La esencia de la libertad

Es cierto que Schelling parte de una exigencia ética, pero su concepción de la libertad como creación absoluta sobrepasa el ámbito moral y responde a una visión estética de la realidad. (Friedrich W.J. Schelling (1775 -1854).

La pregunta que se plantea en “El más antiguo programa sistemático del idealismo alemán” (1796-1797), manifiesto generacional tan profundo como enigmático cuya autoría es aún discutible (¿Hölderlin, Schelling, Hegel?) es:

¿cómo debe estar constituido el mundo para un ser moral?

La respuesta de Schelling será clara. La primera condición es que ese mundo no se piense como algo opuesto a transformar, porque entonces la ejecución de la libertad no podría concebirse positivamente sino en permanente juego de reacción con lo que se le opone.

En una carta que envía a Hegel el 6 de enero de 1795 se lee: “Lo esperamos todo de la filosofía”. Esa intuición básica que constituye el pensamiento de Schelling y que pretende expresar desde su juventud es la libertad más irrestricta, plena y total, que no puede ser sino lo que define al hombre, aunque para él haya de constituir tan sólo una aspiración no conciliable con su particularidad. Debido a la finitud propia del individuo, la afirmación de su libertad se presenta como una tarea infinita. Infinita y por tanto irrealizable en su totalidad, pero no por eso menos absoluta, al menos en cuanto exigencia.

Es cierto que Schelling parte de una exigencia ética, pero su concepción de la libertad como creación absoluta sobrepasa el ámbito moral y responde a una visión estética de la realidad que lo obligará a reformular la acción convirtiéndola de praxis a poiesis, es decir, transformándola en actividad puramente positiva que no lucha contra nada y que tan sólo persigue su propia afirmación. En pocas palabras, finalidad sin fin que aspira únicamente al goce de su propia plasmación. Esta tendencia a rebasar el ámbito moral conducirá a Schelling, en el Sistema del idealismo trascendental (1800), a pensar la intuición estética como organon de la filosofía y el arte como solución al problema de la escisión entre naturaleza y espíritu. Así dice:

“La totalidad de nuestro saber no tiene consistencia sino está apoyada por algo que se sostiene con fuerza propia y esto no es más que lo real por medio de la libertad, principio y final de toda filosofía”.

Lo que muestra la obra de la que este año se conmemora el bicentenario de su primera edición: “Investigaciones filosóficas acerca de la esencia de la libertad humana y los objetos con ella relacionados” (1809), es que hasta que no se examinan las dimensiones especulativas de la experiencia de la libertad, no se resolverá el enigma de los movimientos internos del Idealismo alemán ni la posibilidad de una filosofía posterior a él. Enigma que se traduce en una fórmula simple como pocas: la razón es acción. No estructura impecablemente -construida según reglas prefijadas de coherencia- sino que pensar se determina por la cosa misma, que no retrocede ante lo presuntamente contradictorio, que se configura como actividad autoconsciente y autodeterminante destinada a desplegarse cuanto más se interna en sí misma.

En este período Schelling, toca los límites de su desarrollo intelectual. Algunos trabajos de exégesis, por ejemplo el de Heidegger, han mostrado que sería absurdo caracterizar esta etapa como irracionalista. Si bien su lógica interna abandona el modelo expositivo spinocista, ya no necesita pautas exteriores para llegar a ese asombroso núcleo de la intuición intelectual de lo absoluto y legarlo al pensamiento posterior. Lo absoluto no es una “supra-entidad” o un “macro-proceso”; es ante todo concentración, centro activo que se confirma expandiéndose. El horizonte de compresión de la filosofía se piensa desde un movimiento de integración basado en irradiar posibilidades, no en deducir propiedades.

Hasta el fin de sus días, el potencial creador de Schelling no decae, sino que se incrementa. Se ocupa de su obra más ambiciosa, que nunca vería la luz en vida de su autor, y de la que realiza distintas versiones: “Las edades del mundo”. En esta obra, intenta llevar a cabo su sistema de la libertad en clave de una onto-teo-dicea, que encierra, a su vez, una teogonía y una cosmogonía.

En síntesis, para Schelling, una filosofía orientada a dilucidar las determinaciones de la esencia de la libertad, el ascenso del pensar como experiencia de lo absoluto, implica el abandono de la tranquilidad que proporciona la oposición eternidad-tiempo como razón de ser de la metafísica. Su legado abre dos frentes: primero, no se trata de revisar el sentido de la metafísica o de la matemática sino sobre todo de la historia; segundo, en el principio no hay palabra, sino pensamiento.

Diana María López

Licenciada en Filosofía, profesora de la Licenciatura en Filosofía y Directora del Proyecto de Investigación: “Ser, razón y lenguaje” (Facultad de Humanidades y Ciencias-UNL).

Notas:

Fuente: http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2009/02/18/opinion/OPIN-02.html

Santa Fe, Argentina.  18 de febrero de 2009.

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