiones sorprenderá poco que la categoría de participación constituya la categoría política suprema en el pensamiento de Tomás de Aquino. En estrecha analogía con el orden universal de las cosas, el ámbito de lo humano se articula igualmente según una jerarquía o gradación. Pues aun participando de una misma naturaleza, y en esto todos los hombres son iguales, existen sin embargo hombres más sabios, más fuertes o simplemente moralmente mejores que otros, por lo que es bueno que sean aquéllos los que gobiernen y dirijan a éstos. Desigualdad humana que según santo Tomás no deriva en modo alguno de un pecado de origen, sino que, antes bien, es reflejo de una providencia divina que ha tenido a bien multiplicar la diversidad de tipos humanos como medio de enriquecer su creación. Pero si Dios no ha querido crear a los hombres iguales, sí ha querido, en cambio, que aquéllos que son mejores en virtud se abajen y sirvan a quienes, sin culpa alguna, lo son menos. Porque a quien se le ha dado más, también se le pedirá más. Dios ha establecido así una jerarquía u orden sagrado que es siempre descendente. De modo que todo poder y perfección es participación de la omnipotencia y perfección divinas. También en el orden del gobierno entre los hombres. Lo que significa que el grado de bondad o perfección de una constitución política se halla en función de la capacidad que ésta tenga de ser participada según una pluralidad de grados y formas adecuadamente combinadas. Por lo pronto es necesario, señala san Tomás, que todos participen del poder, porque así se logra la paz del pueblo, y que todos amen esa constitución y la guarden; asumido esto, y considerando la diversidad de formas de gobierno que pueden ser adoptadas para este fin, concluye santo Tomás que: «la mejor constitución de una ciudad o reino es aquella en la cual uno solo tiene la presidencia de todos y es el depositario del poder; pero de tal modo que otros participen de tal poder, y que todos sean dueños de tal poder, tanto que puedan ser elegidos cualesquiera del pueblo, como porque deban ser elegidos por todos. Tal es la mejor política: la que está presidida por uno, pero con un régimen mixto; se da entonces también la aristocracia, ya que algunos participan del poder, y la democracia, o sea el poder del pueblo, en cuanto al pueblo corresponde la elección de los gobernantes, los cuales pueden ser elegidos de entre el pueblo».

Notas

Fuente: https://www.eldebate.com/cultura/20231230/conservatismo-vii-filosofia-tomista_163528.html

30 de diciembre de 2023



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