Hombres a la intemperie. Por Carlos Marín-Blázquez

Ante los indicios de un tiempo que intuyen exhausto, las élites se muestran decididas a actuar en su provecho. De la angustia del hombre aislado ellas saben cómo extraer resentimiento; de su sed de fraternidad obtienen el control de sus emociones.

Se puede medir el agotamiento de una época por la rebaja de sus ideales. Constatamos el tono crepuscular de un cierto periodo de la historia no por la disminución de la intensidad de los deseos, sino por la reducción de todo afán de perfeccionamiento a un anhelo de naturaleza material, a un limitado horizonte de bienestar y abundancia. Entendemos entonces que las etapas terminales en el devenir de una civilización no tienen por qué coincidir con situaciones de penuria económica. Antes al contrario, resultan frecuentes las fases en que la exhibición de los elementos que mejor reflejan la pretensión de opulencia de una sociedad coexiste en el tiempo con un estado de abandono de las virtudes, decaimiento cultural y lastimosa degeneración de las costumbres.

Un individualismo feroz se enseñorea entonces del mundo. La imaginación de los hombres deja de concebir aspiraciones distintas del rabioso afianciamiento de la voluntad de cada cual. Es de ese modo como, en contraste con la abundancia de recursos y su distribución cada vez más igualitaria, el concepto de la vida experimenta una drástica disminución. La existencia se transmuta en una competición interminable. Los vínculos sociales se resquebrajan bajo el peso ominoso de una rivalidad soterrada. Los hombres ya no buscan convivir, sino prevalecer. Enfrentados unos contra otros en la esfera del trabajo, en el dominio de las relaciones personales y hasta en el mismo corazón de su privacidad, se acostumbran a derramar sobre sus semejantes una oblicua mirada de recelo.

De este estado de cosas, que socava la confianza y descompone la médula de las estructuras sociales, surge un individuo a la intemperie. Pagado de sí, ensimismado y voluble, se erige en orgulloso custodio de una interioridad deshabitada. Su conciencia ya no es otra cosa que una gelatina propicia a la manipulación. El genio de la época encuentra allí el terreno adecuado para verter sus peores miasmas. Desmantelada en la práctica la institución familiar, anulada como escuela de virtudes y transmisora de valores que salvaguarden un cierto espíritu de pertenencia, el sujeto es entregado desde niño a la tutela omnipotente del Estado. El Poder exulta. La profecía de Tocqueville, al fin, se cumple en todo su alcance.

Hay, sin embargo, un vacío que de manera esporádica se insinúa en el interior de este individuo en apariencia plenamente emancipado. Es una desazón extraña, pues choca, por un lado, con el tono festivo que impera en el contexto de un mundo pueril y desvirilizado; y por el otro, con el rugido de las discordias que saturan los días y tiñen la convivencia de una falsa apariencia de significado. Resulta a todas luces un sentimiento intempestivo: algo así como la nostalgia de una vida más noble. Surge -insistamos- de la sostenida percepción de una carencia. De repente, en medio de la exuberancia de las formas, todo exhala un aliento de fatiga. La vida pierde ese «bello colorido ilusorio» al que tan hermosamente se refiriera Johan Huizinga y hasta los sucesos más triviales se nos aparecen revestidos de una pátina de hastío.

“Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración en los desiertos, en las ermitas bajo el techo del mundo”.    Ernst Jünger

Para identificar la fuente de este descontento debemos dar por supuesto que subsiste, entre los más ocultos pliegues de la conciencia individual, una reserva de humanidad que el insistente trabajo de la propaganda no ha logrado succionar del todo. Es quizá tan solo un remanente de algo que en otra época resplandeciera vivamente al difundirse sin trabas por el mundo, pero el Poder sabe muy bien que, si ese germen de insatisfacción llegara a arraigar con la fuerza necesaria, todo su vasto entramado de representaciones podría empezar a resquebrajarse. De modo que asume la necesidad de extirparlo. O mejor: procede a transformar el potencial de esa fuerza dispuesta a cuestionar el orden de cosas vigente en una energía que en adelante explotará en su propio beneficio.

La situación resultante define el contorno último de una crisis que con toda probabilidad lleva más de un siglo gestándose. Ante los indicios de un tiempo que intuyen exhausto, las élites se muestran decididas a actuar en su provecho. De la angustia del hombre aislado ellas saben cómo extraer resentimiento; de su sed de fraternidad obtienen el control de sus emociones. De ese modo, la frustración consustancial a un mundo atravesado por el espíritu disgregador del materialismo y desprovisto de cualquier expectativa trascendente redunda en una intensificación de las refriegas ideológicas que, exacerbando su virulencia y mutando constantemente de faz, no albergan propósito más urgente que el de acabar de disolver hasta el último vestigio de los antiguos vínculos comunitarios.

Pocos pensadores como Ernst Jünger han sabido escrutar de manera tan minuciosa el proteico rostro de la bestia. Si su obra conserva un valor perdurable, se debe a su empeño en proyectar algún atisbo de luz sobre el escenario de un siglo absurdo y desalmado. Fue él quien dejó escritas estas palabras: «Raras veces nos salen al encuentro hombres felices: no quieren llamar la atención. Pero aún viven entre nosotros, en sus celdas y buhardillas, sumidos en el conocimiento, la contemplación, la adoración en los desiertos, en las ermitas bajo el techo del mundo. Tal vez a ellos se deba que nos llegue todavía el calor, la fuerza superior de la vida».

No se me ocurre testimonio más exacto y deslumbrante de la resistencia de un hombre a dejarse vencer por la desesperación y el vacío de su época.

 

Notas

Fuente: https://eldebatedehoy.es/noticia/enfoques/17/11/2020/hombres-a-la-intemperie/

 

 



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