Pensar no es saber pensar

Lejana está en la historia de la conquista americana la disputa de fray Bartolomé De Las Casas y Ginés de Sepúlveda sobre si los indios americanos eran o no “entes de razón” y, por lo tanto, susceptibles de ser catequizados o considerados animales de carga. No obstante y parece irónico después de cinco siglos, que en plena postmodernidad, globalización y dominio del ciberespacio los panameños estemos debatiendo si nuestros jóvenes son capaces de aprender a pensar y, por consiguiente, susceptibles al conocimiento de la filosofía y la lógica.

Esto es lo que se desprende del modelo de

“Transformación Curricular para la Educación Media”,

propuesto por el Ministerio de Educación. Como si el saber pensar y ser poseedor de una actitud crítica fueran enfermedades de alto riesgo, dichas asignaturas y otras vinculadas a ellas, al igual que aquéllos que las imparten, deben ser aislados en cuarentena indefinida.

Todo indica que nuestra orientación en educación es formar individuos operativos que actúen sin la mediación del pensamiento reflexivo. Puede argumentarse, como muchos lo hacen, que el ser humano en uso de sus facultades piensa. Y eso es correcto. Hay una serie de funciones y tareas que realizamos por sentido común y no necesitamos aprender a pensar para lograrlas.

De igual forma hablamos de manera natural, pero hacerlo correctamente requiere aprendizaje. Aprender a pensar demanda de una serie de reglas, métodos y criterios de verificación que no se aprenden con la simple contemplación de la naturaleza, sino con método, disciplina, organización e inteligencia.

De la misma manera que las matemáticas nos guían por la vía del pensamiento analítico a la verificación, la filosofía –esa ciencia que lanzó al estrellato de la cultura occidental a la antigua Grecia y ha definido todo el saber hasta nuestros días– tiene el raro privilegio de conducir esa división del todo lograda por el análisis hacia un orden racional de esas partes mediante una síntesis que hace posible la comprensión de la realidad y abre, aunque parezca extraño, el camino a la ciencia.

Naturalmente estas sutilezas no interesan cuando se quiere formar individuos operativos y dispuestos a servir sin la necesidad de reflexiones sobre procesos de inducción y deducción (aunque en las escuelas militares la lógica es de primordial importancia) o, lo que es peor, disquisiciones sobre su existencia, valores éticos o ideas políticas. Esa concepción es congruente con el diseño de país que el nuevo modelo económico ha implementado.

Somos el segundo país con el ingreso per cápita más alto de la región (Cepal); tenemos un crecimiento anual del 12% (MEF); nos situamos entre los 30 países más globalizados del mundo (Banco Mundial); tenemos la segunda ciudad en el mundo con la mayor cantidad de hoteles en proporción al tamaño y número de habitantes, después de Venecia (Int. Traveler); nos ubicamos entre los cuatro países del continente con las mejores ventajas para la inversión extranjera (Int. Bussines Review); la ciudad con mayor cantidad de casinos per cápita en la región (JCJ); logramos el desarrollo inmobiliario más alto por metro cuadrado en todo Centroamérica y el Caribe en los últimos cuatro años (Wall Street Journal); liderizamos en Latinoamérica la cuantía de la inversión extranjera en consideración al producto interno bruto (Cepal).

En fin, estamos en el paraíso, y así como Adán y Eva no debían comer el árbol del bien y el mal porque les enseñaría a decidir, los panameños no debemos saber filosofía, porque nos obligaría a pensar, y lo peor, a discurrir sobre lo bueno y lo malo. ¿Quiénes somos para perturbar con extrañas doctrinas y teorías la felicidad edénica que la globalización ha traído a nuestros jóvenes? En eso, sin duda, tienen toda la razón las autoridades educativas.

¿Si la vida es fácil, para qué hacerla difícil?

Lo que necesita el país, según estos planificadores, es gente que actúe para apuntalar el modelo y tenga una auténtica vocación de servicio, tan doméstica y tan panameña, que contribuya a canalizar adecuadamente esa inversión extranjera y ayude, muy importante, a su rentabilidad. Es decir, sujetos que produzcan y sean capaces de consumir para mantener funcionando de forma óptima la economía o lo que ellos llaman “nuevas competencias”. Ya lo hemos dicho en otra parte, el sistema no necesita ciudadanos, solo consumidores, como tampoco necesita pensadores, solo operarios.

Por eso vemos, con cierta perplejidad, que en Alemania una televisora haya diseñado un programa para enseñar filosofía a los niños. Con el uso de autobuses de dos pisos agrupan a niños de cinco a 10 años para que conversen con personajes que representan a grandes filósofos (Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, etc.) sobre temas que les preocupan y retransmitirlo a los hogares por la cadena Kika. El éxito ha llevado a la empresa a aumentar el tiempo destinado al evento. ¡Claro, eso lo hacen los ociosos alemanes del primer mundo! Nosotros, como debe ser para gente operativa llamada a la competencia y a servir bien, tenemos 39 telenovelas en seis televisoras, media docena de programas que se debaten entre el humor y la estulticia y cantidades de enlatados para cuadricular la mente de los niños.

De manera, estimado lector, que si Ud. quiere que su hijo pierda su tiempo con embrollos como método discursivo, duda metódica, conocimiento crítico, inducción y deducción lógica, tendrá que inscribirlo en una escuela privada, tal vez quiera ser escritor, astronauta, científico, estratega o estadista. Por mi parte, aprovecharé el resto de la noche para echar una ojeada a La Política de Aristóteles y repensar qué quiso decir el preceptor de Alejandro El Grande con eso de: “Unos nacen para mandar y otros para ser mandados”.

Pedro Luis Prados Saldaña

Profesor de Filosofía de la Universidad de Panamá

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Notas:

Fuente: http://www.prensa.com/hoy/opinion/1371647.html

9 de junio de 2008

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